Foto: Farhan Khan
EL SITARISTA DE JAISALMER 
Y OTROS CUENTOS DESCONCERTANTES
Juan José Camisón

(De inmediata publicación y del que se incluye solamente un corto fragmento de uno de los 31 relatos: EL SITARISTA DE JAISALMER)

1. VENECIA SIN TI
2. EN TRÁNSITO
3.  OLOR A MADRESELVA
4. EL POZO DE LAS SOMBRAS
5. EL SITARISTA DE JAISALMER
6. MI HERMANO ALEX
7. EL HUECO DE ESCALERA
8. EJERCICIOS DE ESTILO
9. GLORIA
10. EN CASA DE MI AMIGA MARI, LAVÁNDOME EL PELO LA OTRA TARDE
11. STORYBOARD
12. LA VISITA
13. LA TORRE DE LOS SIETE PISOS
14. LA RESIDENCIA
15. EL HIJO
16. EL JARDÍN SECRETO
17. LLEGAR A PE
18. EL GIRO DE LA TIERRA
19. PRÓCULO Y ANCIO
20. ÚLTIMO ENCUENTRO
21. EL REY QUE SOÑÓ
22. ELLA DICE (AMOR QUE MATA)
23. PORTE DAUPHINE
24. IMPRONTUS
25. LOS INVISIBLES
26. IL CARDELLINO
27. LA CONVERSADORA
28. EARTHQUAKE
29. LA ÚLTIMA CENA
30. LA MODIFICACIÓN
31. EL ZAHIR
 

7. EL SITARISTA DE JAISALMER

(FRAGMENTO)  

(En Jaisalmer se han hecho, desde siempre, negocios increíbles. Pero la gente ya no hace dispendios como antes ni compra sólo por impulso o por poseer hermosos bienes únicamente por ser bellos. Es difícil venderle a un comprador un puñal recamado de brillantes cuando puede apañarse con un cuchillo tosco, si está bien afilado, para despachar a gusto a su enemigo. El tiempo de las gangas ha pasado. Ahora sólo se hacen compras de supervivencia. Todo es mucho más ajustado, preciso, calibrado. Hiram reconoce que sigue en esto de la mercadería sólo por inercia. Pero no se gana. Sólo se va tirando. Nada es ya lo mismo. Debajo de la puerta de Amar Sagar, justo ahí delante, en el borde del lago que ahora refleja las luces de los templos sobre su superficie de aguas foscas, llegó a venderle él una vez al enviado del Maharajá de Rajpur una miniatura pintada sobre una placa de marfil por más de dos mil piastras. Eran otros tiempos. Él ha hecho tratos en los que ganó tanto que le dio para seguir adelante durante todo un año. Hoy no entiende que muchos de sus hombres se sientan agitados por poner tan deprisa sus sandalias sobre el suelo de los mercados de esta ciudad confusa. Tal vez se esté haciendo mayor. Para un viejo, los valores de la vida cambian. Cuando ve a los hombres más jóvenes correr, emocionarse, mirar con embeleso, le parece mentira que haya algo en el mundo por lo que se pueda sentir tanta vehemencia. Él se conforma ya sólo con traerlos y con ganar su salario de guía por el Thar durante meses. Cuando mañana suba, en lugar de acelerársele el pulso como antes al ver a tanta gente pensando en los suculentos beneficios de sus ventas, se volverá a emocionar ante cosas que, cuando era más joven, no le llamaban especialmente la atención y que, sin embargo, ahora, quizás de verlas inmutables, lo emocionan: las increíbles arquerías de piedra rosa que llenan la ciudad, adornadas con cenefas de flores y espirales; las tornasoladas plumas de las colas de pavos reales que hay taraceadas en los mármoles de las fachadas de los palacios; las finas guirnaldas de malaquita y lapislázuli que orlan casi todas las jambas de las ventanas de los havelis; los minuciosos encajes que forman las celosías de los balcones de muchas de las casas... Pero no será la pasión por los negocios lo que lo arrastre y lo saque de su lecho, apresurado. Eso seguro.)

Mientras la noche se ceba en el paisaje hasta hacerlo imprevisible e impreciso, los hombres de Hiram sueñan vivamente con las calles y plazas que verán mañana. Calzadas atiborradas de camelleros imponentes de mirar intenso, de músicos estruendosos, de bailarines con los rostros teñidos de escarlata y amarillo, de equilibristas harapientos, de pálidos brahmanes cubiertos con túnicas de blanco inmaculado, de cortejos impresionantes de elefantes enjaezados con ajorcas de plata en sus colmillos y sobre cuyos lomos llevarán tendidas finas hopalandas de muselina como capas pluviales de inconcebibles celebrantes... Y sus pupilas, extenuadas por tanta arena y tanto cielo, seguro que bucean por un mundo lleno de generosa sombra, de entoldados deseos, de tapados afanes... Cuando, por fin, entren mañana en Jaisalmer por la Pol Ganesha, esos ojos fatigados por la luz exagerada del desierto se extasiarán ante el rojo de las colgaduras del Jawalar Majal y de las banderolas pinchadas en los siete pisos del Palacio de las Nubes, ante el rutilante dorado de las levitas de los nobles, o el amarillo de los turbantes de los shijs, o el anaranjado de los mantos de los sacerdotes védicos, o el ocre de los muros de las casas y el blanco de los patios... Y sus oídos, habituados únicamente al rebuzno hosco de los camellos y al restregar monótono de sus pezuñas contra el suelo seco, estallarán ante el profundo sonido de las campanas de todas las pagodas y con el continuo rechinar de los molinillos de oración girando ante sus puertas... Cascabeles, crótalos y esquilas repicarán por todas partes, entre los dedos de los niños corriendo por las calles... Decenas de campanillas tintinearán impelidas por el bamboleo incesante de los baldaquinos, de las marquesinas y de los doseletes que, encima de arzones y pescantes aupados sobre inesperadas cabalgaduras, transportarán a núbiles muchachas de rostros inolvidables y a apuestos jóvenes morenos que, encaramados sobre sus sitiales, desfilarán sin descanso por las empinadas callejas de la ciudad, como dioses paganos que hacen su parada entre sus adoradores terrenales... Mañana, estos devoradores de desierto abordarán la ciudad, deseosos de atraparla con todos los sentidos. Y no habrá sonrisa de mujer o gesto sugerente que a ellos se les escape de la vista... Ni perfume de pachulí ni olor a curry o a gram de lentejas y garbanzos que su olfato no capte... Ni canto o rogativa que su oído no escuche... Ni tacto de buen cuero, acero bien templado o cachemira auténtica que a ellos se les pase...

(A los que vienen por primera vez en la caravana de Hiram les han contado que Jaisalmer es un bullicioso escenario donde podrán encontrar casi de todo: santones, tratantes, menesterosos y rateros, parias sumisos, ascetas mostrando sin pudor su desnudez embadurnada de jalde y de ceniza, rashtafaris de largas trenzas anudadas sobre sus cabezas, harijanes con manojos de serpientes en las manos entonando cantos irreverentes, mujeres de cabellos hasta las caderas acudiendo a los templos con las manos repletas de frutas y guirnaldas, yoguis comedores de carne cruda e inmundicias arrastrando pesos onerosos enganchados con garfios a la piel de sus espaldas, indiferentes a la repugnancia, al dolor y al sufrimiento, brahmacharis recitadores de fragmentos irreconocibles del Bhagavad-Gita, atronando las plazas y mercados... Y cientos de muchachas de brillantes saris que arrojarán, desde las ventanas de los havelis, cataratas de polvo bermellón, corinto o escarlata y agua refrescante mientras ellos pasen por debajo...

Los veteranos saben que, además del espectáculo visual que ofrece la ciudad, es un emporio comercial y que aquí podrán adquirir inimaginables tesoros siempre que el bolsillo pueda permitírselo: gumías y sables de Damasco, tafetanes y sedas de Samarkanda, corderos de Jhiva, alfombras de Bujara, canela y miel de Jullundur, jengibre y coriandro de Moga y de Patiala, incienso y antimonio, melocotones y ciruelas llegadas de las márgenes del Indo, sal de Kanod, camellos de Islamabad, granates y ojos de tigre de Jaipur, címbalos y campanillas de Shrinagar, sillas de montar de piel y gorros de lana de Lahore... Y que podrán escuchar música y canciones llegadas de las profundas dunas del desierto, mil veces entonadas al lado de una hoguera, en las noches heladas, bajo el reflejo tibio de la luna... Y que esto les servirá para relajarse de las fatigas del desierto... A todos sin excepción: a los guerreros que vienen desde Mokal o desde Kuchchrí, a los comerciantes de gemas que llegan desde Sukkur, al peregrino que acude desde Jodhpur y Sadiquabad, a los camelleros que arriban desde Pokaran y Ramgarh, a los caravaneros que suelen hacer noche en los pozos de Siambar y de Hamira y casi tocan ya, anhelantes, sus murallas, a los extenuados caminantes que vuelven desde Kuri o desde Dedha... Por eso, desde hace ya dos días por lo menos, todos han andado nervisosos y excitados ante la inminente llegada a la ciudad de los mil tratos...

Cuando la caravana estaba cerca de Ladurva, hasta los camellos caminaron más deprisa, acuciados por la adivinada presencia de la ciudad dorada ya en su fino olfato.

 

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