LIBRO. ENSAYO.,. EN CASTELLANO.
    2005. (54 pgs.) (5 euros)
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REFLEXIONES SOBRE EL JARRAMPLAS
DEL PIORNAL  
 
JUAN J. CAMISÓN  
 
El presente trabajo es un estudio sobre los posibles mitos y ceremoniales antiguos que pudieran haber originado el actual ritual que lleva a cabo el Jarramplas de Piornal de Cáceres, una espectacular carantolla sobrecogedora que aparece en el citado pueblecito cacereño el día 20 de Enero, con motivo de la festividad de San Sebastián. Así mismo, en este ensayo, se tratan otras festividades semejantes o cercanas al Jarramplas, y cuyas conexiones con él parezcan evidentes.
The present essay is a study about the possible old myths and ceremonials that may have originated the actual ritual that every year performs the Jarramplas of Piornal, in Cáceres, one astonishing and dramatic motley which appears in the so-called small town in January, the twentieth, on the occasion of Saint Sebastian’s festivity. This essay concerns, as well, many others similar or approaching rites to the Jarramplas, and whose connections with him may seem evident.
  
       ÍNDICE
1. ANTIGUOS RITOS Y CRISTIANISMO
2. LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA
3. EL JARRAMPLAS. SU DRAMATIZACIÓN
4. LAS TEORÍAS
5. CRIOBOLIAS Y TAUROBOLIAS
6. EL PHARMAKOS
7. LA MÁSCARA
8. EL NOMBRE DE JARRAMPLAS
9. EL INVIERNO Y LA LUNA
                         10. EPÍLOGOS
 
1. ANTIGUOS RITOS Y CRISTIANISMO
            El cristianismo, durante la etapa embrionaria en que fue una religión minoritaria y marginal, es decir del siglo I al III, no sufrió contaminación alguna de elementos paganos, pero a partir del siglo IV, en que fue convertida por obra y gracia del Emperador Constantino en religio oficial del Imperio, los elementos paganos de las preexistentes religiones entraron a formar parte de todos sus ceremoniales irremediablemente. Sólo partiendo de esta premisa se podrá entender este ensayo.
Debió ser, sin duda, en los medios rurales, cuyas comunidades las componían mayormente ágrafos e iletrados (los rustici), donde se mantendrían más fuertemente arraigados los antiguos elementos paganos bajo un manto de aparente aceptación del cristianismo. Y hasta tal punto que incluso hoy en día aún sobresalen muchos de ellos por encima de del dogma impuesto antiguamente por los clerici letrati. Ello demuestra que ciertas prácticas religiosas locales arcaicas sobrevivieron mucho más allá de la ortodoxia escrita. Tal debió ser su fuerza.
Hoy son perfectamente reconocibles, ya que la vía y el método por los que se han perpetuado fueron bien distintos a los de los ritos cristianos.
En efecto, a diferencia del cristianismo, los ritos paganos se transmitieron a través de tradiciones oralistas y gestualistas, propias de sociedades agrarias y pastoriles que no eran capaces de difundir de otro modo porque no sabían escribir. Los ceremoniales que nos han llegado, muy a pesar de los retratos deformantes o ridículos que los clérigos consiguieron hacer de ellos, nos hablan, sin embargo, de las actitudes impresionantes que los hombres primitivos mantuvieron para con el universo que les rodeaba.
Como es de suponer, no todos los ritos paganos corrieron idéntica fortuna. Unos tuvieron la suerte de pervivir (casi siempre en las entrañas del cristianismo, hay que reconocerlo) hasta la actualidad, pero otros fueron anatemizados y eliminados de raíz. Esto ocurrió así porque en cada lugar en donde se implantó la nueva religión, había unas condiciones muy particulares. Cuando el cristianismo logró imponerse sobre el mundo romano, lo hizo evidentemente sobre un imperio totalmente dispar: se trataba de un vasto territorio que llegaba desde Constantinopla hasta la Península Ibérica y desde Escocia hasta Libia, donde había escalones culturales tan dispares como la Roma próspera y la salvaje Mauritania de las tribus beréberes, y que abarcaba diferentes cortes lingüísticos de procedencias bien diversas. Pero sobre todo lo hizo sobre un imperio con tales diversidades religiosas, con tantísimos cultos y dioses que ni siquiera el anterior sincretismo romano había sido capaz de suprimir.
            Pretender por lo tanto que ahora lo hiciera la nueva religión cristiana, era una meta poco menos que imposible. Lo lógico era suponer que muchísimos cultos y prácticas paganas anteriores habrían de mantenerse vivos0.
Sería un error hablar de formas puras de paganismo o cristianismo a partir del siglo IV, ya que ambas categorías se contaminaron indistintamente.
            Debemos, por lo tanto, presuponer una religio oficial, ya fuese la romana o posteriormente el cristianismo, coexistiendo en todo momento con múltiples religiosidades locales. Sobre todo en los ámbitos rurales, que sería donde con más persistencia se seguirían llevando a cabo prácticas y creencias relacionadas con los bosques y los árboles sagrados, los animales totémicos, las fuentes, los estanques, los ríos, las piedras, las encrucijadas...., ídolos todos ellos heredados de sus antepasados y en quienes seguramente siguieron confiando los campesinos más allá de la nueva fe que se les imponía1. Y con tal fuerza que nos lograron transmitir sus ceremoniales hasta la actualidad, arrebujados, como pudieron, en medio de las prácticas cristianas a las que fueron obligados.
         Es de suponer, por consiguiente, que las divinidades a las que les tuviesen más apego los primeros hombres de estas alejadas tierras extremeñas fuesen precisamente las agrestes y las concernientes a las deificaciones de elementos de la naturaleza. Y que, por lo tanto, los clérigos reaccionaran contra ellas (al igual que con las que permitían una sexualidad explícita) anatemizándolas, como hicieron en el resto del Imperio, con sus sermones, penitenciales y actuaciones. Sin duda estos enviados de la Iglesia harían todos los esfuerzos posibles por eliminar o pautar los gestos, las actitudes y los comportamientos de unos hombres que no sentían ni se expresaban, en absoluto, de acuerdo a como el canon romano ordenaba, más que nada porque estos seres alejados en el espacio y en la concepción del acto religioso se expresaban, como correspondía a las sociedades que habían transmitido su cultura desde la oralidad, con manifestaciones ruidosas de cantos, danzas y actitudes aparentemente heterodoxas, cuando no obscenas, crueles, inconvenientes o simplemente incomprensibles, a los ojos de sus censores. Por lo que los clerici letrati llegarían directamente a prohibirlas, muchas veces suponiéndolas herederas de poderes oscuros o diabólicos. En alguna ocasión, incluso, no nos cuesta nada suponer que las escarnecieran y vejaran en actos públicos.
Especialmente  expurgados fueron todos los acontecimientos festivos de los meses de Enero y Febrero, donde los hombres, enmascarándose de animales2, celebraban sus ritos purificatorios del año nuevo, ya que la Iglesia no vio en estos rituales sino actos demoníacos. (En el concilio de Braga, 572, se prohíben expresamente todos los cultos paganos)
        Pero, por encima de la vocación homogeneizadora del cristianismo, éste se topó a menudo con grupos de resistencia. En ellos estaban, con seguridad, instaladas unas tradiciones y unos ritos primitivos paganos de tal raigambre que habrían de perdurar en el tiempo mucho más allá de todas las religiones oficiales que intentasen absorberlos. Y es que muchos paganos convertidos, e incluso bautizados, lo hicieron frecuentemente sólo desde la superficialidad, pero siguieron manteniendo vivas sus antiguas tradiciones.
            Por eso, sabedores los clérigos del poderoso atractivo de los rituales ancestrales para con sus practicantes, no tuvieron más remedio muchas veces que asimilarlos, ante la perspectiva de verse abandonados por un determinado grupo de fieles. De este modo, la actuación de los eclesiásticos terminó frecuentemente por deformar no sólo a los ritos paganos que el cristianismo absorbió, sino también al propio dogma cristiano, al intentar casar a ambos, creándose las situaciones que diariamente observamos en los ceremoniales actuales de la Iglesia, donde un rito pagano y otro cristiano perviven juntos incomprensiblemente.
            Así, la actitud clerical se concentró con el paso de los siglos –no le quedó otro remedio, visto a lo que diariamente se enfrentaba en cada pequeño punto del Imperio Romano– en la elaboración de un alucinante calendario festivo, en el que adaptó los mitos locales preexistentes a su llegada a la nueva norma y los sacralizó, cuando no fue capaz de eliminarlos y no tuvo más remedio que integrarlos.
            En ese camino alucinante cristianizó los cultos de veneración que los paganos tributaban a los montes sagrados, a las fuentes, estanques y ríos taumatúrgicos, los rituales de siembra y de recolección, los festivales del Agua, del Fuego, de la Luz, de los dioses Manes, los del Carrus Navalis, las Saturnalias, las Lupercalias, los espacios sacros (bosques, encrucijadas, cementerios...) y, en definitiva, todo lo que no era estrictamente canon y ortodoxia.
            En la mayoría de estos festivales, el hombre se integraba con la naturaleza y con sus dioses a través de una comunión intensa con ella, utilizando unas veces el sacrificio propiciatorio, otras la magia simpatética y otras el travestismo ritual. A través de estas fórmulas, los hombres, casi siempre disfrazados, intercambiaban roles sociales, entraban en éxtasis orgiásticos o propiciaban ritos de fecundidad. Como vehículo para ello contaban a menudo con las máscaras, con la transformación que éstas les proporcionaban en animales mágicos (especialmente bóvidos y óvidos) y con su capacidad para asumir la esencia de sus dioses. Así, mimetizados en Dionisos, Silvano, Pan, Luperco o cualquiera de las divinidades generadoras de la fecundidad y vida de los campos (casi siempre con cuernos) y a través de la danza, la música, la bebida y la comida ritual, estos hombres primitivos contactaban con los espíritus de la naturaleza a los que necesitaban conjurar para asegurarse su protección.
Evidentemente, muchos de estos ritos atentaban descaradamente contra el dogma cristiano. En ellos no eran pocos los personajes que, a veces incluso, siguiendo sus ancestrales costumbres, hasta entraban en los templos (como lo habían hecho en sus antiguos santuarios) bebiendo vino o ébrios completamente, cantando, bailando o llevando a cabo explícitas manifestaciones de sexualidad sagrada (como el hieros gamos), que sin embargo aparecían como meros actos  lascivos ante los ojos atónitos de los celebrantes. (En Nuñomoral, en las Hurdes, los Ramajeros que salen con San Blas llegan hoy a amenazar al celebrante con porras, mientras llevan a cabo su baile ritual, acompañados de castañuelas y cencerros, a la puerta de la iglesia. Las Carantoñas de Achuche, durante la procesión de San Sebastián, hacen amago de intimidar a la gente aún actualmente con sus gestos. Los Carochos de Sarracín de Aliste a veces cargan contra la propia Iglesia. En muchas celebraciones del Corpus, en España, algunos de los Diablos que acompañan al Santísimo suelen hacer cachiporras con los materiales vegetales que encuentran a su paso, posiblemente como recuerdo de antiguos comportamientos en los que atacarían a quienes les impidiesen llevar a cabo sus rituales.) El cristianismo, al asimilarlos e incorporarlos dentro de sus ceremoniales, lo hizo desde sus presupuestos morales, y convirtió a los miles de espíritus agrarios, pecuarios o invernales, en una caterva de demonios danzantes en medio de sus procesiones, las más de las veces sometidos al poder divino. Eso al menos es lo que parecen ser actualmente tanto las Carantoñas de Acehúche, como los Negritos de Montehermoso, el Boo de Pasaron de la Vera, los Diablucos de Helechosa de los Montes, los Cofrades del Corpus de Peñalsordo, el Jarramplas de Piornal y todo ese largo etcétera que aún aparece en medio de muchas de las procesiones extremeñas.
Efectivamente, la iglesia no supo ni quiso comprender a estos personajes agrestes, y los equiparó al mal2A. Y, puesto que el mal y el demonio para ella eran lo mismo, al demonio acabó por asimilar estas máscaras rituales cornudas, desdibujándolas la mayoría de las veces de sus roles originarios y convirtiéndolas en meros diablos con cuernos, rabo y patas de cabra.
Pero las máscaras no llevaban implícito el concepto del mal. Habían servido simplemente para asimilar hombres y bestias, u hombres y dioses en un intento de comunión del mundo agrario con el de sus númenes protectores. La iglesia descontextualizó todos estos elementos y convirtió a los símbolos de fecundidad o de exaltación de la naturaleza en pobres fantoches detrás o delante de un santo. (Los Diabrillus hurdanos, aunque no vayan en ninguna procesión, siguen llevando hoy en sus manos horcas y liendros en recuerdo de su antiguo rol agrario. Y mucho nos tememos que los Incensarios de Loja, en Granada, y todos los penitentes de Semana Santa, tocados con cucuruchos como el Jarramplas, hayan tenido su origen también en máscaras agrarias anteriores al cristianismo, pero el tiempo los ha desdibujado.)
Sin embargo, para el buen observador, nadie podrá borrarles a todas estas botargas, venidas desde la noche de los tiempos, su antiquísimo rol catártico y germinativo.
 
 
2. LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA
De todas maneras, el cristianismo también tuvo que claudicar y tragar ruedas de molino en el proceso de vampirización de los ritos ajenos, y muchas veces el pacto a que se vio obligado a la hora de su triunfo con sus religiones rivales vencidas (pero nunca arrinconadas), lo hizo bien a regañadientes, de manera que donde hubo un fuerte rito que no fue capaz de hacer desaparecer, tuvo que disimularlo lo mejor que pudo, con santos a veces impensables, heterodoxos, crípticos o, en el peor de los casos, inexistentes. Ejemplos los hay a millares. Y están repartidos por todo el martirologio romano y sus extrañas celebraciones. Basten como ejemplo unos cuantos:
San Serapio tal vez oculte en su nombre al dios egipcio Apis. Isidoros e Isidoras a la diosa Isis. Santa Ana está tapando los cultos que se tributaban a Ceres y su hija Proserpina, diosas de las cosechas. Los Santos Justo y Pastor son sin duda una transposición de los dioses romanos Cástor y Pólux. San Antón, que tuvo que bajar al infierno a buscar a su cerdito y de paso se trajo el fuego que había desaparecido de la tierra, es una transposición del antiguo mito de Prometeo. San Sebastián oculta las celebraciones en honor del dios guerrero celta Thor y del romano no menos beligerante Marte. Las fiestas de Santa Lucía, a la que la religión cristiana retrata sin ojos, suplantaron a las de la deidad pagana Lusina, diosa de la luz. Santa Catalina, representada con la rueda del conocimiento (a pesar de que la Iglesia siga empeñada en hacérnosla ver con la rueda de su martirio) suplantó a la Gran Madre Diosa de la Sabiduría, venerada en todo el Mediterráneo. Las iconografías de Santiago, San Millán y San Jorge fueron, sin lugar a dudas, otras tantas disimulaciones de dioses guerreros anteriores, cada uno en su comunidad respectiva: Galicia, Castilla y Cataluña. San Cosme y San Damián ocultan detrás de sus galenismos a los Dióscuros. San Pantaleón a Hermes Trimegisto. San Lorenzo a una antigua divinidad solar. San Jorge a la pagana fiesta de la Pilia. Las carreras de caballos de todos los San Blases son el recuerdo de las celebraciones de la Equiria en honor del dios Marte. Las innumerables celebraciones marianas del mes de abril están ocultando otras tantas festividades agrarias de la diosa Deimeter (por confusión provocada ex profeso con Dei Mater). San Juan sustituyó a la fiesta gentilicia del agua en el solsticio de verano. La Asunción de la Virgen a la festividad de la diosa Diana. La celebración de Todos los Santos fue instaurada en lugar de la fiesta gentilicia de los dioses Manes. La Natividad de Cristo fue fijada en el solsticio hiemal para borrar el rastro de las fiestas que celebraban el nacimiento del sol, o los ritos de origen egipcio y persa que tenían lugar el 25 de Diciembre con motivo del nacimiento de sus respectivos dioses Osiris y Mithra. La Pascua sustituyó a las celebraciones del martirio y la muerte de Mithra, de Dionisos y de Adonis, pero sobre todo la de Atis, ese dios frígio al que Roma veneraba el 24 y el 25 de Marzo3. Sobre los ritos con que se agasajaba a la diosa Astarté, Virgen de la Luz de todo el Mediterráneo, en que sus devotos encendían luminarias por todas las calles y gritaban: la Virgen ha parido, la luz está aumentando, colocó el cristianismo la festividad de las Candelas (La festividad cristiana de la Purificación de la Virgen no fue institucionalizada hasta el siglo X). Se cree que las vírgenes negras taparon a antiguos cultos de la diosa Isis y a su hijo Horus. Y parece ser que todas esas Vírgenes que llevan un fruto en una de sus manos y a un niño dios sentado sobre su halda, ocultaron otras tantas advocaciones de la diosa Nana, madre del dios Adonis, virgen que quedo preñada sin contacto humano, y sólo porque un dios puso una semilla de fruto en su regazo. Sería cuando menos curioso realizar un estudio de las advocaciones de la Virgen María. Seguro que se descubrían cosas tan sabrosas como que debajo del nombre de Ntra. Sra. de la Valvanera este escondido el de Val Veneris (Valle de Venus)...
Cabría preguntarse: ¿Qué adoran los cristianos en sus santos? ¿A quién se reverencia hoy oculto tras muchos de los rituales que el cristianismo ha enmascarado? ¿Qué hay detrás de Las Rajas de Galisteo, del Corpus de Peñalsordo, de los Danzantes de la Virgen de la Salud de Fregenal, de los Diablucos de Helechosa de los Montes, de La Procesión de los Escobazos de Jarandilla de la Vera, de los Danzantes de San Antón de Peloche, de la Encamisá de Torrejoncillo y de la de Navalvillar de Pelas?
¿Qué hay detrás del Jarramplas de Piornal? 
 
3. EL JARRAMPLAS: SU DRAMATIZACIÓN
Posiblemente, de entre todos los personajes que la Iglesia no fue capaz de digerir en su titánico esfuerzo sincrético, se encuentre el Jarramplas de Piornal, este personaje doblemente pagano (en primer lugar por no-cristiano y en segundo lugar por agrario [de pagus].) de tremenda fuerza representativa.
Enigmático y de connotaciones altamente fetichistas, el Jarramplas surge de un oscuro pasado remoto y se planta en el siglo XXI aún lleno de misterio.
Como un terrorífico bucráneo antropozoomórfico de mágicas connotaciones, el Jarramplas aparece en las fiestas de San Sebastián, zigzagueando entre las celebraciones con que los piornalegos agasajan al Santo, sin ninguna conexión aparente con dichos ritos. De tales dimensiones debió ser su significado en la antigüedad que, actualmente, ni siquiera el santo narbonés asaeteado parece hacerle sombra.
En efecto, para cualquier observador externo a la devoción con que los piornalegos siguen la festividad de su santo, y más allá de los agasajos religiosos que la iglesia tributa al famoso mártir, asoman por debajo de las sayas eclesiales ortodoxas, los bigotes y los cuernos de un rito pagano venido hasta la actualidad desde la noche de los tiempos.
Para quien no haya tenido el privilegio de verlo, describimos sucintamente, su curioso atuendo y su dramatización.
Viste blusa y pantalón de tela blanca, de los que penden por doquier, forrando ambas prendas por completo, tiras de colores de unos diez centímetros de largo y dos de ancho, que los piornalegos llaman pingos, y que le dan un aspecto de carantolla, cuando no de personaje mágico arrancado de algún rito centroafricano. Lleva cubierta la cabeza por una espectacular máscara de casi un metro de alto, compuesta por un cono enorme de cartón sobre el que se han pintado (en rojo, amarillo y negro primordialmente) unos desmesurados ojos y una temerosa boca que muestra sus dientes afilados. Lleva pegada una nariz enorme y excepcionalmente puede incorporar incluso unas barbas de chivo. Dicha máscara se ve completada por un par de cuernos descomunales y muy curvados que, naciendo en su centro, casi llegan a tocar el vértice del capirote, al que remata, espectacularmente, una copiosa cola de toro, de zorro o de caballo que cae por detrás, todo a lo largo de la carantamaula. El Jarramplas lleva además guantes, y unos correajes donde sujeta un tambor que suele ir tocando con dos baquetas. Sobre su espalda, a veces, añade cosida una cruz de tela roja (símbolo inequívoco de la sacralización del personaje), en sustitución del arbolito que llevó pintado antiguamente. Es frecuente que un rabo de tela, colgando por detrás de la cintura, entre las nalgas, complete su apariencia.
El Jarramplas, a parte de los momentos puntuales en que acompaña a San Sebastián (bajá del santo, procesión, pujas, misa y rosario), pasa buena parte de los dos días de la fiesta entre agasajos: hace cinco recorridos petitorios por las casas y por los bares del pueblo donde le dan dinero, chacina, perronillas, roscas, tirabuzones, vino, aguardiente... Es invitado a comer en varias ocasiones a casa de los mayordomos, así como a un ágape (las migas), en el que participa todo el pueblo, donde se sirven migas, embutidos, queso, bebidas, licores, e incluso recibe obsequios especiales de chacina por parte de los mayordomos (el lomo).
Igualmente podría decirse que, en casi todas sus apariciones, el canto coral le acompaña, bien sea por parte de toda la comunidad, bien por parte de las mozas, bien por parte de los quintos: así le ocurre tres veces en la víspera (bajá del santo, regocijo y alborás...) y cuatro veces el día de la fiesta (regocijo, procesión, misa y rosario). Es también usual que la gente le de ánimos, acompañando la frase con alguna palmada sobre el hombro.
Y, evidentemente, es lapidado con nabos, con tronchos de verduras o con pellas de nieve en toda ocasión que se desplaza por las calles del pueblo con la máscara puesta sobre sus hombros: esto ocurre cinco veces. Pero la más importante de todas es la que tiene lugar el día 20, a las 12 de la mañana aproximadamente. Y esa es la que vamos a describir:
Antes ha asistido a la procesión del Santo (caminando de espaldas y tocando el tambor, como lo hizo en las alborás de la víspera) y a misa.
A la hora referida, tocado con la máscara y haciendo repicar briosamente sus baquetas sobre la piel de perro del tambor, el Jarramplas sale de la iglesia dispuesto a recorrer las calles del lugar y a recibir una impresionante lapidación de nabos, o de pellas de nieve si la hubiere, de todos los piornalegos y forasteros que quieran unirse a este ritual. Para ello, algunos habitantes del pueblo han traído, en el transcurso de la misa, tractoradas de estas crucíferas que han ido vaciando en las confluencias de las calles más importantes.
La ejecución se lleva a cabo casi en silencio... Se escuchan sólo los volantazos de los nabos silbando por el aire, los impactos de éstos contra el cuerpo del Jarramplas o contra las protecciones de las ventanas de las casas, que para la ocasión han sido forradas con tablones, cartones o chapas metálicas. Se percibe también el murmullo de los lapidadores, sus rápidos pasos, las corribandas de una punta a la otra por las calles de cientos de personas agolpadas, los resbalones en el suelo, el aliento contenido... Y el ronco retumbar del parcheo sobre el tambor con que acompaña su lenta marcha el Jarramplas... Entretanto, cientos de nabos vienen furiosamente a estrellarse contra su máscara, sus brazos, sus piernas, sus espaldas..., hasta que éste decide ponerle fin, tras aproximadamente dos horas, refugiándose en alguna casa. A pesar de que, para poder soportar mejor el severo castigo, lleve bajo su disfraz una suerte de armazón hecho de malla metálica y de rellenos de guata, cuando se quite el traje, su cuerpo aparecerá tumefacto, lleno de traumatismos, de contusiones y de heridas...
¡Todo un espectáculo que estremece y acongoja al que por primera vez lo presencia!
  
4. LAS TEORÍAS
            Las interpretaciones del Jarramplas han sido muchas y diversas.
Entre las más curiosas están los intentos de recristianizarlo (si se puede emplear este término). Para ello no se han tenido escrúpulos a la hora de presentarlo como un fiel creyente al que los judíos ajusticiaron en una sórdida venganza, allá por la edad media, o incluso de convertirlo en un cristiano renegado que, en una época indeterminada de la invasión musulmana, se pasó al otro bando y fue castigado por felón. Los propios piornalegos hablan de la condición de Jarramplas como un voto de penitencia hecho a San Sebastián en reconocimiento de los favores recibidos por el santo o de las gracias esperadas de él. Alguna vez incluso hemos escuchado que el Jarramplas era un ladrón de ganado ajusticiado por el pueblo.
            Es evidente que, a parte de estas teorías populares, existen otras hipótesis más serias:
            Algunos4 quieren ver en el Jarramplas una botarga carnavalesca, tal vez observando que en la zona perviven otras botargas semejantes: la Carantolla que aparece en las Rajas de Galisteo, el Taraballo de Navaconcejo, el Palotero de los Negritos de Montehermoso o de las Danzas del Guiador de Santibáñez el Bajo, el Graciosu de Nuñomoral... O, un poco más lejos, los Zangarrones, Cigarrones, Zafarrones, Botargas y Camuñas de Zamora, de León, de Galicia, de Portugal, de Guadalajara... 5
Hay quien opina que era un reo de la Inquisición, quizás basándose en el cruel castigo que recibe. En efecto, en épocas inquisitoriales, muchos de los condenados llevaban, camino del suplicio, un capirote en la cabeza y cruces pintadas en los hábitos, por lo general blancos6. Puede que alguna contaminación haya habido de este trasunto en su decurso. Pero es bastante extraño e infrecuente que el pueblo se prestase a perseverar, a través de una teatralización callejera, un ajusticiamiento que no conllevase comicidad carnavalesca, como es el caso.
            No son pocas las personas .que parecen decantarse por la mitología y convierten a la escenificación del Jarramplas en subsidiaria del castigo sufrido por el ladrón de ganados, Caco, hijo de Vulcano, por parte de Hércules. La leyenda cuenta que el gigante Caco era mitad hombre y mitad sátiro, y que vivía en un caverna llena de los esqueletos de los hombres que había calcinado con el fuego que lanzaba por su boca. Y que fue matado por Hércules por haberle robado alguna de las vacas del rebaño que él, a su vez, le había robado a Gerión... (Nos parece que, salvando todas las distancias, tiene muchas más similitudes con el mito de la Serrana de la Vera. Además la historia de un ladrón que roba a otro ladrón no parece ser, en absoluto, la escenificada por el Jarramplas. Pero el trasunto ha tenido aceptación y se ha extendido con notable éxito.)
            Otros7 creen reconocer en el misterioso personaje una reencarnación del lobo, basándose en los asentamientos ganaderos que debieron darse hace siglos en los montes de Piornal y en las constantes pérdidas que experimentarían (es de suponer) en la cabaña ganadera sus moradores, por causa de estos cánidos. Los que así opinan, justifican el rito con el castigo que los ganaderos deseaban propinar a su atávico enemigo. Y pudiera ser acertada esta teoría, pues muchos pueblos primitivos buscaban, a través de rituales simpatéticos, que la naturaleza les imitara y llevase a cabo realmente lo mismo que ellos ejecutaban para provocarla: en este caso que eliminase a los depredadores. Este mismo tipo de exorcismo mágico se daba, aunque en otra categoría, en Hernán Pérez, para conjurar al sol y espantar las oscuridades invernales, la víspera de San Sebastián, cuando salía por las calles del pueblo, ya de noche, el Hombre de la Anguarina con una vara de tres metros, en cuyo extremo iba pinchada una bola de estopa embebida en productos inflamables, convertida en un fulgor ardiente, mientras escopeteros apostados aquí y allá disparaban tiros a las oscuridades. O en el Capazo de Torre de Don Miguel, donde, a través del lanzamiento por el aire de esteras ardiendo, se pretendía recordarle al sol que no se ocultase por más tiempo durante el oscuro invierno y reprodujese esa órbita suya cotidiana que las esteras le mostraban por si se le había olvidado.
            Y, evidentemente, no falta quien cree atisbar en el Jarramplas el remedo de alguna víctima propiciatoria, procedente de rituales americanos precolombinos, trasvasada desde aquellas lejanas tierras gracias al poderoso impacto que su visión debió producir en los conquistadores españoles. Pero es cuando menos poco verosímil que, aquí, en España, se perpetuase un ritual de homicidio sagrado semejante al mesoamericano, vista la campaña demoledora llevada a cabo por los conquistadores, que presentaron tanto a aztecas como a mayas o a incas como auténticos salvajes que practicaban asesinatos. La mala prensa del sacrificio humano precolombino no favorecería la expansión de tales culturas, y mucho menos su imitación. Además, los textos que nos han llegado,
 Pegaban plumas de águila a su cabeza e introducían en su cabellera, que descendía hasta la cintura, plumas blancas de gallo. Una guirnalda de flores, parecidas a las del maíz, ceñía sus sienes y otra guirnalda de las mismas flores pasaba sobre sus hombros y bajo sus axilas. Ornamentos de oro colgaban de su nariz, brazaletes dorados adornaban sus brazos, campanillas de oro tintineaban en sus piernas a cada paso que daba; pendientes de turquesa se columpiaban en sus orejas, pulseras engalanaban sus muñecas y collares de conchitas rodeaban su cuello y caían colgando sobre el pecho; llevaba un manto de malla y rodeaba su cintura una faja recamada. Así alhajado paseaba por las calles, tocando una flauta, echando humo de su cigarro y aspirando el aroma de un ramillete...(P. José de Acosta: Historia Natural y Moral de las Indias, 1550)
...evidencian claramente que tales víctimas humanas, a parte de distar mucho formalmente del Jarramplas, ya que iban totalmente alhajadas y profusamente coronadas de flores, no eran lapidadas, sino sacrificadas directamente, arrancándoles el corazón:
 Al alcanzar la cúspide de la pirámide, los sacerdotes lo sujetaban y lo tendían de espaldas sobre un bloque de piedra, mientras uno de ellos le abría el pecho, introducía la mano en la herida y le arrancaba el corazón, que mostraba en sacrificio al sol... (P. José de Acosta: Historia Natural y Moral de las Indias, 1550)
Sí es cierto, sin embargo, que, antes de su ejecución, estas víctimas gozaban, como el Jarramplas, de ciertas prerrogativas:
 Tenía hasta cuatro mujeres, comía y bebía a cuenta de la comunidad y los principales venían a reverenciarle. (Franciscano P. Sahagún: Escritos sobre las Indias, s XVI)
...tal vez en compensación por el fin que les aguardaba, y que eran inmoladas, como presumiblemente lo es el Jarramplas, para propiciar la fertilidad de los campos.
Hay estudiosos7. que no tienen inconveniente en relacionarlo con ciertos cultos prerromanos a las divinidades Celtas8. Y ciertamente era en los primeros días de Febrero cuando se celebraban los festivales de Imbolc, con ritos de purificación y de fertilidad de la tierra a través del agua y el fuego.
Otros9 piensan que sus raíces estén vinculadas con las Lupercalias Romanas. Estas celebraciones se llevaban a cabo durante el mes de Febrero. En ellas, tras el sacrificio de un macho cabrío al dios Luperco, se le imploraba protección contra los lobos. Además, los luperci, vestidos con pieles de animales, golpeaban la tierra con ramas y palos para hacerla fructificar. (Tal vez las Carantoñas de Acehúche conserven aún, en la rama que llevan en las manos y en su gesto de embestida paralizada, el recuerdo de este arcaico ritual.) Este rito de origen pastoril, rápidamente degeneró en otro tipo de manifestación mucho más oscuras. En las Lupercalias, los sacerdotes acabaron por sacrificar cabras y perros y cortar sus pieles a tiras para fustigar con ellas o con sus vejigas a las mujeres que deseaban quedar preñadas. (Más nos recuerdan al Taraballo de Navaconcejo que va azotando a los espectadores con un látigo o con una vejiga atada a un palo.) Y, mucho más tarde, los devotos de Luperco realizaban procesiones nocturnas, alumbrados con velas y teas, para pedir al dios protección contra la infelicidad y contra la muerte. Estos momentos de oscuridad eran aprovechados por los fieles para excederse en todo tipo de contactos sexuales rituales, mientras algunos corrían desnudos y embadurnados con la sangre de las víctimas por entre la gente.
Parece ser que el cristianismo sincretizó tanto los festivales de Imbolc como estos comportamientos licenciosos de las Lupercalias en la fiesta de las Candelas y las Luminarias.
Y no faltan quienes han querido ver el origen del Jarramplas en las Saturnalias romanas. Estas fiestas se celebraban del 17 al 23 de Diciembre, en honor de Saturno, dios de la siembra y de la agricultura, con grandes comilonas, borracheras y desenfrenos casi carnavalescos en los que la búsqueda de todo tipo de placeres estaba permitida. En ellas, la representación personificada del dios Saturno moría una vez terminados los días de orgía. Se elegía para encarnarlo a un hombre apuesto, al que vestían con atavíos reales. De esta guisa, era presentado a la gente con plena licencia para que cada cual se entregarse con él a toda clase de pasiones, sin censura alguna. Pasados treinta días era degollado en el altar del dios al que encarnaba... Luego la costumbre degeneró y el dios fue representado por un monigote relleno de paja que, tras un juicio sumarísimo lleno de escarnios, era ajusticiado y apaleado. Con el correr de los siglos, incluso, y sin saber ya de dónde procedía tal costumbre, dicho fantoche era estoqueado o fusilado10.
Y este no fue el único camino degenerativo que el dios Saturno sufrió a lo largo de la Historia, pues en otro contexto, el dios fue deformándose poco a poco hasta transformarse en el Rey de la Sinrazón, ese Rey de los Tontos11del que se burlaba todo el mundo y al que se representaría, en siglos posteriores, con ropas coloristas y tocado con un cucurucho (Fiesta de los Locos de Jalance en Valencia o las Locadas de Fuente Carreteros de Córdoba) o una mitra episcopal, como tantas carantollas precarnavalescas12 que actualmente aún aparecen en distintas festividades de Extremadura: el Vitonto de Galisteo, los Obispillos de los San Blases y los Carnavales de las Hurdes, el Palotero de los Negritos de Montehermoso...
Cabría, sin embargo, no perder de vista, la advocación saturnal que lo consideraba como encarnación de una deidad forestal y a la que se le inmolaron víctimas humanas. Esa vereda tal vez diera mejores resultados. Volveremos a retomarla más adelante.
Un poco más cercano anda el Jarramplas del Mamurius Veturius romano, ese viejo y decrépito dios Marte al que se honraba, sacando el 14 de marzo por las calles, en procesión, a un hombre cubierto de pieles al que pegaban con cayados blancos y largos hasta expulsarlo fuera de los límites de la ciudad. Y no precisamente como al dios de la guerra, sino como dios de las cosechas y de la vegetación, para que se llevase con él toda la negatividad del viejo año y volviese reencarnado en otro nuevo dios agrario recién nacido y renovado que vivificara los campos. Aunque por la indumentaria tal trasunto nos recuerda más a las Carantoñas de Achuche y de las Hurdes (Zurrumonus, Pelujáu Canu, Machu Cornúu), sin embargo, por la intención, nos parece que el Jarramplas encamina ciertamente los pasos por senderos semejantes, y una hipótesis de expulsión para llevarse con él los males del año viejo y poder renovarse, ya es más que interesante.
Llegados a este punto, lo que sí podemos decir con claridad del Jarramplas es que es un personaje pagano (y doblemente pagano, disimulado e integrado (¿disimulado e integrado?) en la horma de los cultos que la Iglesia católica rinde a San Sebastián. Lo curioso del caso es que la iglesia lo haya tapado precisamente con este santo que oculta, a su vez, claves herméticas y mensajes subliminales tanto en su iconografía como en su peculiar martirio, pues no en vano algunos estudiosos lo han entroncado directamente con antiquísimos idearios aghárticos13 en los que una casta de maestros espirituales, simbolizados y encabezados por San Antonio Abad (cuya fiesta se celebra dos días antes, el 17 de Enero) estaría sostenida por otra casta paralela de guerreros, simbolizados y capitaneados por San Sebastián14, de modo que tanto el primero como el segundo representarían los dos mundos, teórico y práctico, espiritual y material, ying y yang, daemon y eidolon, que todo ser humano lleva dentro y a los cuales hay que reverenciar en algún momento, preferiblemente en los comienzos del año.
San Sebastián, en efecto, ocultaría detrás a un antiguo dios guerrero15. Posiblemente sea el dios Marte quien esté encubierto bajo su advocación. A su madre Februa (que es la diosa que le da nombre a Febrero: Februarium) se le tributaron, durante estas fechas de finales de enero y principios de febrero, innumerables actos de devoción, encendiéndole antorchas y lumbres por todas las ciudades16 para que aplacara la ira de su hijo Marte, y la guerra no visitase los poblados. Pero es que hay más aún: los celtas celebraban a su dios de la guerra, Thor, el mismo 20 de Enero!
Pero este aspecto del santo-soldado merecería por sí solo, tal vez, un estudio a parte...
 
5. CRIOBOLIAS Y TAUROBOLIAS
Sea como fuere, nos parece que el protocolo feroz que lleva a cabo el Jarramplas es un ceremonial que debió estar tan arraigado en la sociedad que lo produjo que, a pesar de su paso a través de los siglos, nada fue capaz de contaminarlo.
Un recorrido por las supuestas causas que lo hicieron nacer, tal vez nos enriquezca.
Dicha senda no es otra que la inmemorial puesta en escena del drama multisecular del convicto que carga con las culpas de la comunidad y tras su muerte, ficticia o real, la purifica y la libra de todos sus pecados. Algunos la han llamado teoría del chivo expiatorio16a.
Para ir a los orígenes de este planteamiento, deberíamos por unos momentos situarnos en la mente de esos primeros pobladores que decidieron aplacar la ira de sus dioses ofreciéndoles sacrificios rituales. Hoy, que concebimos a la naturaleza despojada de personalidad, nos resulta casi imposible meternos dentro de los pensamientos de aquel hombre primitivo al que toda manifestación de la naturaleza debió de parecerle una respuesta incomprensible de los dioses, cuando no maniobras de fuerzas desconocidas y de espíritus dominadores.
Pero el hombre primitivo concebía al mundo lleno de seres poderosos, dioses o demonios, que deambulaban y se movían sin cesar a su alrededor, manipulando sus sentidos, acosándole y angustiándole de mil maneras. Y, del mismo modo que los reverenciaba cuando las circunstancias le eran propicias y les elevaba altares, también las desgracias que le sobrevenían, los daños que sufría, las catástrofes que soportaba, solía achacarlos, cuando no a la magia de sus enemigos, a la ira de estos espíritus. Y no era extraño que, de vez en cuando, desease librarse de ellos para que lo dejasen en paz y no le molestasen más.
Por ello en ocasiones se plantearía expulsarlos de su presencia y del espacio en donde vivía... En un principio estas expulsiones debieron ser aleatorias, pero, con el paso del tiempo y observando los ciclos naturales en que el hombre advertía que se repetían las catástrofes (lluvias torrenciales, nevadas, pedrisco, sequías, pestes, hambrunas) estas expulsiones tenderían a hacerse periódicas, aplicando un intervalo entre purificación y purificación, que, sin duda, acabaría por ser de un año. El aumento de la mortandad que el invierno ocasionaba, especialmente entre clanes de economías de subsistencia con altos índices de desnutrición, poco vestidos y peor guarecidos, debió achacarlo el hombre primitivo seguramente a la obra de estos demonios, a los que por consiguiente debía expulsar de su presencia sin más demora. Estos comportamientos se debieron dar, primordialmente, en sociedades de carácter agrario y pastoril, muy dependientes de la climatología.
Y estas limpias generales de demonios o de espíritus malignos se realizaban en fechas fijas, una vez al año, para que la gente pudiera gozar de una nueva vida, libre de todas las influencias malignas habidas durante el periodo anterior. (J.G. Frazer: op. cit.)
Pero como eran, además de invisibles, impalpables, decidió reencarnarlos en algo concreto, para poder manipularlos. En los comienzos lo hizo en animales. La víctima elegida solía ser un toro, un buey, un ternero, un cordero, un macho cabrío, un cabrito... El sacrificio de estas reses con fines terapéuticos era llamado taurobolia, si se trataba de un bóvido y criobolia, si el animal era de menor tamaño. La oblación estaba dedicada a un numen (vamos a llamarlo un dios) para o bien aplacar su ira e implorar su compasión ante la previsible llegada de una calamidad pública o bien agradecerle su magnanimidad al haber librado a la población de ella.
Las variantes de dichos sacrificios eran tan singulares como las sociedades que los produjeron, e iban desde la simple y mera muerte del animal hasta su decapitación ritual, descuartizamiento, cremación, ágape ceremonial o incluso bautismo iniciático con la sangre del bicho inmolado:
En los misterios mithráicos se decapitaba un toro y en su sangre se purificaban los iniciados (Sánchez Dragó: Carta de Jesús al Papa)
...en otras ocasiones era suficiente con pintar las jambas y el dintel de la puerta de la casa con la sangre del animal:
La sangre servirá de señal en las casas donde estéis (Antiguo Testamento: Éxodo, 12)
...o, directamente, con lavarse en la propia sangre de la res sacrificada:
La gente pobre se conformaba con un criobolio, que consistía en el sacrificio de una oveja, y realmente se lavaba en la sangre del cordero (J. Godwin: Mystery Religions in the Ancient World).
Dicho comportamiento fue pasando, de generación en generación, de sociedades puramente prehistóricas a grupos supuestamente civilizados. El ritual del chivo expiatorio llego a ser asunto común en casi todas las sociedades que formaron nuestra actual cultura. Tenemos in mente el recental del sacrificio de Abel o el carnero sustitutorio del sacrificio de Isaac, pero hay que hablar de un uso muy generalizado del sacrificio del chivo expiatorio, cargado con las culpas de todos los componentes del clan, como puede leerse en el Antiguo Testamento:
Tome cada uno una res menor de cada casa. La res será sin defecto, macho, primal, cordero o cabrito. Lo reservará hasta el día catorce y toda la asamblea de Israel lo inmolará entre dos luces (Éxodo 12 )
Este ritual catártico del sacrificio de un animal estuvo extendido igualmente por todo el Mediterráneo, en todas las culturas que lo bordearon:
Los tragodoi de la tragedia griega, surgida en torno a los rituales a Dionisos en la época arcaica, eran los cantores que llevaban un chivo al sacrificio. (W. Burkert: Ancient Mystery Cults)
En los antiguos ritos al dios Atis se celebraban taurobolias sobre un estrado, donde se decapitaba al animal, cuya sangre caía sobre los fieles colocados debajo de dicho tablamento, logrando con ello la purificación... (T. Freaky y P. Gandy: The Jesus Mysteries: Was the “Original Jesus” a Pagan God?)
Cuando los antiguos egipcios sacrificaban un toro, invocaban y exorcizaban sobre su cabeza todos los males, que de otro modo caerían sobre ellos y sobre la tierra de Egipto.
Tan poderosa debió ser esa necesidad de purificación que incluso hoy día se sigue practicando:
La tribu de los Bhotiyas, en el Himalaya occidental, un día del año cogen un perro, lo emborrachan, lo alimentan con dulces, lo llevan por todo el pueblo y luego lo matan a pedradas y a palos para que ninguna enfermedad ni desgracia visite el pueblo durante un año.
Los Garos de Asam, en uno de sus festivales, eligen una cabra y la llevan atada por el cuello por todas las casas de la aldea, de manera que vaya recogiendo las dolencias y los males de todos los habitantes. Luego la matan a las afueras del lugar. (J.G. Frazer: op. cit)
A veces no era necesario llegar a sacrificios cruentos para lograr el fin perseguido. El animal era desterrado simplemente y alejado de la comunidad hacia territorios considerados contaminados, llevándose sobre sus espaldas las culpas y los males de todos los ciudadanos hacia espacios supuestamente impuros. Veamos estos cuatro ejemplos de épocas y culturas diferentes:
Imponiendo [Aaron] ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo hará confesión sobre él de todas las iniquidades de los israelitas y de todos sus pecados, y cargándolos sobre la cabeza del macho cabrío, lo enviará al desierto por medio de un hombre dispuesto a ello (Levítico 16, 21).
Los indios Aymara de Bolivia, en 1857, con motivo de una peste que padecían, cargaron una llama negra con las ropas de los apestados y la obligaron a internarse en las montañas para que se llevara el mal....
Los Brahmanes de la India transfieren sus pecados a una vaca, que es expulsada de la ciudad.
En algunos poblados de Arabia, cuando estalla la peste, pasean un camello por las calles de la ciudad para que ésta pase al animal y luego lo echan al desierto 17.
En estos casos, posiblemente, el animal era golpeado, injuriado, vituperado y lacerado camino del destierro, para hacer el conjuro más efectivo.
De igual manera, la dramatización que el Jarramplas ejecuta (tal vez –como muchos han querido ver– encierre en su disfraz a un animal catártico) sigue de cerca los pasos de este ceremonial del chivo expiatorio que es paseado por la ciudad (el Jarramplas lo hace varias veces) para que recoja, a su paso, los miasmas de la aldea y, una vez que lo ha hecho, es apedreado hasta expulsarlo de la misma. Parece tan obvio que no tiene más explicaciones.
            No sería un caso aislado en Extremadura, ya que no son pocas las festividades extremeñas que aún mantienen, en alguno de sus rituales, el recuerdo de arcaicos comportamientos expiatorios, si no iguales a los descritos, bastante parecidos. Baste recordar esos festejos en que un grupo de mozos o de quintos pasean a una cabra o a un macho cabrío por las calles de su pueblo, adornado con cintas de colores o pintados sus cuernos de purpurina, al tiempo que lo emborrachan en las tabernas hasta llegar al sacrificio; o ese becerro que, drogado y adornado, iba en medio de la procesión de San Marcos en Brozas, dejándose tocar  por los fieles; o esos gallos colgados de una soga, soportando garrotazos y sablazos hasta ser decapitados; o esos toros a los que se le lanzan rejones desde los tablados y cubos de agua desde las ventanas durante su recorrido. Hay mucho de antiguo ritual mediterráneo purificatorio en todas estas manifestaciones, ya se llamen La Machorrita, La Borrasca, Los Machos, Los Gallos, El Toro del Agua, El Toro de San Marcos, El Toro de San Juan... Y no hizo falta un contacto directo, como a primera vista pudiera parecer, entre el mitraísmo asiático y Coria, el Torno, Fregenal, Herrera del Duque, Brozas, Valdastillas, Ceclavín, Navalmoral de la Mata, Albalá o Santibáñez el Bajo, pongamos por caso, para que el rito fuese trasvasado desde aquellos remotos tiempos y territorios hasta estos momentos actuales y lugares cercanos, sino que, por pura contaminación cultural, los rituales se fueron universalizando como el efecto de una pedrada en un estanque, pudiendo transmitirse sin que sus hierofantes llegaran muchas veces a saber el por qué ni el origen de su escenificación expiatoria. Hoy, por ejemplo, decimos amén sin ni siquiera darnos cuenta que con tal palabra aún se evoca el nombre del dios egipcio Amón.
            Aunque la escenificación nos haya llegado un tanto desdibujada, lo importante es que la intención fue siempre la misma: el sacrificio de un animal para que se llevase con su muerte todas las negatividades de la comunidad.
 
6. EL PHARMAKOS
Pero hubo un momento inmemorial e intangible en que este rito del chivo expiatorio saltó de categoría y se reencarnó en los seres humanos. Estos hombres, al igual que los animales que les precedieron, fueron sacrificados para librar a las comunidades a las que pertenecían de padecimientos y negatividades. Desde la matanza de los primogénitos de Egipto, contada en el Génesis, hasta los miles de niños degollados por sus propios padres en la antigua Cartago para obtener, a través de sus muertes, una conexión privilegiada con las potencias celestiales en caso de penurias, la Historia está llena de ejemplos, aunque es de suponer que, debido a nuestra formación judeo-cristiana, todos tengamos especialmente presente, como ejemplo perfecto de víctima propiciatoria humana, a Jesucristo, quien además, como si se tratase de un sagrado criobolio, la iglesia se esforzó en perpetuarlo como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo y carga en su cruz con todos los pecados de la humanidad.
Pero Jesucristo no fue ni el primero ni el último de esta antiquísima práctica. Antes de Él, hubo otros corderos de dios, de idéntica condición y categoría. En la historia de la humanidad ha habido tantos chivos expiatorios humanos que tal estrategia ya ha pasado de la categoría de rito a la categoría de mito. Se podría incluso hablar de un chivo expiatorio sagrado modélico que repite la misma trayectoria de cargar con las culpas de sus semejantes y dar su vida por ellos para la remisión de sus pecados. Dicha norma de comportamiento pertenece a la conciencia histórica colectiva, legendaria y mitológica de la noche de los tiempos, pues desde tiempos inmemoriales se viene repitiendo cíclicamente, con cada nueva modalidad religiosa, el mismo comportamiento en sus dioses-héroes, sobre todo en las culturas que rodean al Mediterráneo. Lo propio hacen el dios Osiris en Egipto, Dionisos en Grecia, Atis en Asia Menor, Adonis en Siria, Baco en Italia o Mitra en Persia18.
En una antigua inscripción dedicada no a Jesucristo sino a Mithra, se puede leer:
Tú nos has salvado al derramar tu sangre eterna (R. Turcan: Cults of the Roman Empire.)
Y un poeta egipcio anónimo también rinde culto a su salvador sacrificado y resucitado, Osiris, con estas palabras:
¿Te has sacrificado? ¿Dicen que has muerto por ellos? ¡No has muerto! ¡Vives eternamente! Estás más vivo que ellos, porque eres el místico del sacrificio. Eres su señor vivo y joven eternamente. (M. A. Murray: Egyptian Religious Poetry.)
Además de ser sacrificados, todos estos personajes-dioses tienen un itinerario mistérico común: la vejación. Y no es extraño, ya que el destino de un chivo expiatorio era ser insultado, golpeado, vituperado, antes de ser ejecutado:
Los caminantes que, por la vía Sagrada, se dirigían a Eleusis para participar en el sacrificio de Dionisos, recibían golpes e insultos de unos enmascarados que los atemorizaban.
En el Evangelio de Marcos, Jesús predice un destino lleno de vejaciones para el hijo del hombre:
Y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán (Marcos. 15, 17-20)
Incluso San Pablo presenta a Cristo como una víctima propiciatoria:
Y sin efusión de sangre no hay remisión (Hebreos 9, 12)
Pero quizás en este estudio particular en que nos proponemos conectar los rituales del Jarramplas con sus orígenes, más interesante que la propia inmolación de los dioses, sea el siguiente paso que se dio en este ceremonial propiciatorio, es decir: la inmolación de estos dioses a través de sus reencarnaciones en hombres corrientes.
En la antigua Babilonia se elegía a un hombre para que personificase al dios que debía ser sacrificado, y se le azotaba, no para agrandar sus padecimientos o su agonía, sino para liberarlo de las influencias negativas que creían que le acosarían en el instante supremo; luego se le vestía con túnica y clámide rojas y se le coronaba como a un dios y finalmente era crucificado19 (Es inevitable el que surjan las comparaciones, nos imaginamos.)
De igual modo, en la antigua Grecia, de vez en cuando, se elegía a un hombre para depurar las culpas de la comunidad y una vez que, de una manera simbólica, este individuo cargaba con los pecados de todos, era expulsado de la ciudad o era sacrificado.
A este hombre se le dio en llamar pharmakos, palabra que significa sencillamente: fórmula mágica de destierro.
Actualmente la palabra farmacia procede de esa fuente, posiblemente porque en ella se encuentran las fórmulas mágicas para las curaciones (J. Harrison: Prolegomena to the Study of Greek Religion)
Dicho martirio no era considerado una crueldad, ya que se trataba de un asunto puramente mágico-religioso. Por ello la víctima, considerada sagrada, antes de su ejecución, era copiosamente alimentada con cargo al erario público o a la propia comunidad. Y por idéntico motivo, lo vestían con prendas santas y le ponían una corona hecha de plantas sagradas (¡Cuántas similitudes con otras historias conocidas!).
Pensamos que el Jarramplas también es atendido de forma ritual por toda la comunidad durante las horas previas a su lapidación: es invitado a comilonas, se le ofrecen presentes por parte de los mayordomos y recorre las casas del pueblo en varias ocasiones, aceptando las vituallas que los vecinos tengan a bien entregarle. Se nos ocurre que, de ser cierto que repite el itinerario de los antiguos pharmakos, puede que, igualmente, recorra el poblado varias veces, entre cantos o toques de tambor20, para que su comunidad pueda descargarse de todos sus problemas y negatividades sobre su persona, aunque hoy el ceremonial haya perdido su significado primitivo.
El pharmakos griego era obligado a que recorriera toda la ciudad para que absorbiese todos sus miasmas. (W.F.Otto: Dionisos Myth and Cult)
            De todas maneras, hay que subrayar que originalmente el dios humano era sacrificado no para llevarse los pecados de la comunidad, sino con el fin de recuperar su vida divina de la debilitación y de la caducidad de la vejez que le llegaba con el final del año21, propiciando con su muerte que renaciera joven y remozado otra vez con la llegada del año nuevo, mas puesto inevitablemente iban a matarle, la gente pudo llegar a suponer que, de paso, bien podían cargar sobre sus hombros todas sus dolencias y pecados, con la intención de que se los llevase al mundo desconocido de ultratumba.
Este tipo de inmolaciones, en las que la muerte de un hombre presuponía la regeneración del dios al que encarnaba, además acabó por estar estrechamente vinculado con ritos agrícolas. (Ya dijimos al principio que volveríamos por esa senda):
En Siria, al dios Adonis, dios de la vegetación, se le hacía morir, encarnado en seres humanos, durante la primavera y, tras llorarlo largamente, era celebrada luego su resurrección, que tenía lugar justo cuando ocurría la floración de los campos. Entre algunos pueblos agricultores del Mediterráneo oriental, el espíritu del grano –el de las espigas en especial– y el de las vides (curiosa coincidencia con los símbolos de la eucaristía cristiana), era encarnado también por víctimas humanas a las que se ejecutaba y se lloraba antes de la primavera. ( No por casualidad La Pascua cristiana y la resurrección de Jesucristo están colocadas justo en el mismo periodo.)
En Asia Menor, durante los festivales de la Targalia, mataban a un representante del dios fertilizador de la vegetación, con el propósito de mantener la vida divina en perpetuo vigor, no corrompida por las debilidades de la edad. Pero, al mismo tiempo, estas víctimas expiatorias públicas de la Targalia llevaban consigo los pecados, desgracias y penas de toda la gente. (J.G. Frazer: op. cit.)
Pero el rito se contaminó nuevamente en su andadura, de modo que, con el tiempo, aunque no se renunció a realizar inmolaciones de seres humanos, sí se empezó a seleccionar a las víctimas de entre los pobres desgraciados que estaban condenados a morir de cualquier otra manera inevitablemente. De esta forma, con el paso del tiempo, se llegó a confundir la muerte de un dios con la ejecución sagrada de un reo, (del mismo modo que pudieron llegar a confundir en Piornal la vejación ritual del Jarramplas con los recuerdos de un ajusticiamiento inquisitorial.)
Lo que nunca posiblemente olvidaron ya en adelante quienes siguieron ejecutando tal ceremonial es que en él se escenificaba, cada vez que una ejecución se llevaba a cabo, la aniquilación de la entidad decrépita de un dios agrario para que volviese a renacer en una nueva naturaleza purificada y rejuvenecida.
Del mismo modo, el Jarramplas interpretaría las preocupaciones de la comunidad agraria a la que representaba y sería, además de su pharmakos, la víctima propiciatoria a través de la cual la vejez de los campos daría paso al nuevo resurgir de la vida sobre los sembrados. Con su lapidación y su persecución por las calles del pueblo (posiblemente en la antigüedad se llegó incluso a expulsársele del recinto edificado, como le ocurre al Botargón de San Blas de Ateca, que es apedreado con manzanas, justo después de misa, fuera de la ciudad), su comunidad pretendería resultarle agradable a las potencias espirituales superiores en las futuras tareas de la siembra, destruyendo la vejez del año para que en la primavera renaciese con bríos renovados. El Jarramplas, en este sentido, era para su colectividad su hombre mágico, su talismán y su llave de la abundancia 22.
En definitiva el comportamiento del Jarramplas no es ni novedoso ni singular. Este ritual ha sido tan practicado en el mundo antiguo, y sigue siendo tan cotidiano en la mayoría de las comunidades agrarias de todo el mundo, que podemos considerarlo una conducta recurrente. Enmascarado a través de ceremoniales crípticos o con procedimientos mucho más explícitos, los ritos de fertilidad se dan en todo el mundo. Con parecidos planteamientos actuaban también las comunidades agrarias que se citan a continuación:
Los indios Pawnies, antes de sembrar los campos, elegían una víctima humana a la que revestían con alegre y espléndido atavío, la alimentaban con manjares escogidos y, cuando la tenían bien nutrida, la sacrificaban, atándola a un palo y asaeteándola (como a San Sebastián).
Los Yorubas del Africa occidental elegían, una vez al año, una víctima propiciatoria; primero la alimentaban y, llegado el momento, la cubrían de ceniza, la pintarrajeaban con tiza, y la conducían en procesión por todas las calles del pueblo. Entonces la gente se abalanzaba sobre ella para tocarla y transferirle sus dolencias. Luego lo degollaban.
El Jalno del Tibet, personaje grotescamente disfrazado con pieles de animales, a principios de febrero sufre la persecución de los habitantes de la ciudad hasta ser expulsado de ella, pero antes la ha recorrido pacíficamente recibiendo pequeños obsequios de sus mismos perseguidores.
Los Khondos de Bengala ofrecían sacrificios humanos a la tierra para hacerla fructificar, arguyendo que el cúrcuma no podía ser rojo sin la sangre de las víctimas...(J.G. Frazer: op. cit.)
Evidentemente esta costumbre no tuvo más remedio que degenerar, y de la muerte real quedó sólo un remedo, por lo que llegó a bastar simplemente con vejar al pharmakos y expulsarlo del recinto donde vivía la comunidad.
Ya los griegos y los romanos de la antigüedad pagaban a un esclavo para que hiciese de víctima y lo apaleaban, echándolo de la ciudad diciéndole: afuera con el hambre y adentro la riqueza y la salud. (En Piornal no se paga a nadie para que haga de Jarramplas, pero sí hay abierta una lista para que la gente que quiera hacer de él en años venideros se apunte)
En época romana también, en muchas regiones del Mediterráneo pero especialmente en Marsella, cuando ocurrían calamidades, desastres o pestes, un hombre pobre se ofrecía como víctima y, tras ser alimentado con selectos y puros alimentos durante un año a expensas públicas, le ponían unas vestiduras sagradas adornadas con ramas (el Jarramplas llevaba sobre su espalda pintado un árbol y nadie nos impide pensar que dicho árbol fuese la representación gráfica de una posible ornamentación vegetal.) y lo llevaban en procesión por toda la ciudad mientras se elevaban preces o se cantaba para que todos los males de los vecinos cayesen sobre su cabeza. Después era apedreado fuera de las murallas. Y la ciudad de Abdera, en Tracia, era purificada una vez al año por el tajante método de seleccionar a uno de sus vecinos y matarlo a pedradas como sacrificio vicariante por la vida de todos los demás. (El Jarramplas también es alimentado, la víspera de su lapidación, a expensas de la comunidad, como le ocurre al Zangarrón de Sanzoles, en Zamora. Y recibe dinero, como hace el Botargón de Ateca, en Zaragoza, antes de ser lapidado. Pero hay más: también es conducido por toda la ciudad entre las preces de sus vecinos, posiblemente con el mismo fin que lo hacía el pharmakos marsellés de antaño)
En la actualidad: 
En Axin, en Ghana, destierran anualmente al diablo del pueblo, encarnado en una persona; tras una semana de diversión y esparcimiento con  comidas y canciones, en el octavo día persiguen al demonio enmascarado, corriendo tras él y arrojándole una lluvia de palos, piedras y todo lo que tengan a mano.
Entre la tribu de los Hos de Togo, en Africa Occidental, la expulsión del demonio tiene lugar anualmente en invierno, justo antes de que el pueblo comience a probar la nueva cosecha de ñames (nabos) frescos. (Curiosa coincidencia con los piornalegos.)
Los Pomos de California celebran cada siete años una expulsión de demonios en la que éstos están representados por hombres disfrazados y pintados atrozmente, con enormes ojos y feroces bocas de dientes puntiagudos. Luego son perseguidos hasta las montañas pegándoles palos y tirándoles pellas de lodo 23.
La costumbre de utilizar personas o personajes mágicos para deshacerse de negatividades en comunidades de la más diversa índole no parece singular ni excepcional, por lo tanto, e, incluso, lejos de desaparecer, como cabría esperar, diríamos que se ha mantenido, aunque crípticamente, en buena parte de las sociedades actuales que, de alguna manera, aún no han roto el vínculo con el pasado. La práctica de perseguir, vejar, apedrear, quemar o enterrar a una botarga o a muñeco de trapo o de bálago, que aún se sigue llevando a cabo en muchos pueblos de Extremadura, (llámense: Monigote, Morcillu, Pelele, Vitonto, Febrero, Demonio, Marto, Marimanta, Bujaco, Judas, Pero Palo, Manolo o Jarramplas a finales de año -entiéndase siempre antes del calendario Juliano-) evidencia la necesidad de estos rituales purificatorios y catárticos como medida profiláctica para afrontar aún los cambios de estaciones, nuevos periodos de socialización, distintas etapas vitales, diferentes faenas de los campos, mudanzas de ánimo... (No de otra forma se abordan en muchos de nuestros pueblos el invierno, la primavera o el verano; el carnaval o la cuaresma; bodas y arrejuntamientus; aceituneras, siegas, matanzas o moliendas; penitencias y mortificaciones o festejos...)
 
7. LA MASCARA
Hablar de la máscara en este contexto es estar haciendo un recorrido por el itinerario mágico del Jarramplas al mismo tiempo.
Aunque en cualquier ritual de enmascaramiento sea importante la ocultación del portador de la máscara, mucho más importante que el disimulo que la máscara y el disfraz procuran a su portador, suele ser la representación que ésta conlleva de esa otra entidad diferente de quien se oculta tras ellos. La máscara, en efecto, encarna siempre  a otra persona, a un animal, a una deidad, a un espíritu... Por eso, a menudo el objetivo principal de la máscara no es esconder la propia identidad, sino despojarse de ella y asimilar la esencia y la misión del numen representado. El Piornalego que realiza el voto de vestirse de Jarramplas, deja de ser persona con nombre y apellidos para transformarse en Jarramplas con todas sus consecuencias. Y de este modo lo percibe la comunidad de Piornal cuando lo lapida: nadie posiblemente sea capaz de ver, segundos antes de proyectar un nabazo contra la sobrecogedora carantamaula, al mozo concreto que este año se vistió de reo, sino que, una vez que la máscara entra en escena, los lapidadores arreciarán únicamente contra el personaje y no contra la persona...
Los elementos morfológicos de las máscaras son con frecuencia antropomórficos o zoomórficos, aunque, por lo general, representen estas categorías citadas deformadas, bien sea a través de iconografías de seres sobrenaturales, imaginarios y fantásticos, hombres o bestias, bien sea fundiéndolos en una naturaleza híbrida magicoantropozoomórfica, como es el caso del Jarramplas. La máscara se acompaña frecuentemente de un disfraz que recubre todo el cuerpo del portador de ésta y que resalta la personalidad de ésta. (Invocamos aquí de nuevo la nota 2 de E.B.Taylor)
La principal misión de una máscara es la de conjurar las fuerzas del universo. Para ello es necesario primero que el espíritu o los espíritus de la entidad que representa decidan habitarla. Y esto sólo ocurrirá si el individuo que la porta está convencido de su importante rol desde el mismo momento en que se la pone en la cabeza. Por idéntica razón, el portador de la máscara sabe que debe entrar en trance para hacerse receptáculo del numen invocado. Así, a medida que el trance aumente, el carácter de la máscara se hará más patente y su fuerza vital surgirá con más eficacia. Esto lo hemos comprobado muy especialmente algunos años con singulares Jarraplas que, a medida que avanzaba la lapidación, se iban metiendo en el personaje y transformándose y, lejos de comportarse como una humilde víctima, se transformaban en un desafiante avatar al que a toda costa había que hacer sucumbir.
La máscara ritual siempre ha pretendido ser el vehículo de comunicación, además de con las entidades superiores, con el pasado, por lo tanto es una pieza eminentemente religiosa y sagrada y nunca ha representado un motivo jocoso o divertido. Así lo saben los que son de Piornal. Y no de otra forma se podría entender el nexo de unión que los piornalegos consiguen durante estas fechas con todos los miembros de su comunidad y con el tiempo remoto de sus antepasados, a través de la dramatización que les permite el Jarramplas. La máscara logra poner en contacto dos mundos: el actual y el lejano, y, por su mediación, todos los participantes en el rito se comunican con las fuerzas telúricas que representa, y adquieren conciencia de grupo histórico con inmemoriales raíces.
La máscaras suelen tener un significado críptico, no siempre comprensible para todos. A pesar de ello, son respetadas por la comunidad, incluso aunque su aspecto o sus señas de identidad sean los de la iniquidad o la crueldad. Algunas de estas máscaras se concretan en terroríficos animales fantásticos que representan a demonios o a espíritus atroces. Éstas máscaras que personifican seres aterradores suelen ser usadas para mantener un equilibrio de poderes y un orden social dentro de la comunidad. Y no otra cosa hace el Jarramplas con su ceremonial, al intentar estabilizar las fuerzas negativas de un periodo estacional improductivo con las positividades del siguiente, siempre esperado fecundo. Dada su importancia, no es de extrañar que cada vez que estas máscaras entraban en acción lo hicieran rodeadas de un halo de misterio. Solían tener fechas señaladas del año para hacerlo y los pueblos que ponían en práctica estos mecanismos mágicos a través de las máscaras eran, eminentemente, los que habían basado su cultura en la tradición oral casi exclusivamente.
El uso más frecuente de las máscaras ha sido casi siempre el terapéutico: para curar enfermedades, expulsar a demonios de la tribu, ahuyentar malos espíritus o prevenir catástrofes. Las máscaras higiénicas suelen tener ojos desorbitados y desmesuradas bocas, como ocurre con la del Jarramplas, para aterrorizar a los males que pretenden conjurar.
En la confección de las máscaras se emplean elementos propios del grupo humano que las produce. Entre las primeras sociedades agrícolas y pastoriles, las máscaras mágicas se basaban en diseños íntimamente relacionados con el entorno y se empleaban en su elaboración materiales cotidianos: hace ya muchos años, escuchamos en el Piornal, que los colores de la máscara del Jarramplas, antiguamente procedían del blanco de la leche, del negro de las aceitunas maduras y del rojo de la sangre de un animal.
El artificio que lleva el Jarramplas parece, en principio, imitar las formas de un animal. Los cientos de tiras multicolores que cubren su cuerpo pueden asemejarse a lanas, a crines o a plumas. Y la careta, salvando su conicidad, parece evidente que represente la testa de una res, pues lo más llamativo que tiene son unos descomunales cuernos y un enorme rabo.
En una segunda lectura, sin embargo, podemos ver que dicho rabo no sale de entre las nalgas, como cabría esperar, sino de la punta del cucurucho. Que la boca está bestializada hasta la fiereza y la desproporción, con afilados y grotescos dientes. Que los ojos desmesurados ocupan casi la mitad de la careta. Y que, por lo observado en la cambiante decoración que la carantamaula toma cada año, no son infrecuentes las calaveras, los huesos y los esqueletos como ornamentación complementaria.
            El consecuencia, no se puede ver en ella perfectamente ni a un pájaro ni a un carnero ni a un toro ni tampoco a un lobo, por más que lo intentemos. Pero, de igual manera, tampoco es posible ver a un hombre.
            ¿Entonces de qué o de quién se trata?
            Indudablemente se trata de una recreación en la que se funden todos los pavores que el hombre de las sierras de Tormantos llevaba en su cerebro. El Jarramplas es un leviatán terrible, de mirada aterradora y de impresionantes dientes temerosos.
            De la misma manera que cuando en hombre quiso corporeizar a los dioses los cargó con todas las perfecciones que conocía, al representar al mal ancestral esta sociedad primitiva que invento al Jarramplas tuvo que hacerlo con una mezcla de todos los elementos pavorosos que fue capaz de copiar de la naturaleza, magnificándolos.
            Y tuvo que ser obligatoriamente así de espantoso, porque solamente armado con este bagaje quimérico de terrorífica fealdad, podría el Jarramplas, en su acto mágico, conjurar a las fuerzas sobrenaturales y, con su poder coercitivo, lograr vencer a esos enemigos invisibles, asustándolos.
            Pero no podemos olvidar que otra de las funciones que tiene la máscara del Jarramplas es la de obtener, a través de la magia, la fructificación de los campos, por lo que llevará, indudablemente, este mensaje críptico incorporado en los elementos que la adornan. Son signos de fecundidad la cola de caballo, que bien pudiera simplemente ser un remedo del penacho de las mazorcas (con frecuencia la hemos visto de color amarillo), así como la forma cónica de la careta pudiera serlo de la propia mazorca, y son igualmente signos de fecundidad los cuernos y el rabo de tela que el personaje incorpora algunas veces, y, sobre todo, el árbol bordado sobre sus espaldas. También los colores con que va pintada la máscara aluden a su misión fructificadora: el verde evocaría la vegetación, y el rojo y el amarillo aludirían de nuevo a la panoja de maíz24. Como el Jarramplas, existen otras máscaras de aspecto feroz y cuya misión también era la de asegurar la fecundidad en los campos. Muchas de ellas son semejantes en forma, materiales y colorido, y no pocas llevan incorporados en su iconografía también cuernos, rabos, melenas, dientes feroces e idénticas expresiones terribles, tal vez porque, a la hora de incorporar a la careta esa pavorosa fealdad necesaria que ya hemos comentado, echaron mano de los mismos prototipos: la bravura del toro, la fiereza del perro y del lobo, el horror de la sangre... O porque los símbolos germinativos que debían integrar respondían a las mismas necesidades, ya fueran animales: la fecundidad de la cabra, sus cuernos desmesurados, sus largas crines..., o vegetales: la forma encapsulada de la mazorca, su cabellera rubia, sus hojas envolventes, el color amarillo de sus granos...
Son muy parecidas al Jarramplas o tuvieron funciones semejantes: el Botargón de San Blas de Ateca, los Carochos de Sarracín de Aliste y de Abejera, el Demonio de San Antón de Mirambel, el Zangarrón de Montamarta, los Momotxorros de Alsasua, los Motilones de San Sebastián de Fresnedilla de Oliva, la Vinajera, los Zarramacos y el Trapajón de Silio, los Ioaldunak de Iturren y Zubieta, el Tafarrón de Pozuelo de Tábara, los Guirrios, Sidros y Zarramacos de Llamas de la Ribera, las Botargas de Alarilla, de Humanes, de Hoyo de Pinares, de Hinojosa de Jarque, de Zalduondo, de Hita, de Oliva, de Almiruete, los Zanpantzarrak de Lanz, los Plens de Berga, los Diablos del Hito, las Trangas de Bielsa, los Diabletes de Teguise, las Máscaras del Foilión de Buxán, los Carneros de la Frontera, la Obisparra de Riofrío de Aliste, el Guirria de Beleño, los Perros de Santa Ana de Pusa, y, en fin, los Cigarrones, los Zagarrones, los Pixeiros o los Boteiros de Galicia, de León, de Zamora y de Portugal,.. Aquí en Extremadura llevan o llevaron atuendos similares el Taraballo de Navaconcejo, el Palotero de los Negritos de Montehermoso y el Graciosu de Nuñomoral. En Europa nos lo recuerdan los Koukeri de Bulgaria, los Geroi de Grecia, los Narren del Tirol, los Flinsert de Austria o los Perchten germánicos. En Africa nos lo han recordado especialmente: el Krácola del oasis sahariano de Tozeur, en Túnez, con casi idéntica indumentaria que el Jarramplas; los Zangüetos de Benin, con sus trajes de yerbas cubriéndoles todo el cuerpo; los espíritus Dogón de Malí con sus elevadísimas máscaras multicolores; y algunas Gárgolas senegalesas de la fertilidad. Seguro que no son las únicas, pues toda sociedad primitiva agraria se sirvió de ellas para intentar controlar las fuerzas de la naturaleza.
 
8. EL NOMBRE DE JARRAMPLAS
        Aún en muchas zonas de Extremadura la expresión venil jechitu un jarrampras significa estar hecho unos zorros, tener una apariencia destrozada tanto físicamente como en la indumentaria. Además, jarapu y jarapal significan jirones de tela en alguna de sus acepciones. Y por si fuera poco: jarpal equivale a rasgar algo o hacerlo tiras. Por otro lado, en algunos pueblos extremeños, un jarramplu es una pizca, una mínima parte, tal vez por evolución o corrupción de zarrampru o zarramplu. Sin olvidar que una posible deformación del verbo arramplar haya ocasionado jarramplal.
            De las tres opciones nos quedamos con la primera para el aspecto exterior del personaje y, por lo tanto, optamos por aceptar que el Jarramplas fue, en su momento, un concepto conocido no sólo en la Sierra de Tormantos, sino mucho más allá, dejando como rastro la citada expresión por semejanza de lo descrito con lo conservado en la memoria.
La segunda, nada parece tener en común con el personaje.
Y de la tercera, nos gustaría quedarnos con lo siguiente. Es muy posible que al Jarramplas le estuviese permitido en los días previos a su castigo, vivir a expensas de la comunidad que iba a lapidarlo (restos de este comportamiento aún quedan en el recorrido ritual que hace por las casas del pueblo, aceptando comida de los vecinos). Y es posible incluso que gozase de extensos privilegios (como hemos visto que ocurría en otras culturas) y que se le permitiese apoderarse, sin más, de los víveres que le apeteciese durante estas fechas. Sólo así podríamos entender el apelativo de Jarramplas derivado de su actitud y no de su apariencia.
            Este aspecto permisivo no es excepcional: durante las celebraciones precarnavalescas del Antruejo, en la comarca del Valle cacereña, los quintos y mozos tienen la costumbre de entrar en los corrales a robar gallinas o de trepar a las solanas a coger productos puestos a secar. Del mismo modo, hasta hace bien poco, se ha conservado en la Sierra de Gata la costumbre de que los quintos robasen gallos en sus celebraciones invernales. Y en Moraleja aún hemos conocido la tradición, igualmente invernal, por parte de los quintos, de robar gatos para guisarlos25.
9. EL INVIERNO Y LA LUNA
Los ajusticiamientos o castigos de los pharmakos eran procederes prácticos y necesarios (así lo entendieron las comunidades que los llevaron a cabo) para asegurar la felicidad a través de las cosechas. Por ello se podría hablar de momentos o de estaciones más propicias que otras para escenificar este ritual.
Hay un tiempo al que el hombre primitivo debió temerle sobre todas las demás estaciones del año: al invierno. A la desaparición del sol sobre la superficie de la tierra durante tantas horas, a las alimañas amparadas por las prolongadas oscuridades, a las incontrolables inclemencias del tiempo, a la falta de comida, al frío, a las tinieblas...26 Posiblemente le rindió actos de sumisión y reverencia a quien él creía la personificación de todas sus desdichas27.
Fue, sin duda, en esa noche de los tiempos donde debió surgir el primer esbozo del Jarramplas, como talismán contra los espíritus malignos que habitaban las sombras de las crudas invernadas, y como conjuro contra el aislamiento que esta estación acarreaba.
Las largas noches de los inviernos de montaña, pasadas a la luz de la lumbre, seguro que propiciaron tenebrosos relatos en los que el miedo se acrecentaría hasta tal punto que llegaría, incluso, a identificarse el concepto del mal con las tinieblas de la larga noche. (En el puro invierno, el día sólo dura 8 horas, contra las 16 de casi total oscuridad) Fuera de la casa, sólo la luz de la luna, en sus cuartos brillantes y si no había nubes, hacía reconocible las veredas y el terreno.
Por ello es presumible que la luna tuviese un significado misterioso para el hombre primitivo. Sin ella estaban absolutamente perdidos en las noches de invierno. Además, para una sociedad que realizaba la medición de las semanas y de los meses por lunaciones (lo había venido haciendo desde nada menos que 26.000 años), la luna debía poseer incluso un sentido altamente mágico. Tanto es así que a ella terminaría por considerarla ese hombre remoto una deidad poderosa del cómputo del tiempo a la par que la diosa indiscutible del mundo de las sombras. Además, la luna, llegada la medianoche28, según las antiguas culturas, abría las puertas del universo de los seres inconcretos29 y permitía ese invisible pasillo que conectaba el mundo de los vivos con el de los muertos30, por lo que no es de extrañar que enseguida se le atribuyesen terribles poderes. Llamada Hécate o Diana, rápidamente se convirtió en la diosa de los espíritus de ultratumba.
Por el miedo que infundía en la gente, la conjuraron a menudo a través de ritos y amuletos convenientes31, de entre los que las higas fueron los más utilizados. Nos llegaron, desde el remoto tiempo pasado, hechas de metal y grabadas en los dinteles de las casas o en los cipos funerarios. Es de suponer que las hubo de materiales menos resistentes que desaparecieron. Por lo general, estas higas tenían la forma de creciente lunar y servían para exorcizar los perniciosos efectos que causaba el terrible astro de la noche sobre las aguas potables, sobre las recién paridas, sobre los lactantes, sobre las cosechas, sobre las camadas de ganado.... Nos preguntamos si la Iglesia no utilizó al icono de la Inmaculada con el mismo fin preventivo, colocándola sobre una nube y pisando una luna plateada para conjurarla. Y si no ocurriría otro tanto con la serpiente, símbolo igualmente del submundo de las oscuridades, cuya cabeza también aplasta.
Si el Jarramplas nació en una sociedad que, lo mismo que creyó en los poderes fertilizantes de la luna, temió a las advocaciones oscuras de ésta... ¿No cabría la posibilidad de suponerle también un fetiche32 lunar? ¿Por qué ha de llevar inevitablemente cuernos u orejas (puede que los actuales cuernos sean una deformación de las hojas de la mazorca del maíz, otrora más explícitas) su máscara y no la luna insertada en ella, atravesándole el cucurucho? ¿Por qué no podría tratarse del cuerno de la luna33? ¿Y por qué incluso no puede ser dual ese apéndice que ilustra su careta, y ser cuerno animal y creciente lunar al mismo tiempo? Si en la máscara ritual que porta el Jarramplas debían aparecer sintetizados todos los miedos de quienes lo crearon, éstos no dudarían en incorporar los símbolos de la noche, de la luna y del pavoroso mundo de ultratumba.  Y si así lo hicieron, no nos quepa la menor duda de que fue a través del color negro que habitualmente lleva la careta, los esqueletos y calaveras que ocasionalmente la engalanan y, con seguridad, a través de la forma de la luna.
La luna de los miedos y la luna mágica de las fructificaciones.... Pues los hombres que la conjuraron en este rito sabían también que de ella dependían muchos de los misterios incomprensibles de la naturaleza y buena parte de las tareas realizadas en los campos: por ella se regían las ovulaciones de las hembras, crecían las semillas, se realizaba la siembra, se segaba, se castraban los carneros, se talaban los árboles, se arrancaban las plantas medicinales, se trasegaba el vino, se implantaban los tratamientos de los curanderos...
La luna de los miedos, la luna mágica de las fructificaciones y la luna largamente esperada de la primavera, en la que los días vencerían a las noches. Ésta no era otra que la luna vernal (la del 21 de marzo: nos referimos al final de año anterior a la entrada en vigor del calendario juliano, es decir: al actual mes de Febrero. Todavía hoy se cuentan las estaciones desde principio de año: primavera, verano, otoño e invierno), antes de la cual se celebraban todos los exorcismos invernales, con el vivo deseo de ver pronto acabada la estación aciaga e improductiva del invierno.
Hoy, en Piornal, nos darían poderosas razones para que sus antiguos habitantes conjurasen a los espíritus vegetales en esta fecha. En el helador entorno de este pueblo, durante el invierno no fructifica absolutamente nada. En el mes de Enero, lo más que se puede hacer es limpiar los castaños, podar los cerezos y curar la chacina, haciéndole debajo buena lumbre.
No es extraño que se invocase a los númenes agrarios para que de una vez terminase la estación hiemal y llegase pronto el tiempo de la siembra. Por eso, en esta época del año, se conjuraban las tormentas, las plagas de los campos y las plantas, las epidemias de los animales, las pestes de las personas: en no pocas poblaciones extremeñas, las festividades de finales de enero, y principios de febrero: San Antonio Abad, San Sebastián, San Fabián, San Blas..., surgen como agradecimiento a estos santos por haber liberado a sus habitantes de una pandemia... Por igual motivo, se hacían en dichos meses los augurios para el campo y para las cosechas (Aún quedan restos en los refranes actuales:
“Si pol la Candelaria neva o chova ya está l’invierno fora”, “Añu de nievis añu de bienis”, “Pol San Bras la cigüeña verás y si no la vieris mal añu tuvieris”, “En marzu ansoma la caeza el lagartu”, “Golondrina llegá, invelná acabá”, “Diju Marzu: con tres días que me quean y tres que m’empresti abril pondré las tus ovejas a paril” 33A.)
Y era ciertamente antes de la luna vernal cuando se llevaban a cabo los ritos de expulsión de los malos espíritus de los poblados y se ponían en práctica los ritos fructificatorios. Extremadura, por no mirar más lejos, está inundada de estas celebraciones. Contra las oscuridades invernales se hicieron todo tipo de conjuros a través de rituales de fuego (teas, lumbres, tueros, capazos, escobones ardientes, hogueras, velas... 34), y ahí quedan aún, para aseverarlo, las celebraciones purgativas de: las Purificás, las Candelas, las Luminarias, la Velá, la Encamisá... El hombre intentó siempre espantar a los espíritus invernales con ruidos, gritos, cantos, tiros y palos al aire o a la tierra, y aún nos quedan, como recuerdo, los Escopeteros de todos los San Sebastianes y San Blases extremeños, los Negritos, las Carantoñas, las Encamisá, Las Rajas, los Ramajeros... Las sociedades ancestrales pretendieron invocar a la primavera arrojando sobre la tierra, o sobre las botargas agrarias, elementos fructificatorios: nabos, tronchos de hortalizas, patatas, naranjas, ramas, higos, bellotas, arroz, flores, pétalos, ceniza, pellas de nieve, agua..., y hasta harina o dinero..., y ahí están, para que no se nos olvide nunca, el Jarramplas, el Cenizu, el Día del Agua, el Tiznéu, la Procesión de los Empujonis, los Enfariñamientus... 35,36y 37.
Y es que la luna llena del 21 de marzo era el momento más esperado de todo el año por el hombre primitivo, ya que, en ese día, el dios de la luz, por fin, vencía a su gemelo el dios de las tinieblas. A partir de esa fecha, los momentos de luz eran cada vez un poco más largos que los de oscuridad, el dilatado invierno comenzaba a decaer, la nieve a derretirse, la tierra a abrirse a la germinación y los vegetales a llenarse de brotes en sus ramas... En definitiva, la vida se hacía presente de nuevo ante sus ojos.
Para los hombres de hoy, inmersos en un mundo tecnológico y científico, es posible que la luna sólo sea ya un terreno de cercana colonización, pero debió ser, junto con el sol, la primera pareja de deidades a las que el hombre primitivo le tributase pleitesía. Al uno como aliado de la luz y de la fuerza regeneradora. A la otra como divinidad temida de las tinieblas y de los asuntos misteriosos de la naturaleza y sus germinaciones. Nada de extraño tendría que el Jarramplas hubiese recogido e incorporado también esta advocación lunar y que fuera un elemento mágico a través del cual su comunidad hubiese pretendido expulsar al miedo y a las oscuridades de su tierra.
En todo el mundo ocurren comportamientos semejantes, desde las más oscuras tribus africanas, hasta los poblados de indios pawnies o cheroquees norteamericanos, pasando por las etnias más desconocidas de Nueva Zelanda o de Indonesia38.
La expulsión de malos espíritus y de espíritus invernales, por lo tanto, parece ser una constante en los diversos grupos humanos. Con unas características comunes, siempre coincide con la inauguración de un nuevo ciclo vital en el que el hombre debe entrar limpio y renovado. Este nuevo periodo era, obviamente, la primavera. Con la llegada de ella se celebraba la fiesta del año nuevo. Así fue hasta la aparición del calendario juliano que trasladó el comienzo del año al 1 de Enero.
En la mayoría de los casos, el hombre mágico, cubierto por una máscara, era la víctima propiciatoria.
 
10. EPÍLOGOS
Con la lapidación de nabos que sufre el Jarramplas se lleva a cabo una representación de la destrucción del caos que ha supuesto el tiempo de oscuridad invernal y su aparente esterilidad. Con su expulsión se pretende un cambio de jerarquías y de poderes en la naturaleza39. El hombre espera que, a través de su acto mágico, las fuerzas negativas que han logrado paralizar toda germinación, sean remplazadas por la luz, y que la potencia solar aniquile al frío de la noche, así como a la aterradora y larga influencia de la luna. Con ello logrará restablecer el orden de los ciclos estacionales que parecían tardar en ponerse en marcha con el largo invierno. El mundo de las dualidades que el hombre primitivo ha visto siempre tan enfrentado (frío-calor, luz-oscuridad, noche-día, mal-bien, esterilidad-fertilidad) es el que, con el rito del Jarramplas, se pone de manifiesto anualmente, en su más visceral expresión y dramaturgia, con la intención de desequilibrar la balanza hacia lo positivo. Con la expulsión del Jarramplas, representante de todos los fantasmas del hombre primitivo, intentó la comunidad que lo vio nacer que el invierno, el frío, la noche, los espíritus malignos y, en definitiva, el miedo, desaparecieran de su entorno, y que la luz y el bien, inevitablemente, volvieran a instalarse en el poblado. Porque sólo así las fuerzas regeneradoras de la naturaleza podrían de nuevo hacer germinar la tierra y proporcionar bonanza a sus moradores40.
El lanzamiento de vegetales y de nieve sobre un fetiche agrario como es el Jarramplas no confirmaría sino el deseo por parte de sus vecinos de que, por su mediación, la germinación de los campos se diese pronto y que la abundancia colmase sus sembrados.
Pero, además de encarnar a la vejez del año ya caduco y a un espíritu agrario decadente, el Jarramplas, como en los misterios eleusinos de la antigüedad, y continuando un rito multisecular, con este ceremonial del hombre-mágico vejado, ejerce de paso de pharmakos ancestral, propiciando que se redima la comunidad que lo apedrea, librándola de sus cargas negativas anuales, con cada lanzamiento de nabos contra su persona.
Por idéntica maniobra, hoy (que ya no hay inmolación) estamos seguros de que también el hombre que va debajo del disfraz queda eximido de todas sus cargas y pesares.
Porque el Jarramplas es un rito catártico para todos, también para los que lo fotografían, para los que investigan sus raíces y para los que, insaciablemente, leen y escuchan su historia y su leyenda.
 
       
Juan J. Camisón
II CONGRESO DE LA LENGUA EXTREMEÑA, San Pedro de Mérida, 2004
 
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NOTAS A PIE DE PÁGINA:

0 El cristianismo intentó reformar todos los espacios y fenómenos socioculturales que incluían prácticas y creencias de orígenes oscuros o peligrosos para su supervivencia. Es decir, los derivados de las culturas precedentes Celtas, Ibéricas, Egipcias, Griegas, Romanas, Germánicas, Escandinavas, Capadocias, Beréberes, así como todo tipo de manifestaciones rituales locales. Estas últimas parece ser que fueron especialmente reacias y de difícil eliminación, por el arraigo que tenían en sus practicantes. En la eliminación total de ellas fracasó estrepitosamente la nueva religión en no pocas ocasiones, viéndose obligada a asumirlas.
1 De hecho, este fenómeno puede apreciarse hoy perfectamente en los nuevos catecúmenos que la iglesia consigue entre algunas etnias africanas o suramericanas, cuando aceptan la nueva religión sin abandonar la antigua. No pocas veces hemos observado, in situ, cómo estas personas, instantes después de salir de una misa católica, inician un baile ritual, a la misma puerta de la iglesia, siguiendo su primitivo credo animista. Y, sin necesidad de ir tan lejos, en Extremadura, los habitantes de las montañas y el campesinado en general prefieren, aún hoy, confiar en sus antiguas creencias y seguir observando las nubes, los astros, los eclipses, el comportamiento de los pájaros o el estornudo de las bestias para predecir el futuro inmediato, olvidados de avances tecnológicos.
2 Los hombres primitivos raramente trazan una línea de demarcación entre la humanidad y los otros animales como grupo. E. B. Taylor
2A En la Procesión del Corpus de Camuñas (Toledo) baila una botarga a la que se la llama directamente el Pecado.
3 Además, la Pascua no fue colocada por azar en el equinoccio de primavera, sino que, puesto que los mencionados dioses guardaban, entre sus muchos rasgos, el de ser dioses agrarios, esa fecha fue considerada idónea para la resurrección de un dios de la vegetación que había estado muerto o dormido durante todo el invierno. Incluso la escenificación que el cristianismo impuso para el Domingo de Ramos se parecía a los ritos antiguos en honor de Atis en el mes de marzo: en ellos los canóforos (que llevaban cañas en las manos) y los dendróforos (que llevaban ramas de pino) iban abriendo las procesiones en honor del dios. Nada es casual.
4 Entre ellos, Javier Marcos Arévalo : La Fiesta de San Sebastián en Piornal.
5 A finales de Enero y principios de Febrero salen en la provincia de Guadalajara botargas semejantes en: Montarrón (llamada de San Sebastián), Razbona, Fuencemillán, Málaga del Fresno, Arbancón, Peñalver, Albalate, Retiendas, Mohernando.
6 Feliciano Calle Sánchez, uno de los estudiosos más serios del Jarramplas, apunta en un apartado de su trabajo, titulado la vejación pública, cómo estos reos eran emplumados a veces, revestidos con atuendos disciplinares y coronados con mitras, corizas o capirotes, y eran lapidados por los arrapiezos con nabos y hortalizas, camino del castigo. Y cómo, hasta hace poco, en las escuelas españolas se ridiculizaba a los alumnos torpes colocándoles un capirote sobre la cabeza.
7 Juan Manuel Collado Campos: El mito del Lobo Jerteño.
7 Simón Guadalajara Solera: Lo pastoril en la cultura extremeña.
8 El 1 de Febrero se le rendía culto al dios celta Imbolc. Las otras celebraciones celtas importantes eran: el 1 de Mayo: Beltaine, el 1 de Agosto: Lugnasad y el 1 de Noviembre: Samain.
9 José Mª Domínguez Moreno: Fiestas Populares de la Provincia de Cáceres.
10 Más parece que recuerde a otro tipo de rituales que aún perviven en Extremadura, como el Pero Palo de Villanueva de la Vera, el Manolo de Losar de la Vera o el Judas de Cabezuela del Valle.
11  Ese Roi des Fous del mundo de las primeras Universidades. Victor Hugo: Notre Dame de París.
12 El carnaval era un periodo tan largo en la antigüedad que podría decirse que abarcaba desde el mismo solsticio de invierno con sus celebraciones.
13 Saint-Yves d’Alveydre: Mission de l’Inde en Europe.
14 Juan G. Atienza: Santoral diabólico.
15 No es el único: en Galicia hace lo mismo Santiago Matamoros, en Castilla San Millán y en Cataluña San Jorge..
16 Otro posible origen de las Candelas.
16a Feliciano Calle Sánchez.
17 En Marruecos, la mayoría de los moros ricos tienen un jabalí en sus establos para que los jins o espíritus perjudiciales se aparten de los caballos y entren en el jabalí. Cuando un moro tiene dolor de cabeza, golpea a una cabra o a una oveja hasta que la derriba, creyendo así que su dolor de cabeza pasará al animal. En Africa del Sur, cuando ya han fracasado otros remedios ante un enfermo, traen a su presencia una cabra para que sus pecados pasen al animal. Entre los Dinkas, pastores de la región del Nilo Blanco, cada familia posee una vaca sagrada; cuando el país está amenazado por la guerra, el hambre o cualquier otra calamidad pública, los jefes del pueblo requieren a una familia para que les entregue su vaca sagrada a fin de que sirva como víctima expiatoria. (J.G. Frazer: op. cit.)
18 Al inculcar al fiel la noción de un dios sufriente y salvador en el sentido del sacrificio redentor, de la remisión personal, de la devoción mística, los dioses orientales preparaban el terreno en el que crecería el cristianismo (Robert Turcman)
19 Es curioso que en un rito carnavalesco español llamado El día del Obispillo, según Julio Caro Baroja, se azotase a un monaguillo revestido de pontifical no para castigarlo, sino para purificarlo y que pudiera llegar a ser obispo. El mismo Caro Baroja cuenta también cómo, durante el Carnaval de Oviedo, un hombre era paseado por las calles con la cara pintarrajeada y un enorme sombrero, mientras la gente le arrojaba huevos y tronchos de verduras. O cómo en el Carnaval de Laza, en Galicia, un hombre era perseguido siendo objeto de revolcones en el barro o encerronas...(Tomado de Feliciano Calle Sánchez: El Jarramplas).
20 En muchas sociedades, y no precisamente arcaicas, el redoble de tambor ha acompañado no sólo el momento exacto de la ejecución, sino el recorrido del reo hasta el cadalso.
21 Todavía hoy se representa al año que termina como a un hombre decrépito, y al que comienza como a un niño recién nacido. Aún hoy seguimos suponiéndole al año nuevo una fuerza renovada y, acompañados de ella, renovamos votos para comenzar a adelgazar, dejar de fumar, hacer deporte, estudiar, leer...
22 Hemos escuchado y leído que antiguamente no se lapidaba al Jarramplas ni con nabos ni con la virulencia que ahora se hace. Parece ser que en tiempos pasados no necesitó refuerzo en la careta ni bajo el disfraz, pues sólo los niños y jovenzuelos lo perseguían, arrojándole tronchos de verduras, tomates, alguna patata y algún nabo. Pero del mismo modo, también hemos oído que en siglos pasados se le tiraban piedras y trozos de hueso metidos dentro de las pellas de nieve. Poco o nada cambia en la interpretación del mito que haya ocurrido de uno u otro modo. En todo caso explicaría mejor el ritual agrario de fecundidad que personifica el misterioso personaje. Nada nos impide pensar, de igual manera, que muy anteriormente no hubiera sido como lo es ahora y que, debido a alguna fuerte lesión, se abandonara.
23 Los atenienses también mantenían varios seres desgraciados e inútiles, para, llegado el caso, utilizarlos como víctimas expiatorias. Éstos eran conducidos por toda la ciudad con una ristra de higos negros sobre los hombros y luego lapidados en las afueras. Esto ocurría principalmente en el festival de la Targalia, en mayo, pero si ocurrían calamidades en otras épocas del año, también recurrían a este expeditivo método de hacer cargar la responsabilidad de mal avenido sobre la víctima reservada para la ocasión. Entre los griegos de Asia Menor, cuando una de sus ciudades sufría pestes, hambrunas u otras calamidades, elegían a una persona deforme no repugnante para que asumiese sobre sí todos los males que asolaban a los vecinos, la llevaban a un lugar apropiado y, tras darle higos secos, pan de cebada y queso para que comiera, le pegaban con cebollas, ramas de cabrahigo y otros arbustos, hasta que finalmente la quemaban en una pira. (J.G. Frazer: op.cit.) (Es cuando menos curioso que los pharmakos actuales aparezcan también deformados a través de la máscara.)
24 Feliciano Calle Sánchez, en su trabajo del Jarramplas, opina que puede aludir este color al sol fructificador.
25 En Hoyo de Pinares, en Avila, el día de San Sebastián, los mozos entraban en las casas y se llevaban todos los alimentos que pudieran coger. (Feliciano Calle Sánchez: op. cit.)
26 “El trance más serio que hubo de soportar el hombre europeo prehistórico fue el invierno glacial. En la memoria colectiva de aquellos pueblos quedaría asociado el recuerdo de un largo invierno con la imagen de la muerte y la desolación. No resulta extraño que, durante mucho tiempo, se recurriera a todo tipo de ceremonias destinadas a evitar la prolongación del invierno y, en consecuencia, a favorecer el resurgir de la vida.”(Feliciano Calle Sánchez: op. cit.)
27 De hecho, hoy aún, al final de los inviernos árticos, cuando el sol reaparece sobre el horizonte, tras una ausencia de semanas o meses, es siempre el momento elegido por los esquimales para expulsar de todas sus cabañas al maléfico espíritu Tuña. Y en la tierra de Baffin, los demonios son expulsados de los poblados en idéntica fecha. En Perú, aún se siguen expulsando los malos espíritus a comienzo de las estaciones de lluvia. Y en Europa se eligió como día propicio para expulsar a los demonios el último día del duodenario místico de la Epifanía, el 6 de Enero.
28 Y es a medianoche también cuando todo el pueblo de Piornal acompaña al Jarramplas cantando las Alborás por las calles.
29 La existencia de un duende es algo que no es de extrañar, pues en el mundo europeo éstos son considerados también espíritus de la Naturaleza que viven entre árboles y bosques. (Juan Antonio López Cordero: Referencias mágicas en la etnografía de Pegalajar) En Extremadura se conocían con el nombre de aparecidos a los muertos que decidían volver al mundo de los vivos por asuntos pendientes o simplemente a vagar por los caminos. La palabra francesa revenants expresa correctamente este significado.
30 En las mentalidades primitivas la vida y la muerte no aparecían separadas nítidamente, pues se consideraba que el difunto no estaba verdaderamente muerto, y en cualquier momento podía mostrarse. (Juan Antonio López Cordero: op. cit.)
31 Con ensalmos de hechiceros o de veedoras, ramos de árboles a los que se les creía provistos de magias reparadoras colocados dentro de los habitáculos, patas de animales llevadas al cuello como amuletos, aguas milagrosas rociadas sobre los enseres, cenizas preventivas guardadas junto al lecho.
32 En el sentido originario portugués del término: feitiço: hechizo, cosa o asunto mágico.
33 En la Provincia de Guadalajara, en el pueblo de Robledillo de Mohernando, sale una botarga, llamada de los casados, que lleva dibujada sobre su indumentaria también una la luna. Esta botarga es acosada en todo su recorrido por la chiquillería, de la que se defiende con un garrote.
33A Eneru mojáu: güenu pal campu, malu pal ganáu. En eneru, pocu en el senderu. En eneru: estrellas tapás, granizus y pedregás. Quien pasa el mes d’eneru, pasa en añu enteru. Las 5 ya dan con sol el día de San Antón. Añu ruin si lluevi en eneru y nieva en abril. Si yela bien pol eneru, bien lloverá pol jebreru. Pol San Vicenti, labra los nabus de simienti. Pol San Antón de eneru ya entra el sol en los reguerus. En eneru, nievi en el bragueru. Eneru y jebreru pajarerus, malzu nialzu, abril güeveril, mayu pajarracus y pa San Juan vuelan ya. Nubi d’eneru, nievi en jebreru. Eneru jelosu, jebreru nievosu, malzu ventosu, abril lluviosu, mayu pardu y pa San Juan ya craru. Pol San Vicenti, to el agua es simienti. Si putu en eneru, peol es jebreru. Si pol la Candelaria quie neval, el ivielnu está antovia pol llegal. Vaiti jebreru, que ya no te tengu miéu. Pol San Bras, la yelba a metá verás. Jebreru cordereru, malzu cabriteru. Y jebreru ventiochu, si tuviera otrus cuatru no queaba ni perru ni gatu. Si en jebreru no yela, pa malzu lo deja. Pol San Bras tieni el día hora y media más. Si en eneru canta el grillu, en agostu pocu triguillu. La frol d’eneru no ve fruteru. Pol San Matías ya cantan las cutuvías y entra el sol en las umbrías. Cuandu no lluevi en jebreru, ni trigu ni centenu. Mal añu asperu si en jebreru anda en mangas de camisa el jolnaleru. En eneru ni lechi ni corderus. Eneru, güen mes pal carboneru. Quien pidi agua en eneru ni es labraol ni ganaeru...
34 Candelas (Cáceres, Monroy, Santiago del Campo, Talaván), teas (Hernán Pérez, Ribera Oveja), escobones ardientes (Jarandilla de la Vera), lumbres (Torrejoncillo, Herrera del Duque, Badajoz, Cáceres, Holguera, Puebla de Alcocer), hogueras (Azuaga, Castañar de Ibor, Moraleja), tueros (Aldea del Cano), velás (Montehermoso) o capazos (Casas de Millán, Torre de Don Miguel).
35 Las sociedades ancestrales pretendieron invocar a la primavera arrojando sobre la tierra (o sobre las botargas agrarias) elementos fructificatorios: nabos, tronchos de hortalizas, patatas, naranjas, manzanas, ramas, higos, pétalos, flores, bellotas, arroz, ceniza, pellas de nieve, agua..., y hasta harina o dinero..., La cultura indoeuropea ha expulsado de sus poblados a los malos espíritus de miles de maneras, pero primordialmente lanzando imprecaciones u objetos sobre algo o sobre alguien: harina, ceniza (Cenizu de las Hurdes), agua (Cascamorras de Guadix), piedras (Botargón de Ateca), pellas de nieve, ramas, pétalos (procesiones de Semana Santa, Vírgenes...) patatas, tronchos de berzas, de calabazas y de coles (botargas de Guadalajara, Jarramplas), naranjas (carantollas de Zamora), manzanas (Botargón de Anteca) higos, bellotas (procesión de la Concebida de Pegalajar en Jaen), nabos (el Jarramplas de Piornal), manzanas (el Zangarrón de San Sebastián de Sanzoles, en Zamora), arroz (bodas), dinero (procesión de los Empujones de Cañaveral) y posteriormente tiros. Lanzando tiros al aire para que los espíritus, los duendes, los aparecidos y las brujas se marcharan de los lugares que se pretendían purificar con tales manifestaciones. Hoy se siguen tirando tiros al aire los días de San Antón, de San Sebastián y de San Blas en muchos pueblos de Extremadura: Acehúche, Portezuelo, Hernán Pérez, Cilleros –la lista es larga– en un rito multisecular que aúna culturas y aptitudes.
,36 A parte del Jarramplas, y quizás como rito clarísimo de expulsión de malos espíritus, es muy explícito el que llevan a cabo los Ramarejos y el Gracioso de Nuñomoral, la víspera de San Blas: estos personajes, que durante las celebraciones visten con pieles y mitras obispales, recorren no sólo este pueblo, sino las aldeas colindantes y van recogiendo patatas, castañas, aceitunas y chacina por las casas del vecindario, mientras tocan sonajas, panderetas y castañuelas, y les desean a los aldeanos prosperidad para sus tierras y ganados.
37 En Zamarramala, en Zamora, el 4 de Febrero, festividad de Santa Águeda, también ocurre otra costumbre purificatoria sorprendente: las mujeres exorcizan al invierno quemando a un pelele (el Manolo) que lo representa, en un simbolismo altamente ilustrativo: el fuego sería el sol, ellas la fecundidad y el pelele el frío invernal.
38 Dos tribus de indios, los Iroqueses y los Hurones, en Enero o Febrero, la fecha variaba, celebraban la fiesta de expulsión de los malos espíritus: para ello varios hombres se vestían con pieles de animales salvajes, se cubrían la cara con máscaras horrorosas y, llevando en la mano un carapacho de tortuga, iban de choza en choza haciendo un ruido ensordecedor. De ese modo les quitaban a las gentes sus males y pesadumbres. En algunos pueblos el Noreste de la India hay un festival anual de expulsión de los demonios. En una procesión, los habitantes de las ciudades, empuñando palos como si ojeasen una pieza de caza, van cantando a gritos para expulsar al demonio de sus dominios. (Aquí también hay procesión y cantos como en el Jarramplas.) Algunas tribus aborígenes de China, como protección contra la peste, eligen a un hombre corpulento para que haga de víctima propiciatoria. Una vez embadurnada su cara con pintura, éste ejecuta cabriolas grotescas con el fin de atraerse todas las pestilencias y nocividades. Cuando sus convecinos creen que han entrado todas en él, lo expulsan del poblado.(J.G.Frazer: op. cit.)
39 Javier Marcos Arévalo: Roles, funciones y significados de los animales en los ritos festivos (en Revista de Estudios Extremeños.
40 En todos estos rituales coercitivos, los que llevaban a cabo los rituales agrarios fructificatorios acudían igualmente al sonido, por lo general estruendoso, para despertar a las fuerzas de la naturaleza y obligarlas a reaccionar. Lo mismo que el Jarramplas toca el tambor constantemente o que sus acompañantes no cesan de cantar, cientos de personajes mágicos que tienen idéntica misión tocan tambores, panderetas, castañuelas, cencerros, tapaderas o simplemente cantan o gritan ellos o sus acompañantes para propiciar la magia.
 
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