CRISTO DE LAS PENAS

La Imagen:
Se trata de una figura que representa a Jesús ante Pilatos tras haber sido flagelado y befado por los sayones. Este Ecce Homo o Cristo Varón de Dolores, como es de uso que se denomine a tal iconografía de Cristo, aparece desnudo, coronado de espinas, ensangrentado, maniatado, con la carne tumefacta por las marcas dejadas por los latigazos y bofetadas, y portando una clámide roja que le cubre la espalda y arrastra hasta el suelo. Están sus ingles cubiertas por el consabido paño de pureza y lleva entre las manos maniatadas una caña, símbolo absoluto de burla y escarnio. La expresión de su rostro es altamente dramática y congestionada, contrastando con el casi derrumbamiento que todos los miembros de su cuerpo están a punto de sufrir. Pero es, sin duda, en esa mezcla de impotencia y majestuosidad donde radica su indudable belleza.
Es una escultura de bulto redondo, ligeramente inferior al natural, mide 1,45 mts. de altura. Realizada en madera de cedro. Nunca fue pensada para ser procesionada, sino que debió de formar parte de un retablo de altar originalmente. El ahuecamiento de la parte posterior que presentaba y la factura así lo atestiguan. Habría que situarla entre finales del XVI y muy principios del XVII. Por una parte, la clámide rectilínea, nada barroca, el aspecto compacto de todo el conjunto de la imagen, su macicez, su tronco musculoso, su morbidez, el giro lastimoso de su cabeza, la S que prefigura todo su cuerpo humillado, abatido y aún aguantando con brío la dureza del castigo, nos hacen pensar en el movimiento manierista heredado de Italia y tan en boga en España (escuelas burgalesa y vallisoletana principalmente) en los finales del XVI como una reacción a la estética renacentista, pero por otra parte la gran expresividad del rostro, el dramatismo, el fuerte modelado de los volúmenes y un cromatismo muy significativo nos conducen hacia un tipo de escultura que, sin duda, anuncia ya a los grandes imagineros del Naturalismo castellano.
A pesar de la antigüedad, el estado de conservación de la pieza es bueno. Ésta es una descripción pormenorizada del mismo. La encarnadura original del siglo XVI ha desaparecido casi por completo por haber sido repintada la pieza en el siglo XVIII, debido posiblemente al mal estado en que se encontrara la que se realizó en origen. La que actualmente presenta es más clara que la primera y menos sanguinolenta (dato que hemos apreciado a través de ciertos desconchones en el repinte), pero no por ello menos importante. Sin embargo, el resto de la policromía es la original: estofados de la capa, rajado del paño de pureza, veladuras del rostro, pigmentación de la corona de espinas, de la cuerda que lo maniata, de la cabellera y de la barba..., a excepción de los retoques realizados en la actualidad allí donde se consideró necesario hacerlos para una digna presentación en público de la imagen. De la misma manera que ha habido que retallar partes de la clámide, de los dedos, de las manos y de los pies, de la corona y de la cabellera que habían desaparecido. .
la escultura está documentada y certificada (documentación en manos de la Cofradía que lo posee) ser de PEDRO DE LA CUADRA, tallista de la escuela castellana que trabajó en Valladolid y sus alrededores desde el 1595 al 1624. Empezó su labor siguiendo las directrices escultóricas manieristas del momento y que marcaron maestros como Gaspar Becerra y Esteban Jordán, pero pronto su arte había de cristalizar en el naturalismo de los grandes imagineros del siglo XVII. Esta evolución artística se debe sin duda a la estrecha amistad que le unió a Gregorio Fernández, del que recogió, evidentemente, su mensaje escultórico al menos en lo formal, pues no hay que ocultar que si bien el parecido de la imaginería de PEDRO DE LA CUADRA con la de Gregorio Fernández es obvio (al menos en los trabajos realizados dentro del siglo XVII) sin embargo nunca llegó nuestro tallista a lograr la espiritualidad del gran maestro, dotado, amén de su notabilidad escultórica, con una unción espiritual y religiosa en su calidad de devoto creyente, inigualable, rasgo en el que no destacó precisamente PEDRO DE LA CUADRA. Con todo, hay que decir que las figuras de PEDRO DE LA CUADRA denotan cierta tosquedad si se las compara con las de Gregorio Fernánde, Juan de Juni o Alonso Berruguete, pero ello es debido a que todos sus Santos y Profetas de PEDRO DE LA CUADRA han surgido de la observación de los rostros y gestos de las personas que cotidianamente lo frecuentaban. Nadie nos impedirá pensar que este ECCE HOMO pudo ser cualquier hombre abatido y humillado por la vida y que PEDRO DE LA CUADRA tuviera la ocasión de conocer en su propio taller vallisoletano. Gran retablista sobre todo, realizó, sin embargo, algunas figuras de carácter procesional. Es en ellas donde se aprecia su calidad de imaginero, observando un gran sentido de la composición en el que el equilibrio de las masas y el equilibrio de la fuerza expresiva se armonizan logrando el sentido plástico que debe presidir toda obra de arte.
El CRISTO DE LAS PENAS de PEDRO DE LA CUADRA es, sin ninguna duda, por su emotividad, por su fuerte impacto estético, por su enorme calidad artística, por la firma que lo apadrina, por el momento de esplendor escultórico al que pertenece y por la belleza con que su Hermandad Penitencial lo procesiona por la Ciudad Antigua de Cáceres, el Domingo de Ramos, uno de los momentos más inolvidables y hermosos (si no el más) de la Semana Santa Cacereña.
Juan J. Camisón, 1997
La Restauración:








MARCHA PROCESIONAL



JUAN J. CAMISÓN Y TERESA M. CAMISÓN
JUAN JOSÉ CAMISÓN