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- LIBRO.
ENSAYO.,. EN CASTELLANO.
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2005. (54 pgs.) (5 euros)
- Distribuidor oficial: LIBRERÍA BOXOYO.
- Plaza del Conde de Canilleros
s/n, Cáceres.
- Tlno.:927-627286
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- REFLEXIONES
SOBRE EL JARRAMPLAS
- DEL
PIORNAL
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- JUAN
J. CAMISÓN
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- El
presente trabajo es un estudio sobre los posibles mitos y ceremoniales antiguos
que pudieran haber originado el actual ritual que lleva a cabo el Jarramplas de
Piornal de Cáceres, una espectacular carantolla sobrecogedora que aparece en el
citado pueblecito cacereño el día 20 de Enero, con motivo de la festividad de
San Sebastián. Así mismo, en este ensayo, se tratan otras festividades
semejantes o cercanas al Jarramplas, y cuyas conexiones con él parezcan
evidentes.
- The
present essay is a study about the possible old myths and ceremonials that may
have originated the actual ritual that every year performs the Jarramplas of
Piornal, in Cáceres, one astonishing and dramatic motley which appears in the
so-called small town in January, the twentieth, on the occasion of Saint
Sebastian’s festivity. This essay concerns, as well, many others similar or
approaching rites to the Jarramplas, and whose connections with him may seem
evident.
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ÍNDICE
- 1.
ANTIGUOS RITOS Y CRISTIANISMO
- 2.
LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA
- 3.
EL JARRAMPLAS. SU DRAMATIZACIÓN
- 4.
LAS TEORÍAS
- 5.
CRIOBOLIAS Y TAUROBOLIAS
- 6.
EL PHARMAKOS
- 7.
LA MÁSCARA
- 8.
EL NOMBRE DE JARRAMPLAS
- 9.
EL INVIERNO Y LA LUNA
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10. EPÍLOGOS
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- 1.
ANTIGUOS RITOS Y CRISTIANISMO
-
El cristianismo, durante la etapa embrionaria en que fue una religión
minoritaria y marginal, es decir del siglo I al III, no sufrió contaminación
alguna de elementos paganos, pero a partir del siglo IV, en que fue convertida
por obra y gracia del Emperador Constantino en religio
oficial del Imperio, los elementos paganos de las preexistentes religiones
entraron a formar parte de todos sus ceremoniales irremediablemente. Sólo
partiendo de esta premisa se podrá entender este ensayo.
- Debió
ser, sin duda, en los medios rurales, cuyas comunidades las componían
mayormente ágrafos e iletrados (los rustici),
donde se mantendrían más fuertemente arraigados los antiguos elementos paganos
bajo un manto de aparente aceptación del cristianismo. Y hasta tal punto que
incluso hoy en día aún sobresalen muchos de ellos por encima de del dogma
impuesto antiguamente por los clerici
letrati. Ello demuestra que ciertas
prácticas religiosas locales arcaicas sobrevivieron mucho más allá de la
ortodoxia escrita. Tal debió ser su fuerza.
- Hoy
son perfectamente reconocibles, ya que la vía y el método por los que se han
perpetuado fueron bien distintos a los de los ritos cristianos.
- En
efecto, a diferencia del cristianismo, los ritos paganos se transmitieron a través
de tradiciones oralistas y gestualistas, propias de sociedades agrarias y
pastoriles que no eran capaces de difundir de otro modo porque no sabían
escribir. Los ceremoniales que nos han llegado, muy a pesar de los retratos
deformantes o ridículos que los clérigos consiguieron hacer de ellos, nos
hablan, sin embargo, de las actitudes impresionantes que los hombres primitivos
mantuvieron para con el universo que les rodeaba.
- Como
es de suponer, no todos los ritos paganos corrieron idéntica fortuna. Unos
tuvieron la suerte de pervivir (casi siempre en las entrañas del cristianismo,
hay que reconocerlo) hasta la actualidad, pero otros fueron anatemizados y
eliminados de raíz. Esto ocurrió así porque en cada lugar en donde se implantó
la nueva religión, había unas condiciones muy particulares. Cuando el
cristianismo logró imponerse sobre el mundo romano, lo hizo evidentemente sobre
un imperio totalmente dispar: se trataba de un vasto territorio que llegaba
desde Constantinopla hasta la Península Ibérica y desde Escocia hasta Libia,
donde había escalones culturales tan dispares como la Roma próspera y la
salvaje Mauritania de las tribus beréberes, y que abarcaba diferentes cortes
lingüísticos de procedencias bien diversas. Pero sobre todo lo hizo sobre un
imperio con tales diversidades religiosas, con tantísimos cultos y dioses que
ni siquiera el anterior sincretismo romano había sido capaz de suprimir.
-
Pretender por lo tanto que ahora lo hiciera la nueva religión cristiana,
era una meta poco menos que imposible. Lo lógico era suponer que muchísimos
cultos y prácticas paganas anteriores habrían de mantenerse vivos.
- Sería
un error hablar de formas puras de paganismo o cristianismo a partir del siglo
IV, ya que ambas categorías se contaminaron indistintamente.
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Debemos, por lo tanto, presuponer una religio
oficial, ya fuese la romana o posteriormente el cristianismo, coexistiendo en
todo momento con múltiples religiosidades locales. Sobre todo en los ámbitos
rurales, que sería donde con más persistencia se seguirían llevando a cabo prácticas
y creencias relacionadas con los bosques y los árboles sagrados, los animales
totémicos, las fuentes, los estanques, los ríos, las piedras, las
encrucijadas...., ídolos todos ellos heredados de sus antepasados y en quienes
seguramente siguieron confiando los campesinos más allá de la nueva fe que se
les imponía.
Y con tal fuerza que nos lograron transmitir sus ceremoniales hasta la
actualidad, arrebujados, como pudieron, en medio de las prácticas cristianas a
las que fueron obligados.
-
Es
de suponer, por consiguiente, que las divinidades a las que les tuviesen más
apego los primeros hombres de estas alejadas tierras extremeñas fuesen
precisamente las agrestes y las concernientes a las deificaciones de elementos
de la naturaleza. Y que, por lo tanto, los clérigos reaccionaran contra ellas
(al igual que con las que permitían una sexualidad explícita) anatemizándolas,
como hicieron en el resto del Imperio, con sus sermones, penitenciales y
actuaciones. Sin duda estos enviados de la Iglesia harían todos los esfuerzos
posibles por eliminar o pautar los gestos, las actitudes y los comportamientos
de unos hombres que no sentían ni se expresaban, en absoluto, de acuerdo a como
el canon romano ordenaba, más que nada porque estos seres alejados en el
espacio y en la concepción del acto religioso se expresaban, como correspondía
a las sociedades que habían transmitido su cultura desde la oralidad, con
manifestaciones ruidosas de cantos, danzas y actitudes aparentemente
heterodoxas, cuando no obscenas, crueles, inconvenientes o simplemente
incomprensibles, a los ojos de sus censores. Por lo que los clerici
letrati llegarían directamente a prohibirlas, muchas veces suponiéndolas
herederas de poderes oscuros o diabólicos. En alguna ocasión, incluso, no nos
cuesta nada suponer que las escarnecieran y vejaran en actos públicos.
- Especialmente
expurgados fueron todos los acontecimientos festivos de los meses de
Enero y Febrero, donde los hombres, enmascarándose de animales,
celebraban sus ritos purificatorios del año nuevo, ya que la Iglesia no vio en
estos rituales sino actos demoníacos.
(En el concilio de Braga, 572, se prohíben expresamente todos los cultos
paganos)
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Pero,
por encima de la vocación homogeneizadora del cristianismo, éste se topó a
menudo con grupos de resistencia. En ellos estaban, con seguridad, instaladas
unas tradiciones y unos ritos primitivos paganos de tal raigambre que habrían
de perdurar en el tiempo mucho más allá de todas las religiones oficiales que
intentasen absorberlos. Y es que muchos paganos convertidos, e incluso
bautizados, lo hicieron frecuentemente sólo desde la superficialidad, pero
siguieron manteniendo vivas sus antiguas tradiciones.
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Por eso, sabedores los clérigos del poderoso atractivo de los rituales
ancestrales para con sus practicantes, no tuvieron más remedio muchas veces que
asimilarlos, ante la perspectiva de verse abandonados por un determinado grupo
de fieles. De este modo, la actuación
de los eclesiásticos terminó frecuentemente por deformar no sólo a los ritos
paganos que el cristianismo absorbió, sino también al propio dogma cristiano,
al intentar casar a ambos, creándose las situaciones que diariamente observamos
en los ceremoniales actuales de la Iglesia, donde un rito pagano y otro
cristiano perviven juntos incomprensiblemente.
-
Así, la actitud clerical se concentró con el paso de los siglos –no
le quedó otro remedio, visto a lo que diariamente se enfrentaba en cada pequeño
punto del Imperio Romano– en la elaboración de un alucinante calendario
festivo, en el que adaptó los mitos locales preexistentes a su llegada a la
nueva norma y los sacralizó, cuando no fue capaz de eliminarlos y no tuvo más
remedio que integrarlos.
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En ese camino alucinante cristianizó los cultos de veneración que los
paganos tributaban a los montes sagrados, a las fuentes, estanques y ríos
taumatúrgicos, los rituales de siembra y de recolección, los festivales del
Agua, del Fuego, de la Luz, de los dioses Manes, los del Carrus Navalis, las
Saturnalias, las Lupercalias, los espacios sacros (bosques, encrucijadas,
cementerios...) y, en definitiva, todo lo que no era estrictamente canon y
ortodoxia.
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En la mayoría de estos festivales, el hombre se integraba con la
naturaleza y con sus dioses a través de una comunión intensa con ella,
utilizando unas veces el sacrificio propiciatorio, otras la magia simpatética y
otras el travestismo ritual. A través de estas fórmulas, los hombres, casi
siempre disfrazados, intercambiaban roles sociales, entraban en éxtasis orgiásticos
o propiciaban ritos de fecundidad. Como vehículo para ello contaban a menudo
con las máscaras, con la transformación que éstas les proporcionaban en
animales mágicos (especialmente bóvidos y óvidos) y con su capacidad para
asumir la esencia de sus dioses. Así, mimetizados en Dionisos, Silvano, Pan,
Luperco o cualquiera de las divinidades generadoras de la fecundidad y vida de
los campos (casi siempre con cuernos) y a través de la danza, la música, la
bebida y la comida ritual, estos hombres primitivos contactaban con los espíritus
de la naturaleza a los que necesitaban conjurar para asegurarse su protección.
- Evidentemente,
muchos de estos ritos atentaban descaradamente contra el dogma cristiano. En
ellos no eran pocos los personajes que, a veces incluso, siguiendo sus
ancestrales costumbres, hasta entraban en los templos (como lo habían hecho en
sus antiguos santuarios) bebiendo vino o ébrios completamente, cantando,
bailando o llevando a cabo explícitas manifestaciones de sexualidad sagrada
(como el hieros gamos), que sin
embargo aparecían como meros actos lascivos
ante los ojos atónitos de los celebrantes. (En Nuñomoral, en las Hurdes, los
Ramajeros que salen con San Blas llegan hoy a amenazar al celebrante con porras,
mientras llevan a cabo su baile ritual, acompañados de castañuelas y
cencerros, a la puerta de la iglesia. Las Carantoñas de Achuche, durante la
procesión de San Sebastián, hacen amago de intimidar a la gente aún
actualmente con sus gestos. Los Carochos de Sarracín de Aliste a veces cargan
contra la propia Iglesia. En muchas celebraciones del Corpus, en España,
algunos de los Diablos que acompañan al Santísimo suelen hacer cachiporras con
los materiales vegetales que encuentran a su paso, posiblemente como recuerdo de
antiguos comportamientos en los que atacarían a quienes les impidiesen llevar a
cabo sus rituales.) El cristianismo, al asimilarlos e incorporarlos dentro de
sus ceremoniales, lo hizo desde sus presupuestos morales, y convirtió a los
miles de espíritus agrarios, pecuarios o invernales, en una caterva de demonios
danzantes en medio de sus procesiones, las más de las veces sometidos al poder
divino. Eso al menos es lo que parecen ser actualmente tanto las Carantoñas de
Acehúche, como los Negritos de Montehermoso, el Boo de Pasaron de la Vera, los
Diablucos de Helechosa de los Montes, los Cofrades del Corpus de Peñalsordo, el
Jarramplas de Piornal y todo ese largo etcétera que aún aparece en medio de
muchas de las procesiones extremeñas.
- Efectivamente,
la iglesia no supo ni quiso comprender a estos personajes agrestes, y los
equiparó al mal.
Y, puesto que el mal y el demonio para ella eran lo mismo, al demonio acabó por
asimilar estas máscaras rituales cornudas, desdibujándolas la mayoría de las
veces de sus roles originarios y convirtiéndolas en meros diablos con cuernos,
rabo y patas de cabra.
- Pero
las máscaras no llevaban implícito el concepto del mal. Habían servido
simplemente para asimilar hombres y bestias, u hombres y dioses en un intento de
comunión del mundo agrario con el de sus númenes protectores. La iglesia
descontextualizó todos estos elementos y convirtió a los símbolos de
fecundidad o de exaltación de la naturaleza en pobres fantoches detrás o
delante de un santo. (Los Diabrillus
hurdanos, aunque no vayan en ninguna procesión, siguen llevando hoy en sus
manos horcas y liendros en recuerdo de su antiguo rol agrario. Y mucho nos
tememos que los Incensarios de Loja,
en Granada, y todos los penitentes de Semana Santa, tocados con cucuruchos como
el Jarramplas, hayan tenido su origen también en máscaras agrarias anteriores
al cristianismo, pero el tiempo los ha desdibujado.)
- Sin
embargo, para el buen observador, nadie podrá borrarles a todas estas botargas,
venidas desde la noche de los tiempos, su antiquísimo rol catártico y
germinativo.
-
-
- 2.
LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA
- De
todas maneras, el cristianismo también tuvo que claudicar y tragar ruedas de
molino en el proceso de vampirización de los ritos ajenos, y muchas veces el
pacto a que se vio obligado a la hora de su triunfo con sus religiones rivales
vencidas (pero nunca arrinconadas), lo hizo bien a regañadientes, de manera que
donde hubo un fuerte rito que no fue capaz de hacer desaparecer, tuvo que
disimularlo lo mejor que pudo, con santos a veces impensables, heterodoxos, crípticos
o, en el peor de los casos, inexistentes. Ejemplos los hay a millares. Y están
repartidos por todo el martirologio romano y sus extrañas celebraciones. Basten
como ejemplo unos cuantos:
- San
Serapio tal vez oculte en su nombre al dios egipcio Apis. Isidoros e Isidoras a
la diosa Isis. Santa Ana está tapando los cultos que se tributaban a Ceres y su
hija Proserpina, diosas de las cosechas. Los Santos Justo y Pastor son sin duda
una transposición de los dioses romanos Cástor y Pólux. San Antón, que tuvo
que bajar al infierno a buscar a su cerdito y de paso se trajo el fuego que había
desaparecido de la tierra, es una transposición del antiguo mito de Prometeo.
San Sebastián oculta las celebraciones en honor del dios guerrero celta Thor y
del romano no menos beligerante Marte. Las fiestas de Santa Lucía, a la que la
religión cristiana retrata sin ojos, suplantaron a las de la deidad pagana
Lusina, diosa de la luz. Santa Catalina, representada con la rueda del
conocimiento (a pesar de que la Iglesia siga empeñada en hacérnosla ver con la
rueda de su martirio) suplantó a la Gran Madre Diosa de la Sabiduría, venerada
en todo el Mediterráneo. Las iconografías de Santiago, San Millán y San Jorge
fueron, sin lugar a dudas, otras tantas disimulaciones de dioses guerreros
anteriores, cada uno en su comunidad respectiva: Galicia, Castilla y Cataluña.
San Cosme y San Damián ocultan detrás de sus galenismos a los Dióscuros. San
Pantaleón a Hermes Trimegisto. San Lorenzo a una antigua divinidad solar. San
Jorge a la pagana fiesta de la Pilia. Las carreras de caballos de todos los San
Blases son el recuerdo de las celebraciones de la Equiria en honor del dios
Marte. Las innumerables celebraciones marianas del mes de abril están ocultando
otras tantas festividades agrarias de la diosa Deimeter (por confusión
provocada ex profeso con Dei Mater). San Juan sustituyó a la fiesta gentilicia
del agua en el solsticio de verano. La Asunción de la Virgen a la festividad de
la diosa Diana. La celebración de Todos los Santos fue instaurada en lugar de
la fiesta gentilicia de los dioses Manes. La Natividad de Cristo fue fijada en
el solsticio hiemal para borrar el rastro de las fiestas que celebraban el
nacimiento del sol, o los ritos de origen egipcio y persa que tenían lugar el
25 de Diciembre con motivo del nacimiento de sus respectivos dioses Osiris y
Mithra. La Pascua sustituyó a las celebraciones del martirio y la muerte de
Mithra, de Dionisos y de Adonis, pero sobre todo la de Atis, ese dios frígio al
que Roma veneraba el 24 y el 25 de Marzo.
Sobre los ritos con que se agasajaba a la diosa Astarté, Virgen de la Luz de
todo el Mediterráneo, en que sus devotos encendían luminarias por todas las
calles y gritaban: la Virgen ha parido,
la luz está aumentando, colocó el cristianismo la festividad de las
Candelas (La festividad cristiana de la Purificación de la Virgen no fue
institucionalizada hasta el siglo X). Se cree que las vírgenes negras taparon a
antiguos cultos de la diosa Isis y a su hijo Horus. Y parece ser que todas esas
Vírgenes que llevan un fruto en una de sus manos y a un niño dios sentado
sobre su halda, ocultaron otras tantas advocaciones de la diosa Nana, madre del
dios Adonis, virgen que quedo preñada sin contacto humano, y sólo porque un
dios puso una semilla de fruto en su regazo. Sería cuando menos curioso
realizar un estudio de las advocaciones de la Virgen María. Seguro que se
descubrían cosas tan sabrosas como que debajo del nombre de Ntra. Sra. de la
Valvanera este escondido el de Val
Veneris (Valle de Venus)...
- Cabría
preguntarse: ¿Qué adoran los cristianos en sus santos? ¿A quién se
reverencia hoy oculto tras muchos de los rituales que el cristianismo ha
enmascarado? ¿Qué hay detrás de Las Rajas de Galisteo, del Corpus de Peñalsordo,
de los Danzantes de la Virgen de la Salud de Fregenal, de los Diablucos de
Helechosa de los Montes, de La Procesión de los Escobazos de Jarandilla de la
Vera, de los Danzantes de San Antón de Peloche, de la Encamisá de
Torrejoncillo y de la de Navalvillar de Pelas?
- ¿Qué
hay detrás del Jarramplas de Piornal?
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- 3.
EL JARRAMPLAS: SU DRAMATIZACIÓN
- Posiblemente,
de entre todos los personajes que la Iglesia no fue capaz de digerir en su titánico
esfuerzo sincrético, se encuentre el Jarramplas de Piornal, este personaje
doblemente pagano (en primer lugar por no-cristiano y en segundo lugar por
agrario [de pagus].) de tremenda fuerza representativa.
- Enigmático
y de connotaciones altamente fetichistas, el Jarramplas surge de un oscuro
pasado remoto y se planta en el siglo XXI aún lleno de misterio.
- Como
un terrorífico bucráneo antropozoomórfico de mágicas connotaciones, el
Jarramplas aparece en las fiestas de San Sebastián, zigzagueando entre las
celebraciones con que los piornalegos agasajan al Santo, sin ninguna conexión
aparente con dichos ritos. De tales dimensiones debió ser su significado en la
antigüedad que, actualmente, ni siquiera el santo narbonés asaeteado parece
hacerle sombra.
- En
efecto, para cualquier observador externo a la devoción con que los piornalegos
siguen la festividad de su santo, y más allá de los agasajos religiosos que la
iglesia tributa al famoso mártir, asoman por debajo de las sayas eclesiales
ortodoxas, los bigotes y los cuernos de un rito pagano venido hasta la
actualidad desde la noche de los tiempos.
- Para
quien no haya tenido el privilegio de verlo, describimos sucintamente, su
curioso atuendo y su dramatización.
- Viste
blusa y pantalón de tela blanca, de los que penden por doquier, forrando ambas
prendas por completo, tiras de colores de unos diez centímetros de largo y dos
de ancho, que los piornalegos llaman pingos,
y que le dan un aspecto de carantolla, cuando no de personaje mágico arrancado
de algún rito centroafricano. Lleva cubierta la cabeza por una espectacular máscara
de casi un metro de alto, compuesta por un cono enorme de cartón sobre el que
se han pintado (en rojo, amarillo y negro primordialmente) unos desmesurados
ojos y una temerosa boca que muestra sus dientes afilados. Lleva pegada una
nariz enorme y excepcionalmente puede incorporar incluso unas barbas de chivo.
Dicha máscara se ve completada por un par de cuernos descomunales y muy
curvados que, naciendo en su centro, casi llegan a tocar el vértice del
capirote, al que remata, espectacularmente, una copiosa cola de toro, de zorro o
de caballo que cae por detrás, todo a lo largo de la carantamaula. El
Jarramplas lleva además guantes, y unos correajes donde sujeta un tambor que
suele ir tocando con dos baquetas. Sobre su espalda, a veces, añade cosida una
cruz de tela roja (símbolo inequívoco de la sacralización del personaje), en
sustitución del arbolito que llevó pintado antiguamente. Es frecuente que un
rabo de tela, colgando por detrás de la cintura, entre las nalgas, complete su
apariencia.
- El
Jarramplas, a parte de los momentos puntuales en que acompaña a San Sebastián
(bajá del santo, procesión, pujas, misa
y rosario), pasa buena parte de los dos días de la fiesta entre agasajos:
hace cinco recorridos petitorios por
las casas y por los bares del pueblo donde le dan dinero, chacina, perronillas,
roscas, tirabuzones, vino, aguardiente... Es invitado a comer en varias
ocasiones a casa de los mayordomos, así como a un ágape (las
migas), en el que participa todo el pueblo, donde se sirven migas,
embutidos, queso, bebidas, licores, e incluso recibe obsequios especiales de
chacina por parte de los mayordomos (el
lomo).
- Igualmente
podría decirse que, en casi todas sus apariciones, el canto coral le acompaña,
bien sea por parte de toda la comunidad, bien por parte de las mozas, bien por
parte de los quintos: así le ocurre tres veces en la víspera (bajá
del santo, regocijo y alborás...)
y cuatro veces el día de la fiesta (regocijo,
procesión, misa y rosario). Es también
usual que la gente le de ánimos, acompañando la frase con alguna palmada sobre
el hombro.
- Y,
evidentemente, es lapidado con nabos, con tronchos de verduras o con pellas de
nieve en toda ocasión que se desplaza por las calles del pueblo con la máscara
puesta sobre sus hombros: esto ocurre cinco veces. Pero la más importante de
todas es la que tiene lugar el día 20, a las 12 de la mañana aproximadamente.
Y esa es la que vamos a describir:
- Antes
ha asistido a la procesión del Santo (caminando de espaldas y tocando el
tambor, como lo hizo en las alborás
de la víspera) y a misa.
- A
la hora referida, tocado con la máscara y haciendo repicar briosamente sus
baquetas sobre la piel de perro del tambor, el Jarramplas sale de la iglesia
dispuesto a recorrer las calles del lugar y a recibir una impresionante lapidación
de nabos, o de pellas de nieve si la hubiere, de todos los piornalegos y
forasteros que quieran unirse a este ritual. Para ello, algunos habitantes del
pueblo han traído, en el transcurso de la misa, tractoradas de estas crucíferas
que han ido vaciando en las confluencias de las calles más importantes.
- La
ejecución se lleva a cabo casi en silencio... Se escuchan sólo los volantazos
de los nabos silbando por el aire, los impactos de éstos contra el cuerpo del
Jarramplas o contra las protecciones de las ventanas de las casas, que para la
ocasión han sido forradas con tablones, cartones o chapas metálicas. Se
percibe también el murmullo de los lapidadores, sus rápidos pasos, las
corribandas de una punta a la otra por las calles de cientos de personas
agolpadas, los resbalones en el suelo, el aliento contenido... Y el ronco
retumbar del parcheo sobre el tambor con que acompaña su lenta marcha el
Jarramplas... Entretanto, cientos de nabos vienen furiosamente a estrellarse
contra su máscara, sus brazos, sus piernas, sus espaldas..., hasta que éste
decide ponerle fin, tras aproximadamente dos horas, refugiándose en alguna
casa. A pesar de que, para poder soportar mejor el severo castigo, lleve bajo su
disfraz una suerte de armazón hecho de malla metálica y de rellenos de guata,
cuando se quite el traje, su cuerpo aparecerá tumefacto, lleno de traumatismos,
de contusiones y de heridas...
- ¡Todo
un espectáculo que estremece y acongoja al que por primera vez lo presencia!
-
- 4.
LAS TEORÍAS
-
Las interpretaciones del Jarramplas han sido muchas y diversas.
- Entre
las más curiosas están los intentos de recristianizarlo (si se puede emplear
este término). Para ello no se han tenido escrúpulos a la hora de presentarlo
como un fiel creyente al que los judíos ajusticiaron en una sórdida venganza,
allá por la edad media, o incluso de convertirlo en un cristiano renegado que,
en una época indeterminada de la invasión musulmana, se pasó al otro bando y
fue castigado por felón. Los propios piornalegos hablan de la condición
de Jarramplas como un voto de penitencia hecho a San Sebastián en
reconocimiento de los favores recibidos por el santo o de las gracias esperadas
de él. Alguna vez incluso hemos escuchado que el Jarramplas era un ladrón de
ganado ajusticiado por el pueblo.
-
Es evidente que, a parte de estas teorías populares, existen otras hipótesis
más serias:
-
Algunos
quieren ver en el Jarramplas una botarga carnavalesca, tal vez observando que en
la zona perviven otras botargas semejantes: la Carantolla que aparece en las
Rajas de Galisteo, el Taraballo de Navaconcejo, el Palotero de los Negritos de
Montehermoso o de las Danzas del Guiador de Santibáñez el Bajo, el Graciosu de
Nuñomoral... O, un poco más lejos, los Zangarrones, Cigarrones, Zafarrones,
Botargas y Camuñas de Zamora, de León, de Galicia, de Portugal, de
Guadalajara...
- Hay
quien opina que era un reo de la Inquisición, quizás basándose en el cruel
castigo que recibe. En efecto, en épocas inquisitoriales, muchos de los
condenados llevaban, camino del suplicio, un capirote en la cabeza y cruces
pintadas en los hábitos, por lo general blancos.
Puede que alguna contaminación haya habido de este trasunto en su decurso. Pero
es bastante extraño e infrecuente que el pueblo se prestase a perseverar, a
través de una teatralización callejera, un ajusticiamiento que no conllevase
comicidad carnavalesca, como es el caso.
-
No son pocas las personas .que parecen decantarse por la mitología y
convierten a la escenificación del Jarramplas en subsidiaria del castigo
sufrido por el ladrón de ganados, Caco, hijo de Vulcano, por parte de Hércules.
La leyenda cuenta que el gigante Caco era mitad hombre y mitad sátiro, y que
vivía en un caverna llena de los esqueletos de los hombres que había calcinado
con el fuego que lanzaba por su boca. Y que fue matado por Hércules por haberle
robado alguna de las vacas del rebaño que él, a su vez, le había robado a
Gerión... (Nos parece que, salvando todas las distancias, tiene muchas más
similitudes con el mito de la Serrana de la Vera. Además la historia de un ladrón
que roba a otro ladrón no parece ser, en absoluto, la escenificada por el
Jarramplas. Pero el trasunto ha tenido aceptación y se ha extendido con notable
éxito.)
-
Otros
creen reconocer en el misterioso personaje una reencarnación del lobo, basándose
en los asentamientos ganaderos que debieron darse hace siglos en los montes de
Piornal y en las constantes pérdidas que experimentarían (es de suponer) en la
cabaña ganadera sus moradores, por causa de estos cánidos. Los que así
opinan, justifican el rito con el castigo que los ganaderos deseaban propinar a
su atávico enemigo. Y pudiera ser acertada esta teoría, pues muchos pueblos
primitivos buscaban, a través de rituales simpatéticos, que la naturaleza les
imitara y llevase a cabo realmente lo mismo que ellos ejecutaban para
provocarla: en este caso que eliminase a los depredadores. Este mismo tipo de
exorcismo mágico se daba, aunque en otra categoría, en Hernán Pérez, para
conjurar al sol y espantar las oscuridades invernales, la víspera de San
Sebastián, cuando salía por las calles del pueblo, ya de noche, el Hombre de
la Anguarina con una vara de tres metros, en cuyo extremo iba pinchada una bola
de estopa embebida en productos inflamables, convertida en un fulgor ardiente,
mientras escopeteros apostados aquí y allá disparaban tiros a las oscuridades.
O en el Capazo de Torre de Don Miguel, donde, a través del lanzamiento por el
aire de esteras ardiendo, se pretendía recordarle al sol que no se ocultase por
más tiempo durante el oscuro invierno y reprodujese esa órbita suya cotidiana
que las esteras le mostraban por si se le había olvidado.
-
Y, evidentemente, no falta quien cree atisbar en el Jarramplas el remedo
de alguna víctima propiciatoria, procedente de rituales americanos
precolombinos, trasvasada desde aquellas lejanas tierras gracias al poderoso
impacto que su visión debió producir en los conquistadores españoles. Pero es
cuando menos poco verosímil que, aquí, en España, se perpetuase un ritual de
homicidio sagrado semejante al mesoamericano, vista la campaña demoledora
llevada a cabo por los conquistadores, que presentaron tanto a aztecas como a
mayas o a incas como auténticos salvajes que practicaban asesinatos. La mala
prensa del sacrificio humano precolombino no favorecería la expansión de
tales culturas, y mucho menos su imitación. Además, los textos que nos han
llegado,
- Pegaban
plumas de águila a su cabeza e introducían en su cabellera, que descendía
hasta la cintura, plumas blancas de gallo. Una guirnalda de flores, parecidas a
las del maíz, ceñía sus sienes y otra guirnalda de las mismas flores pasaba
sobre sus hombros y bajo sus axilas. Ornamentos de oro colgaban de su nariz,
brazaletes dorados adornaban sus brazos, campanillas de oro tintineaban en sus
piernas a cada paso que daba; pendientes de turquesa se columpiaban en sus
orejas, pulseras engalanaban sus muñecas y collares de conchitas rodeaban su
cuello y caían colgando sobre el pecho; llevaba un manto de malla y rodeaba su
cintura una faja recamada. Así alhajado paseaba por las calles, tocando una
flauta, echando humo de su cigarro y aspirando el aroma de un ramillete...(P.
José de Acosta: Historia Natural y Moral de las Indias, 1550)
- ...evidencian
claramente que tales víctimas humanas, a parte de distar mucho formalmente del
Jarramplas, ya que iban totalmente alhajadas y profusamente coronadas de flores,
no eran lapidadas, sino sacrificadas directamente, arrancándoles el corazón:
- Al
alcanzar la cúspide de la pirámide, los sacerdotes lo sujetaban y lo tendían
de espaldas sobre un bloque de piedra, mientras uno de ellos le abría el pecho,
introducía la mano en la herida y le arrancaba el corazón, que mostraba en
sacrificio al sol... (P.
José de Acosta: Historia Natural y Moral de las Indias, 1550)
- Sí
es cierto, sin embargo, que, antes de su ejecución, estas víctimas gozaban,
como el Jarramplas, de ciertas prerrogativas:
- Tenía
hasta cuatro mujeres, comía y bebía a cuenta de la comunidad y los principales
venían a reverenciarle. (Franciscano
P. Sahagún: Escritos sobre las Indias, s XVI)
- ...tal
vez en compensación por el fin que les aguardaba, y que eran inmoladas, como
presumiblemente lo es el Jarramplas, para propiciar la fertilidad de los campos.
- Hay
estudiosos.
que no tienen inconveniente en relacionarlo con ciertos cultos prerromanos a las
divinidades Celtas.
Y ciertamente era en los primeros días de Febrero cuando se celebraban los
festivales de Imbolc, con ritos de purificación y de fertilidad de la tierra a
través del agua y el fuego.
- Otros
piensan que sus raíces estén vinculadas con las Lupercalias Romanas. Estas
celebraciones se llevaban a cabo durante el mes de Febrero. En ellas, tras el
sacrificio de un macho cabrío al dios Luperco, se le imploraba protección
contra los lobos. Además, los luperci, vestidos
con pieles de animales, golpeaban la
tierra con ramas y palos para hacerla fructificar. (Tal vez las Carantoñas de
Acehúche conserven aún, en la rama que llevan en las manos y en su gesto de
embestida paralizada, el recuerdo de este arcaico ritual.) Este rito de origen
pastoril, rápidamente degeneró en otro tipo de manifestación mucho más
oscuras. En las Lupercalias, los sacerdotes acabaron por sacrificar cabras y
perros y cortar sus pieles a tiras para fustigar con ellas o con sus vejigas a
las mujeres que deseaban quedar preñadas. (Más nos recuerdan al Taraballo de
Navaconcejo que va azotando a los espectadores con un látigo o con una vejiga
atada a un palo.) Y, mucho más tarde, los devotos de Luperco realizaban
procesiones nocturnas, alumbrados con velas y teas, para pedir al dios protección
contra la infelicidad y contra la muerte. Estos momentos de oscuridad eran
aprovechados por los fieles para excederse en todo tipo de contactos sexuales
rituales, mientras algunos corrían desnudos y embadurnados con la sangre de las
víctimas por entre la gente.
- Parece
ser que el cristianismo sincretizó tanto los festivales de Imbolc como estos
comportamientos licenciosos de las
Lupercalias en la fiesta de las Candelas y las Luminarias.
- Y
no faltan quienes han querido ver el origen del Jarramplas en las Saturnalias
romanas. Estas fiestas se celebraban del 17 al 23 de Diciembre, en honor de
Saturno, dios de la siembra y de la agricultura, con grandes comilonas,
borracheras y desenfrenos casi carnavalescos en los que la búsqueda de todo
tipo de placeres estaba permitida. En ellas, la representación personificada
del dios Saturno moría una vez terminados los días de orgía. Se elegía para
encarnarlo a un hombre apuesto, al que vestían con atavíos reales. De esta
guisa, era presentado a la gente con plena licencia para que cada cual se
entregarse con él a toda clase de pasiones, sin censura alguna. Pasados treinta
días era degollado en el altar del dios al que encarnaba... Luego la costumbre
degeneró y el dios fue representado por un monigote relleno de paja que, tras
un juicio sumarísimo lleno de escarnios, era ajusticiado y apaleado. Con el
correr de los siglos, incluso, y sin saber ya de dónde procedía tal costumbre,
dicho fantoche era estoqueado o fusilado.
- Y
este no fue el único camino degenerativo que el dios Saturno sufrió a lo largo
de la Historia, pues en otro contexto, el dios fue deformándose poco a poco
hasta transformarse en el Rey de la Sinrazón, ese Rey de los Tontosdel
que se burlaba todo el mundo y al que se representaría, en siglos posteriores,
con ropas coloristas y tocado con un cucurucho (Fiesta
de los Locos de Jalance en Valencia o las Locadas
de Fuente Carreteros de Córdoba) o una mitra episcopal, como tantas carantollas
precarnavalescas
que actualmente aún aparecen en distintas festividades de Extremadura: el Vitonto
de Galisteo, los Obispillos de los
San Blases y los Carnavales de
las Hurdes, el Palotero de los Negritos
de Montehermoso...
- Cabría,
sin embargo, no perder de vista, la advocación saturnal que lo consideraba como
encarnación de una deidad forestal y a la que se le inmolaron víctimas
humanas. Esa vereda tal vez diera mejores resultados. Volveremos a retomarla más
adelante.
- Un
poco más cercano anda el Jarramplas del Mamurius
Veturius romano, ese viejo y decrépito
dios Marte al que se honraba, sacando el 14 de marzo por las calles, en
procesión, a un hombre cubierto de pieles al que pegaban con cayados blancos y
largos hasta expulsarlo fuera de los límites de la ciudad. Y no precisamente
como al dios de la guerra, sino como dios de las cosechas y de la vegetación,
para que se llevase con él toda la negatividad del viejo año y volviese
reencarnado en otro nuevo dios agrario recién nacido y renovado que vivificara
los campos. Aunque por la
indumentaria tal trasunto nos
recuerda más a las Carantoñas de
Achuche y de las Hurdes (Zurrumonus, Pelujáu Canu, Machu Cornúu), sin embargo,
por la intención, nos parece que el Jarramplas encamina ciertamente los pasos
por senderos semejantes, y una hipótesis de expulsión para llevarse con él
los males del año viejo y poder renovarse, ya es más que interesante.
- Llegados
a este punto, lo que sí podemos decir con claridad del Jarramplas es que es un
personaje pagano (y doblemente pagano, disimulado e integrado (¿disimulado e
integrado?) en la horma de los cultos que la Iglesia católica rinde a San
Sebastián. Lo curioso del caso es que la iglesia lo haya tapado precisamente
con este santo que oculta, a su vez, claves herméticas y mensajes subliminales
tanto en su iconografía como en su peculiar martirio, pues no en vano algunos
estudiosos lo han entroncado directamente con antiquísimos idearios aghárticos
en los que una casta de maestros espirituales, simbolizados y encabezados por
San Antonio Abad (cuya fiesta se celebra dos días antes, el 17 de Enero) estaría
sostenida por otra casta paralela de guerreros, simbolizados y capitaneados por
San Sebastián,
de modo que tanto el primero como el segundo representarían los dos mundos, teórico
y práctico, espiritual y material, ying y yang, daemon y eidolon, que todo ser
humano lleva dentro y a los cuales hay que reverenciar en algún momento,
preferiblemente en los comienzos del año.
- San
Sebastián, en efecto, ocultaría detrás a un antiguo dios guerrero.
Posiblemente sea el dios Marte quien esté encubierto bajo su advocación. A su
madre Februa (que es la diosa que le da nombre a Febrero: Februarium) se le
tributaron, durante estas fechas de finales de enero y principios de febrero,
innumerables actos de devoción, encendiéndole antorchas y lumbres por todas
las ciudades
para que aplacara la ira de su hijo Marte, y la guerra no visitase los poblados.
Pero es que hay más aún: los celtas celebraban a su dios de la guerra, Thor,
el mismo 20 de Enero!
- Pero
este aspecto del santo-soldado merecería por sí solo, tal vez, un estudio a
parte...
-
- 5.
CRIOBOLIAS Y TAUROBOLIAS
- Sea
como fuere, nos parece que el protocolo feroz que lleva a cabo el Jarramplas es
un ceremonial que debió estar tan arraigado en la sociedad que lo produjo que,
a pesar de su paso a través de los siglos, nada fue capaz de contaminarlo.
- Un
recorrido por las supuestas causas que lo hicieron nacer, tal vez nos
enriquezca.
- Dicha
senda no es otra que la inmemorial puesta en escena del drama multisecular del
convicto que carga con las culpas de la comunidad y tras su muerte, ficticia o
real, la purifica y la libra de todos sus pecados. Algunos la han llamado teoría
del chivo expiatorio.
- Para
ir a los orígenes de este planteamiento, deberíamos por unos momentos
situarnos en la mente de esos primeros pobladores que decidieron aplacar la ira
de sus dioses ofreciéndoles sacrificios rituales. Hoy, que concebimos a la
naturaleza despojada de personalidad,
nos resulta casi imposible meternos dentro de los pensamientos de aquel hombre
primitivo al que toda manifestación de la naturaleza debió de parecerle una
respuesta incomprensible de los dioses, cuando no maniobras de fuerzas
desconocidas y de espíritus dominadores.
- Pero
el hombre primitivo concebía al mundo lleno de seres poderosos, dioses o
demonios, que deambulaban y se movían sin cesar a su alrededor, manipulando sus
sentidos, acosándole y angustiándole de mil maneras. Y, del mismo modo que los
reverenciaba cuando las circunstancias le eran propicias y les elevaba altares,
también las desgracias que le sobrevenían, los daños que sufría, las catástrofes
que soportaba, solía achacarlos, cuando no a la magia de sus enemigos, a la ira
de estos espíritus. Y no era extraño que, de vez en cuando, desease librarse
de ellos para que lo dejasen en paz y no le molestasen más.
- Por
ello en ocasiones se plantearía expulsarlos de su presencia y del espacio en
donde vivía... En un principio estas expulsiones debieron ser aleatorias, pero,
con el paso del tiempo y observando los ciclos naturales en que el hombre advertía
que se repetían las catástrofes (lluvias torrenciales, nevadas, pedrisco, sequías,
pestes, hambrunas) estas expulsiones tenderían a hacerse periódicas,
aplicando un intervalo entre
purificación y purificación, que, sin duda, acabaría por ser de un año. El
aumento de la mortandad que el invierno ocasionaba, especialmente entre clanes
de economías de subsistencia con altos índices de desnutrición, poco vestidos
y peor guarecidos, debió achacarlo el hombre primitivo seguramente a la obra de
estos demonios, a los que por consiguiente debía expulsar de su presencia sin más
demora. Estos
comportamientos se debieron dar, primordialmente, en sociedades de carácter
agrario y pastoril, muy dependientes de la climatología.
- Y
estas limpias generales de demonios o de espíritus malignos se realizaban en
fechas fijas, una vez al año, para que la gente pudiera gozar de una nueva
vida, libre de todas las influencias malignas habidas durante el periodo
anterior.
(J.G.
Frazer: op. cit.)
- Pero
como eran, además de invisibles, impalpables, decidió reencarnarlos en algo
concreto, para poder manipularlos. En los comienzos lo hizo en animales. La víctima
elegida solía ser un toro, un buey, un ternero, un cordero, un macho cabrío,
un cabrito... El sacrificio de estas reses con fines terapéuticos era llamado taurobolia,
si se trataba de un bóvido y criobolia,
si el animal era de menor tamaño. La oblación estaba dedicada a un numen
(vamos a llamarlo un dios) para o
bien aplacar su ira e implorar su compasión ante la previsible llegada de una
calamidad pública o bien agradecerle su magnanimidad al haber librado a la
población de ella.
- Las
variantes de dichos sacrificios eran tan singulares como las sociedades que los
produjeron, e iban desde la simple y mera muerte del animal hasta su decapitación
ritual, descuartizamiento, cremación, ágape ceremonial o incluso bautismo
iniciático con la sangre del bicho inmolado:
- En
los misterios mithráicos se decapitaba un toro y en su sangre se purificaban
los iniciados (Sánchez
Dragó: Carta de Jesús al Papa)
- ...en
otras ocasiones era suficiente con pintar las jambas y el dintel de la puerta de
la casa con la sangre del animal:
- La
sangre servirá de señal en las casas donde estéis (Antiguo
Testamento: Éxodo, 12)
- ...o,
directamente, con lavarse en la propia sangre de la res sacrificada:
- La
gente pobre se conformaba con un criobolio, que consistía en el sacrificio de
una oveja, y realmente se lavaba en la sangre del cordero (J.
Godwin: Mystery Religions in the Ancient World).
- Dicho
comportamiento fue pasando, de generación en generación, de sociedades
puramente prehistóricas a grupos supuestamente civilizados. El ritual del chivo
expiatorio llego a ser asunto común en casi todas las sociedades que
formaron nuestra actual cultura. Tenemos in
mente el recental del sacrificio de Abel o el carnero sustitutorio del
sacrificio de Isaac, pero hay que hablar de un uso muy generalizado del
sacrificio del chivo expiatorio,
cargado con las culpas de todos los componentes del clan, como puede leerse en
el Antiguo Testamento:
- Tome
cada uno una res menor de cada casa. La res será sin defecto, macho, primal,
cordero o cabrito. Lo reservará hasta el día catorce y toda la asamblea de
Israel lo inmolará entre dos luces (Éxodo
12 )
- Este
ritual catártico del sacrificio de un animal estuvo extendido igualmente por
todo el Mediterráneo, en todas las culturas que lo bordearon:
- Los
tragodoi de la tragedia griega, surgida en torno a los rituales a Dionisos en la
época arcaica, eran los cantores que llevaban un chivo al sacrificio.
(W.
Burkert: Ancient Mystery Cults)
- En
los antiguos ritos al dios Atis se celebraban taurobolias sobre un estrado,
donde se decapitaba al animal, cuya sangre caía sobre los fieles colocados
debajo de dicho tablamento, logrando con ello la purificación... (T.
Freaky y P. Gandy: The Jesus Mysteries: Was the “Original Jesus” a Pagan God?)
- Cuando
los antiguos egipcios sacrificaban un toro, invocaban y exorcizaban sobre su
cabeza todos los males, que de otro modo caerían sobre ellos y sobre la tierra
de Egipto.
- Tan
poderosa debió ser esa necesidad de purificación que incluso hoy día se sigue
practicando:
- La
tribu de los Bhotiyas, en el Himalaya occidental, un día del año cogen un
perro, lo emborrachan, lo alimentan con dulces, lo llevan por todo el pueblo y
luego lo matan a pedradas y a palos para que ninguna enfermedad ni desgracia
visite el pueblo durante un año.
- Los
Garos de Asam, en uno de sus festivales, eligen una cabra y la llevan atada por
el cuello por todas las casas de la aldea, de manera que vaya recogiendo las
dolencias y los males de todos los habitantes. Luego la matan a las afueras del
lugar. (J.G.
Frazer: op. cit)
- A
veces no era necesario llegar a sacrificios cruentos para lograr el fin
perseguido. El animal era desterrado simplemente y alejado de la comunidad hacia
territorios considerados contaminados, llevándose sobre sus espaldas las culpas
y los males de todos los ciudadanos hacia espacios supuestamente impuros. Veamos
estos cuatro ejemplos de épocas y culturas diferentes:
- Imponiendo
[Aaron] ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo hará confesión
sobre él de todas las iniquidades de los israelitas y de todos sus pecados, y
cargándolos sobre la cabeza del macho cabrío, lo enviará al desierto por
medio de un hombre dispuesto a ello
(Levítico 16, 21).
- Los
indios Aymara de Bolivia, en 1857, con motivo de una peste que padecían,
cargaron una llama negra con las ropas de los apestados y la obligaron a
internarse en las montañas para que se llevara el mal....
- Los
Brahmanes de la India transfieren sus pecados a una vaca, que es expulsada de la
ciudad.
- En
algunos poblados de Arabia, cuando estalla la peste, pasean un camello por las
calles de la ciudad para que ésta pase al animal y luego lo echan al desierto.
- En
estos casos, posiblemente, el animal era golpeado, injuriado, vituperado y
lacerado camino del destierro, para hacer el conjuro más efectivo.
- De
igual manera, la dramatización que el Jarramplas ejecuta (tal vez –como
muchos han querido ver– encierre en su disfraz a un animal catártico) sigue
de cerca los pasos de este ceremonial del chivo
expiatorio que es paseado por la ciudad (el Jarramplas lo hace varias veces)
para que recoja, a su paso, los miasmas de la aldea y, una vez que lo ha hecho,
es apedreado hasta expulsarlo de la misma. Parece tan obvio que no tiene más
explicaciones.
-
No sería un caso aislado en Extremadura, ya que no son pocas las
festividades extremeñas que aún mantienen, en alguno de sus rituales, el
recuerdo de arcaicos comportamientos expiatorios, si no iguales a los descritos,
bastante parecidos. Baste recordar esos festejos en que un grupo de mozos o de
quintos pasean a una cabra o a un macho cabrío por las calles de su pueblo,
adornado con cintas de colores o pintados sus cuernos de purpurina, al tiempo
que lo emborrachan en las tabernas hasta llegar al sacrificio; o ese becerro
que, drogado y adornado, iba en medio de la procesión de San Marcos en Brozas,
dejándose tocar por los fieles; o
esos gallos colgados de una soga, soportando garrotazos y sablazos hasta ser
decapitados; o esos toros a los que se le lanzan rejones desde los tablados y
cubos de agua desde las ventanas durante su recorrido. Hay mucho de antiguo
ritual mediterráneo purificatorio en todas estas manifestaciones, ya se llamen La
Machorrita, La Borrasca, Los Machos, Los Gallos, El Toro del Agua, El Toro de
San Marcos, El Toro de San Juan... Y no hizo falta un contacto directo, como
a primera vista pudiera parecer, entre el mitraísmo asiático y Coria, el
Torno, Fregenal, Herrera del Duque, Brozas, Valdastillas, Ceclavín, Navalmoral
de la Mata, Albalá o Santibáñez el Bajo, pongamos por caso, para que el rito
fuese trasvasado desde aquellos remotos tiempos y territorios hasta estos
momentos actuales y lugares cercanos, sino que, por pura contaminación
cultural, los rituales se fueron universalizando como el efecto de una pedrada
en un estanque, pudiendo transmitirse sin que sus hierofantes llegaran muchas
veces a saber el por qué ni el origen de su escenificación expiatoria. Hoy,
por ejemplo, decimos amén sin ni
siquiera darnos cuenta que con tal palabra aún se evoca el nombre del dios
egipcio Amón.
-
Aunque la escenificación nos haya llegado un tanto desdibujada, lo
importante es que la intención fue siempre la misma: el sacrificio de un animal
para que se llevase con su muerte todas las negatividades de la comunidad.
-
- 6.
EL PHARMAKOS
- Pero
hubo un momento inmemorial e intangible en que este rito del chivo
expiatorio saltó de categoría y se reencarnó en los seres humanos. Estos
hombres, al igual que los animales que les precedieron, fueron sacrificados para
librar a las comunidades a las que pertenecían de padecimientos y negatividades.
Desde la matanza de los primogénitos de Egipto, contada en el Génesis, hasta
los miles de niños degollados por sus propios padres en la antigua Cartago para
obtener, a través de sus muertes, una conexión privilegiada con las potencias
celestiales en caso de penurias, la Historia está llena de ejemplos, aunque es
de suponer que, debido a nuestra formación judeo-cristiana, todos tengamos
especialmente presente, como ejemplo perfecto de víctima propiciatoria humana,
a Jesucristo, quien además, como si se tratase de un sagrado
criobolio, la iglesia se esforzó en
perpetuarlo como el Cordero
de Dios que quita los pecados del mundo y carga
en su cruz con todos los pecados de la
humanidad.
- Pero
Jesucristo no fue ni el primero ni el último de esta antiquísima práctica.
Antes de Él, hubo otros corderos de dios,
de idéntica condición y categoría. En la historia de la humanidad ha habido
tantos chivos expiatorios humanos que
tal estrategia ya ha pasado de la categoría de rito a la categoría de mito. Se
podría incluso hablar de un chivo
expiatorio sagrado modélico que repite la misma trayectoria de cargar
con las culpas de sus semejantes y dar
su vida por ellos para la remisión de sus pecados. Dicha norma de
comportamiento pertenece a la conciencia histórica colectiva, legendaria y
mitológica de la noche de los tiempos, pues desde tiempos inmemoriales se viene
repitiendo cíclicamente, con cada nueva modalidad religiosa, el mismo
comportamiento en sus dioses-héroes, sobre todo en las culturas que rodean al
Mediterráneo. Lo propio hacen el dios Osiris en Egipto, Dionisos en Grecia,
Atis en Asia Menor, Adonis en Siria, Baco en Italia o Mitra en Persia.
- En
una antigua inscripción dedicada no a Jesucristo sino a Mithra, se puede leer:
- Tú
nos has salvado al derramar tu sangre eterna
(R. Turcan: Cults of the Roman Empire.)
- Y
un poeta egipcio anónimo también rinde culto a su salvador sacrificado y
resucitado, Osiris, con estas palabras:
- ¿Te
has sacrificado? ¿Dicen que has muerto por ellos? ¡No has muerto! ¡Vives
eternamente! Estás más vivo que ellos, porque eres el místico del sacrificio.
Eres su señor vivo y joven eternamente. (M.
A. Murray: Egyptian Religious Poetry.)
- Además
de ser sacrificados, todos estos personajes-dioses tienen un itinerario mistérico
común: la vejación. Y no es extraño, ya que el destino de un chivo
expiatorio era ser insultado, golpeado, vituperado, antes de ser ejecutado:
- Los
caminantes que, por la vía Sagrada, se dirigían a Eleusis para participar en
el sacrificio de Dionisos, recibían golpes e insultos de unos enmascarados que
los atemorizaban.
- En
el Evangelio de Marcos, Jesús predice un destino lleno de vejaciones para el
hijo del hombre:
- Y
se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán
(Marcos. 15, 17-20)
- Incluso
San Pablo presenta a Cristo como una víctima propiciatoria:
- Y
sin efusión de sangre no hay remisión (Hebreos
9, 12)
- Pero
quizás en este estudio particular en que nos proponemos conectar los rituales
del Jarramplas con sus orígenes, más interesante que la propia inmolación de
los dioses, sea el siguiente paso que se dio en este ceremonial propiciatorio,
es decir: la inmolación de estos dioses a través de sus reencarnaciones en
hombres corrientes.
- En
la antigua Babilonia se elegía a un hombre para que personificase al dios que
debía ser sacrificado, y se le azotaba, no para agrandar sus padecimientos o su
agonía, sino para liberarlo de las influencias negativas que creían que le
acosarían en el instante supremo; luego se le vestía con túnica y clámide
rojas y se le coronaba como a un dios y finalmente era crucificado
(Es inevitable el que surjan las comparaciones, nos imaginamos.)
- De
igual modo, en la antigua Grecia, de vez en cuando, se elegía a un hombre para
depurar las culpas de la comunidad y una vez que, de una manera simbólica, este
individuo cargaba con los pecados de todos, era expulsado de la ciudad o era
sacrificado.
- A
este hombre se le dio en llamar pharmakos,
palabra que significa sencillamente: fórmula
mágica de destierro.
- Actualmente
la palabra farmacia procede de esa fuente, posiblemente porque en ella se
encuentran las fórmulas mágicas para las curaciones (J.
Harrison: Prolegomena to the Study of Greek Religion)
- Dicho
martirio no era considerado una
crueldad, ya que se trataba de un asunto puramente mágico-religioso. Por ello
la víctima, considerada sagrada, antes de su ejecución, era copiosamente
alimentada con cargo al erario público o a la propia comunidad. Y por idéntico
motivo, lo vestían con prendas santas y le ponían una corona hecha de plantas
sagradas (¡Cuántas similitudes con otras historias conocidas!).
- Pensamos
que el Jarramplas también es atendido de forma ritual por toda la comunidad
durante las horas previas a su lapidación: es invitado a comilonas, se le
ofrecen presentes por parte de los mayordomos y recorre las casas del pueblo en
varias ocasiones, aceptando las vituallas que los vecinos tengan a bien
entregarle. Se nos ocurre que, de ser cierto que repite el itinerario de los
antiguos pharmakos, puede que,
igualmente, recorra el poblado varias veces, entre cantos o toques de tambor,
para que su comunidad pueda descargarse de todos sus problemas y negatividades
sobre su persona, aunque hoy el ceremonial haya perdido su significado
primitivo.
- El
pharmakos griego era obligado a que recorriera toda la ciudad para que
absorbiese todos sus miasmas. (W.F.Otto:
Dionisos Myth and Cult)
-
De todas maneras, hay que subrayar
que originalmente el dios humano era
sacrificado no para llevarse los pecados de la comunidad, sino con el fin de
recuperar su vida divina de la
debilitación y de la caducidad de la vejez que le llegaba con el final del año,
propiciando con su muerte que renaciera joven y remozado otra vez con la llegada
del año nuevo, mas puesto inevitablemente iban a matarle, la gente pudo llegar
a suponer que, de paso, bien podían cargar sobre sus hombros todas sus
dolencias y pecados, con la intención de que se los llevase al mundo
desconocido de ultratumba.
- Este
tipo de inmolaciones, en las que la muerte de un hombre presuponía la
regeneración del dios al que encarnaba, además acabó por estar estrechamente
vinculado con ritos agrícolas. (Ya dijimos al principio que volveríamos por
esa senda):
- En
Siria, al dios Adonis, dios de la vegetación, se le hacía morir, encarnado en
seres humanos, durante la primavera y, tras llorarlo largamente, era celebrada
luego su resurrección, que tenía lugar justo cuando ocurría la floración de
los campos. Entre algunos pueblos agricultores del Mediterráneo oriental, el
espíritu del grano –el de las espigas en especial– y el de las vides
(curiosa coincidencia con los símbolos de la eucaristía cristiana), era
encarnado también por víctimas humanas a las que se ejecutaba y se lloraba
antes de la primavera. ( No por casualidad La Pascua cristiana y la resurrección
de Jesucristo están colocadas justo en el mismo periodo.)
- En
Asia Menor, durante los festivales de la Targalia, mataban a un representante
del dios fertilizador de la vegetación, con el propósito de mantener la vida
divina en perpetuo vigor, no corrompida por las debilidades de la edad.
Pero, al mismo tiempo, estas víctimas
expiatorias públicas de la Targalia llevaban consigo los pecados, desgracias y
penas de toda la gente. (J.G.
Frazer: op. cit.)
- Pero
el rito se contaminó nuevamente en su andadura, de modo que, con el tiempo,
aunque no se renunció a realizar inmolaciones de seres humanos, sí se empezó
a seleccionar a las víctimas de entre los pobres desgraciados que estaban
condenados a morir de cualquier otra manera inevitablemente. De esta forma, con
el paso del tiempo, se llegó a confundir la muerte de un dios con la ejecución
sagrada de un reo, (del mismo modo que pudieron llegar a confundir en Piornal la
vejación ritual del Jarramplas con los recuerdos de un ajusticiamiento
inquisitorial.)
- Lo
que nunca posiblemente olvidaron ya en adelante quienes siguieron ejecutando tal
ceremonial es que en él se escenificaba, cada vez que una ejecución se llevaba
a cabo, la aniquilación de la entidad decrépita de un dios agrario para que
volviese a renacer en una nueva naturaleza purificada y rejuvenecida.
- Del
mismo modo, el Jarramplas interpretaría las preocupaciones de la comunidad
agraria a la que representaba y sería, además de su pharmakos,
la víctima propiciatoria a través
de la cual la vejez de los campos daría paso al nuevo resurgir de la vida sobre
los sembrados. Con su lapidación y su persecución por las calles del pueblo
(posiblemente en la antigüedad se llegó incluso a expulsársele del recinto
edificado, como le ocurre al Botargón de San Blas de Ateca, que es apedreado
con manzanas, justo después de misa, fuera de la ciudad), su comunidad
pretendería resultarle agradable a las potencias espirituales superiores en las
futuras tareas de la siembra, destruyendo la vejez del año para que en la
primavera renaciese con bríos renovados. El Jarramplas, en este sentido, era
para su colectividad su hombre mágico, su talismán y su llave de la abundancia
.
- En
definitiva el comportamiento del Jarramplas no es ni novedoso ni singular. Este
ritual ha sido tan practicado en el mundo antiguo, y sigue siendo tan cotidiano
en la mayoría de las comunidades agrarias de todo el mundo, que podemos
considerarlo una conducta recurrente. Enmascarado a través de ceremoniales crípticos
o con procedimientos mucho más explícitos, los ritos de fertilidad se dan en
todo el mundo. Con parecidos
planteamientos actuaban también las comunidades agrarias que se citan a
continuación:
- Los
indios Pawnies, antes de sembrar los campos, elegían una víctima humana a la
que revestían con alegre y espléndido atavío, la alimentaban con manjares
escogidos y, cuando la tenían bien nutrida, la sacrificaban, atándola a un
palo y asaeteándola (como a San Sebastián).
- Los
Yorubas del Africa occidental elegían, una vez al año, una víctima
propiciatoria; primero la alimentaban y, llegado el momento, la cubrían de
ceniza, la pintarrajeaban con tiza, y la conducían en procesión por todas las
calles del pueblo. Entonces la gente se abalanzaba sobre ella para tocarla y
transferirle sus dolencias. Luego lo degollaban.
- El
Jalno del Tibet, personaje grotescamente disfrazado con pieles de animales, a
principios de febrero sufre la persecución de los habitantes de la ciudad hasta
ser expulsado de ella, pero antes la ha recorrido pacíficamente recibiendo
pequeños obsequios de sus mismos perseguidores.
- Los
Khondos de Bengala ofrecían sacrificios humanos a la tierra para hacerla
fructificar, arguyendo que el cúrcuma no podía ser rojo sin la sangre de las víctimas...(J.G.
Frazer: op. cit.)
- Evidentemente
esta costumbre no tuvo más remedio que degenerar, y de la muerte real quedó sólo
un remedo, por lo que llegó a bastar simplemente con vejar al pharmakos
y expulsarlo del recinto donde vivía la comunidad.
- Ya
los griegos y los romanos de la antigüedad pagaban a un esclavo para que
hiciese de víctima y lo apaleaban, echándolo de la ciudad diciéndole: afuera
con el hambre y adentro la riqueza y la salud. (En Piornal no se paga a nadie
para que haga de Jarramplas, pero sí hay abierta una lista para que la gente
que quiera hacer de él en años venideros se apunte)
- En
época romana también, en muchas regiones del Mediterráneo pero especialmente
en Marsella, cuando ocurrían calamidades, desastres o pestes, un hombre pobre
se ofrecía como víctima y, tras ser alimentado con selectos y puros alimentos
durante un año a expensas públicas, le ponían unas vestiduras sagradas
adornadas con ramas (el Jarramplas llevaba sobre su espalda pintado un árbol y
nadie nos impide pensar que dicho árbol fuese la representación gráfica de
una posible ornamentación vegetal.) y lo llevaban en procesión por toda la
ciudad mientras se elevaban preces o se cantaba para que todos los males de los
vecinos cayesen sobre su cabeza. Después era apedreado fuera de las murallas. Y
la ciudad de Abdera, en Tracia, era purificada una vez al año por el tajante método
de seleccionar a uno de sus vecinos y matarlo a pedradas como sacrificio
vicariante por la vida de todos los demás. (El Jarramplas también es
alimentado, la víspera de su lapidación, a expensas de la comunidad, como le
ocurre al Zangarrón de Sanzoles, en Zamora. Y recibe dinero, como hace el
Botargón de Ateca, en Zaragoza, antes de ser lapidado. Pero hay más: también
es conducido por toda la ciudad entre las preces de sus vecinos, posiblemente
con el mismo fin que lo hacía el pharmakos marsellés de antaño)
- En
la actualidad:
- En
Axin, en Ghana, destierran anualmente al diablo del pueblo, encarnado en una
persona; tras una semana de diversión y esparcimiento con
comidas y canciones, en el octavo día persiguen al demonio enmascarado,
corriendo tras él y arrojándole una lluvia de palos, piedras y todo lo que
tengan a mano.
- Entre
la tribu de los Hos de Togo, en Africa Occidental, la expulsión del demonio
tiene lugar anualmente en invierno, justo antes de que el pueblo comience a
probar la nueva cosecha de ñames (nabos) frescos. (Curiosa coincidencia con los
piornalegos.)
- Los
Pomos de California celebran cada siete años una expulsión de demonios en la
que éstos están representados por hombres disfrazados y pintados atrozmente,
con enormes ojos y feroces bocas de dientes puntiagudos. Luego son perseguidos
hasta las montañas pegándoles palos y tirándoles pellas de lodo .
- La
costumbre de utilizar personas o personajes mágicos para deshacerse de
negatividades en comunidades de la más diversa índole no parece singular ni
excepcional, por lo tanto, e, incluso, lejos de desaparecer, como cabría
esperar, diríamos que se ha mantenido, aunque crípticamente, en buena parte de
las sociedades actuales que, de alguna manera, aún no han roto el vínculo con
el pasado. La práctica de perseguir, vejar, apedrear, quemar o enterrar a una
botarga o a muñeco de trapo o de bálago, que aún se sigue llevando a cabo en
muchos pueblos de Extremadura, (llámense: Monigote, Morcillu, Pelele, Vitonto,
Febrero, Demonio, Marto, Marimanta, Bujaco, Judas, Pero Palo, Manolo o
Jarramplas a finales de año -entiéndase siempre antes del calendario Juliano-)
evidencia la necesidad de estos rituales purificatorios y catárticos como
medida profiláctica para afrontar aún los cambios de estaciones, nuevos
periodos de socialización, distintas etapas vitales, diferentes faenas de los
campos, mudanzas de ánimo... (No de otra forma se abordan en muchos de nuestros
pueblos el invierno, la primavera o el verano; el carnaval o la cuaresma; bodas
y arrejuntamientus; aceituneras,
siegas, matanzas o moliendas; penitencias y mortificaciones o festejos...)
-
- 7.
LA MASCARA
- Hablar
de la máscara en este contexto es estar haciendo un recorrido por el itinerario
mágico del Jarramplas al mismo tiempo.
- Aunque
en cualquier ritual de enmascaramiento sea importante la ocultación del
portador de la máscara, mucho más importante que el disimulo que la máscara y
el disfraz procuran a su portador, suele ser la representación que ésta
conlleva de esa otra entidad diferente de quien se oculta tras ellos. La máscara,
en efecto, encarna siempre a otra
persona, a un animal, a una deidad, a un espíritu... Por eso, a menudo el
objetivo principal de la máscara no es esconder la propia identidad, sino
despojarse de ella y asimilar la esencia y la misión del numen representado. El
Piornalego que realiza el voto de vestirse de Jarramplas, deja de ser persona
con nombre y apellidos para transformarse en Jarramplas con todas sus
consecuencias. Y de este modo lo percibe la comunidad de Piornal cuando lo
lapida: nadie posiblemente sea capaz de ver, segundos antes de proyectar un
nabazo contra la sobrecogedora carantamaula, al mozo concreto que este año se
vistió de reo, sino que, una vez que la máscara entra en escena, los
lapidadores arreciarán únicamente contra el personaje y no contra la
persona...
- Los
elementos morfológicos de las máscaras son con frecuencia antropomórficos o
zoomórficos, aunque, por lo general, representen estas categorías citadas
deformadas, bien sea a través de iconografías de seres sobrenaturales,
imaginarios y fantásticos, hombres o bestias, bien sea fundiéndolos en una
naturaleza híbrida magicoantropozoomórfica, como es el caso del Jarramplas. La
máscara se acompaña frecuentemente de un disfraz que recubre todo el cuerpo
del portador de ésta y que resalta la personalidad de ésta. (Invocamos aquí
de nuevo la nota 2
de E.B.Taylor)
- La
principal misión de una máscara es la de conjurar las fuerzas del universo.
Para ello es necesario primero que el espíritu o los espíritus de la entidad
que representa decidan habitarla. Y esto sólo ocurrirá si el individuo que la
porta está convencido de su importante rol desde el mismo momento en que se la
pone en la cabeza. Por idéntica razón, el portador de la máscara sabe que
debe entrar en trance para hacerse receptáculo del numen invocado. Así, a
medida que el trance aumente, el carácter de la máscara se hará más patente
y su fuerza vital surgirá con más eficacia. Esto lo hemos comprobado muy
especialmente algunos años con singulares Jarraplas que, a medida que avanzaba
la lapidación, se iban metiendo en el personaje y transformándose y, lejos de
comportarse como una humilde víctima, se transformaban en un desafiante avatar
al que a toda costa había que hacer sucumbir.
- La
máscara ritual siempre ha pretendido ser el vehículo de comunicación, además
de con las entidades superiores, con el pasado, por lo tanto es una pieza
eminentemente religiosa y sagrada y nunca ha representado un motivo jocoso o
divertido. Así lo saben los que son de Piornal. Y no de otra forma se podría
entender el nexo de unión que los piornalegos consiguen durante estas fechas
con todos los miembros de su comunidad y con el tiempo remoto de sus
antepasados, a través de la dramatización que les permite el Jarramplas. La máscara
logra poner en contacto dos mundos: el actual y el lejano, y, por su mediación,
todos los participantes en el rito se comunican con las fuerzas telúricas que
representa, y adquieren conciencia de grupo histórico con inmemoriales raíces.
- La
máscaras suelen tener un significado críptico, no siempre comprensible para
todos. A pesar de ello, son respetadas por la comunidad, incluso aunque su
aspecto o sus señas de identidad sean los de la iniquidad o la crueldad.
Algunas de estas máscaras se concretan en terroríficos animales fantásticos
que representan a demonios o a espíritus atroces. Éstas máscaras que
personifican seres aterradores suelen ser usadas para mantener un equilibrio de
poderes y un orden social dentro de la comunidad. Y no otra cosa hace el
Jarramplas con su ceremonial, al intentar estabilizar las fuerzas negativas de
un periodo estacional improductivo con las positividades del siguiente, siempre
esperado fecundo. Dada su importancia, no es de extrañar que cada vez que estas
máscaras entraban en acción lo hicieran rodeadas de un halo de misterio. Solían
tener fechas señaladas del año para hacerlo y los pueblos que ponían en práctica
estos mecanismos mágicos a través de las máscaras eran, eminentemente, los
que habían basado su cultura en la tradición oral casi exclusivamente.
- El
uso más frecuente de las máscaras ha sido casi siempre el terapéutico: para
curar enfermedades, expulsar a demonios de la tribu, ahuyentar malos espíritus
o prevenir catástrofes. Las máscaras higiénicas suelen tener ojos
desorbitados y desmesuradas bocas, como ocurre con la del Jarramplas, para
aterrorizar a los males que pretenden conjurar.
- En
la confección de las máscaras se emplean elementos propios del grupo humano
que las produce. Entre las primeras sociedades agrícolas y pastoriles, las máscaras
mágicas se basaban en diseños íntimamente relacionados con el entorno y se
empleaban en su elaboración materiales cotidianos: hace ya muchos años,
escuchamos en el Piornal, que los colores de la máscara del Jarramplas,
antiguamente procedían del blanco de la leche, del negro de las aceitunas
maduras y del rojo de la sangre de un animal.
- El
artificio que lleva el Jarramplas parece, en principio, imitar las formas de un
animal. Los cientos de tiras multicolores que cubren su cuerpo pueden asemejarse
a lanas, a crines o a plumas. Y la careta, salvando su conicidad, parece
evidente que represente la testa de una res, pues lo más llamativo que tiene
son unos descomunales cuernos y un enorme rabo.
- En
una segunda lectura, sin embargo, podemos ver que dicho rabo no sale de entre
las nalgas, como cabría esperar, sino de la punta del cucurucho. Que la boca
está bestializada hasta la fiereza y la desproporción, con afilados y
grotescos dientes. Que los ojos desmesurados ocupan casi la mitad de la careta.
Y que, por lo observado en la cambiante decoración que la carantamaula toma
cada año, no son infrecuentes las calaveras, los huesos y los esqueletos como
ornamentación complementaria.
-
El consecuencia, no se puede ver en ella perfectamente ni a un pájaro ni
a un carnero ni a un toro ni tampoco a un lobo, por más que lo intentemos.
Pero, de igual manera, tampoco es posible ver a un hombre.
-
¿Entonces de qué o de quién se trata?
-
Indudablemente se trata de una recreación en la que se funden todos los
pavores que el hombre de las sierras de Tormantos llevaba en su cerebro. El
Jarramplas es un leviatán terrible, de mirada aterradora y de impresionantes
dientes temerosos.
-
De la misma manera que cuando en hombre quiso corporeizar a los dioses
los cargó con todas las perfecciones que conocía, al representar al mal
ancestral esta sociedad primitiva que invento al Jarramplas tuvo que hacerlo con
una mezcla de todos los elementos pavorosos que fue capaz de copiar de la
naturaleza, magnificándolos.
-
Y tuvo que ser obligatoriamente así de espantoso, porque solamente
armado con este bagaje quimérico de terrorífica fealdad, podría el Jarramplas,
en su acto mágico, conjurar a las fuerzas sobrenaturales y, con su poder
coercitivo, lograr vencer a esos enemigos invisibles, asustándolos.
-
Pero no podemos olvidar que otra de las funciones que tiene la máscara
del Jarramplas es la de obtener, a través de la magia, la fructificación de
los campos, por lo que llevará, indudablemente, este mensaje críptico
incorporado en los elementos que la adornan. Son signos de fecundidad la cola de
caballo, que bien pudiera simplemente ser un remedo del penacho de las mazorcas
(con frecuencia la hemos visto de color amarillo), así como la forma cónica de
la careta pudiera serlo de la propia mazorca, y son igualmente signos de
fecundidad los cuernos y el rabo de tela que el personaje incorpora algunas
veces, y, sobre todo, el árbol bordado sobre sus espaldas. También los colores
con que va pintada la máscara aluden a su misión fructificadora: el verde
evocaría la vegetación, y el rojo y el amarillo aludirían de nuevo a la
panoja de maíz.
Como el Jarramplas, existen otras máscaras de aspecto feroz y cuya misión
también era la de asegurar la fecundidad en los campos. Muchas de ellas son
semejantes en forma, materiales y colorido, y no pocas llevan incorporados en su
iconografía también cuernos, rabos, melenas, dientes feroces e idénticas
expresiones terribles, tal vez porque, a la hora de incorporar a la careta esa
pavorosa fealdad necesaria que ya hemos comentado, echaron mano de los mismos
prototipos: la bravura del toro, la fiereza del perro y del lobo, el horror de
la sangre... O porque los símbolos germinativos que debían integrar respondían
a las mismas necesidades, ya fueran animales: la fecundidad de la cabra, sus
cuernos desmesurados, sus largas crines..., o vegetales: la forma encapsulada de
la mazorca, su cabellera rubia, sus hojas envolventes, el color amarillo de sus
granos...
- Son
muy parecidas al Jarramplas o tuvieron funciones semejantes: el Botargón de San
Blas de Ateca, los Carochos de Sarracín de Aliste y de Abejera, el Demonio de
San Antón de Mirambel, el Zangarrón de Montamarta, los Momotxorros de Alsasua,
los Motilones de San Sebastián de Fresnedilla de Oliva, la Vinajera, los
Zarramacos y el Trapajón de Silio, los Ioaldunak de Iturren y Zubieta, el
Tafarrón de Pozuelo de Tábara, los Guirrios, Sidros y Zarramacos de Llamas de
la Ribera, las Botargas de Alarilla, de Humanes, de Hoyo de Pinares, de Hinojosa
de Jarque, de Zalduondo, de Hita, de Oliva, de Almiruete, los Zanpantzarrak de
Lanz, los Plens de Berga, los Diablos del Hito, las Trangas de Bielsa, los
Diabletes de Teguise, las Máscaras del Foilión de Buxán, los Carneros de la
Frontera, la Obisparra de Riofrío de Aliste, el Guirria de Beleño, los Perros
de Santa Ana de Pusa, y, en fin, los Cigarrones, los Zagarrones, los Pixeiros o
los Boteiros de Galicia, de León, de Zamora y de Portugal,.. Aquí en
Extremadura llevan o llevaron atuendos similares el Taraballo de Navaconcejo, el
Palotero de los Negritos de Montehermoso y el Graciosu de Nuñomoral. En Europa
nos lo recuerdan los Koukeri de Bulgaria, los Geroi de Grecia, los Narren del
Tirol, los Flinsert de Austria o los Perchten germánicos. En Africa nos lo han
recordado especialmente: el Krácola del oasis sahariano de Tozeur, en Túnez,
con casi idéntica indumentaria que el Jarramplas; los Zangüetos de Benin, con
sus trajes de yerbas cubriéndoles todo el cuerpo; los espíritus Dogón de Malí
con sus elevadísimas máscaras multicolores; y algunas Gárgolas senegalesas de
la fertilidad. Seguro que no son las únicas, pues toda sociedad primitiva
agraria se sirvió de ellas para intentar controlar las fuerzas de la
naturaleza.
-
- 8.
EL NOMBRE DE JARRAMPLAS
-
Aún en muchas zonas de Extremadura la expresión venil
jechitu un jarrampras significa estar
hecho unos zorros, tener una apariencia destrozada tanto físicamente como en la
indumentaria. Además, jarapu y jarapal
significan jirones de tela en alguna
de sus acepciones. Y por si fuera poco: jarpal
equivale a rasgar algo o hacerlo tiras. Por otro lado, en algunos pueblos
extremeños, un jarramplu es una
pizca, una mínima parte, tal vez por evolución o corrupción de zarrampru
o zarramplu. Sin olvidar que una
posible deformación del verbo arramplar haya
ocasionado jarramplal.
-
De las tres opciones nos quedamos con la primera para el aspecto exterior
del personaje y, por lo tanto, optamos por aceptar que el Jarramplas fue, en su
momento, un concepto conocido no sólo en la Sierra de Tormantos, sino mucho más
allá, dejando como rastro la citada expresión por semejanza de lo descrito con
lo conservado en la memoria.
- La
segunda, nada parece tener en común con el personaje.
- Y
de la tercera, nos gustaría quedarnos con lo siguiente. Es muy posible que al
Jarramplas le estuviese permitido en los días previos a su castigo, vivir a
expensas de la comunidad que iba a lapidarlo (restos de este comportamiento aún
quedan en el recorrido ritual que hace por las casas del pueblo, aceptando
comida de los vecinos). Y es posible incluso que gozase de extensos privilegios
(como hemos visto que ocurría en otras culturas) y que se le permitiese
apoderarse, sin más, de los víveres que le apeteciese durante estas fechas. Sólo
así podríamos entender el apelativo de Jarramplas derivado de su actitud y no
de su apariencia.
-
Este aspecto permisivo no es excepcional: durante las celebraciones
precarnavalescas del Antruejo, en la comarca del Valle cacereña, los quintos y
mozos tienen la costumbre de entrar en los corrales a robar gallinas o de trepar
a las solanas a coger productos puestos a secar. Del mismo modo, hasta hace bien
poco, se ha conservado en la Sierra de Gata la costumbre de que los quintos
robasen gallos en sus celebraciones invernales. Y en Moraleja aún hemos
conocido la tradición, igualmente invernal, por parte de los quintos, de robar
gatos para guisarlos.
-
- 9.
EL INVIERNO Y LA LUNA
- Los
ajusticiamientos o castigos de los pharmakos
eran procederes prácticos y necesarios (así lo entendieron las comunidades que
los llevaron a cabo) para asegurar la felicidad a través de las cosechas. Por
ello se podría hablar de momentos o de estaciones más propicias que otras para
escenificar este ritual.
- Hay
un tiempo al que el hombre primitivo debió temerle sobre todas las demás
estaciones del año: al invierno. A la desaparición del sol sobre la superficie
de la tierra durante tantas horas, a las alimañas amparadas por las prolongadas
oscuridades, a las incontrolables inclemencias del tiempo, a la falta de comida,
al frío, a las tinieblas...
Posiblemente le rindió actos de sumisión y reverencia a quien él creía la
personificación de todas sus desdichas.
- Fue,
sin duda, en esa noche de los tiempos donde debió surgir el primer esbozo del
Jarramplas, como talismán contra los espíritus malignos que habitaban las
sombras de las crudas invernadas, y
como conjuro contra el aislamiento que esta estación acarreaba.
- Las
largas noches de los inviernos de montaña, pasadas a la luz de la lumbre,
seguro que propiciaron tenebrosos relatos en los que el miedo se acrecentaría
hasta tal punto que llegaría, incluso, a identificarse el concepto del mal con
las tinieblas de la larga noche. (En el puro invierno, el día sólo dura 8
horas, contra las 16 de casi total oscuridad) Fuera de la casa, sólo la luz de
la luna, en sus cuartos brillantes y si no había nubes, hacía reconocible las
veredas y el terreno.
- Por
ello es presumible que la luna tuviese un significado misterioso para el hombre
primitivo. Sin ella estaban absolutamente perdidos en las noches de invierno.
Además, para una sociedad que realizaba la medición de las semanas y de los
meses por lunaciones (lo había venido haciendo desde nada menos que 26.000 años),
la luna debía poseer incluso un sentido altamente mágico. Tanto es así que a
ella terminaría por considerarla ese hombre remoto
una deidad poderosa del cómputo del tiempo a la par que la diosa
indiscutible del mundo de las sombras. Además, la luna, llegada la medianoche,
según las antiguas culturas, abría las puertas del universo de los seres
inconcretos
y permitía ese invisible pasillo que conectaba el mundo de los vivos con el de
los muertos,
por lo que no es de extrañar que enseguida se le atribuyesen terribles poderes.
Llamada Hécate o Diana, rápidamente se convirtió en la diosa de los espíritus
de ultratumba.
- Por
el miedo que infundía en la gente, la conjuraron a menudo a través de ritos y
amuletos convenientes,
de entre los que las higas fueron los
más utilizados. Nos llegaron, desde el remoto tiempo pasado, hechas de metal y
grabadas en los dinteles de las casas o en los cipos funerarios. Es de suponer
que las hubo de materiales menos resistentes que desaparecieron. Por lo general,
estas higas tenían la forma de creciente lunar y servían para exorcizar los
perniciosos efectos que causaba el terrible astro de la noche sobre las aguas
potables, sobre las recién paridas, sobre los lactantes, sobre las cosechas,
sobre las camadas de ganado.... Nos preguntamos si la Iglesia no utilizó al
icono de la Inmaculada con el mismo fin preventivo, colocándola sobre una nube
y pisando una luna plateada para conjurarla. Y si no ocurriría otro tanto con
la serpiente, símbolo igualmente del submundo de las oscuridades, cuya cabeza
también aplasta.
- Si
el Jarramplas nació en una sociedad que, lo mismo que creyó en los poderes
fertilizantes de la luna, temió a las advocaciones oscuras de ésta... ¿No
cabría la posibilidad de suponerle también un fetiche
lunar? ¿Por qué ha de llevar inevitablemente cuernos
u orejas (puede que los actuales
cuernos sean una deformación de las hojas de la mazorca del maíz, otrora más
explícitas) su máscara y no la luna insertada en ella, atravesándole el
cucurucho? ¿Por qué no podría tratarse del cuerno
de la luna?
¿Y por qué incluso no puede ser dual ese apéndice que ilustra su careta, y
ser cuerno animal y creciente lunar al mismo tiempo? Si en la máscara ritual
que porta el Jarramplas debían aparecer sintetizados todos los miedos de
quienes lo crearon, éstos no dudarían en incorporar los símbolos de la noche,
de la luna y del pavoroso mundo de ultratumba.
Y si así lo hicieron, no nos quepa la menor duda de que fue a través
del color negro que habitualmente lleva la careta, los esqueletos y calaveras
que ocasionalmente la engalanan y, con seguridad, a través de la forma de la
luna.
- La
luna de los miedos y la luna mágica de las fructificaciones.... Pues los
hombres que la conjuraron en este rito sabían también que de ella dependían
muchos de los misterios incomprensibles de la naturaleza y buena parte de las
tareas realizadas en los campos: por ella se regían las ovulaciones de las
hembras, crecían las semillas, se realizaba la siembra, se segaba, se castraban
los carneros, se talaban los árboles, se arrancaban las plantas medicinales, se
trasegaba el vino, se implantaban los tratamientos de los curanderos...
- La
luna de los miedos, la luna mágica de las fructificaciones y la luna largamente
esperada de la primavera, en la que los días vencerían a las noches. Ésta no
era otra que la luna vernal (la del 21 de marzo: nos referimos al final
de año anterior a la entrada en vigor del calendario juliano, es decir: al
actual mes de Febrero. Todavía hoy se cuentan las estaciones desde principio de
año: primavera, verano, otoño e invierno), antes de la cual se celebraban
todos los exorcismos invernales, con el vivo deseo de ver pronto acabada la
estación aciaga e improductiva del invierno.
- Hoy,
en Piornal, nos darían poderosas razones para que sus antiguos habitantes
conjurasen a los espíritus vegetales en esta fecha. En el helador entorno de
este pueblo, durante el invierno no fructifica absolutamente nada. En el mes de
Enero, lo más que se puede hacer es limpiar los castaños, podar los cerezos y
curar la chacina, haciéndole debajo buena lumbre.
- No
es extraño que se invocase a los númenes agrarios para que de una vez
terminase la estación hiemal y llegase pronto el tiempo de la siembra. Por eso,
en esta época del año, se conjuraban las tormentas, las plagas de los campos y
las plantas, las epidemias de los animales, las pestes de las personas: en no
pocas poblaciones extremeñas, las festividades de finales de enero, y
principios de febrero: San Antonio Abad, San Sebastián, San Fabián, San
Blas..., surgen como agradecimiento a estos santos por haber liberado a sus
habitantes de una pandemia... Por igual motivo, se hacían en dichos meses los
augurios para el campo y para las cosechas (Aún quedan restos en los refranes
actuales:
- “Si
pol la Candelaria neva o chova ya está l’invierno fora”,
“Añu de nievis añu de bienis”,
“Pol San Bras la cigüeña verás y si no la vieris mal añu tuvieris”,
“En marzu ansoma la caeza el lagartu”, “Golondrina llegá, invelná acabá”,
“Diju Marzu: con tres días que me quean y tres que m’empresti abril pondré
las tus ovejas a paril”.)
- Y
era ciertamente antes de la luna vernal cuando se llevaban a cabo los ritos de
expulsión de los malos espíritus de los poblados y se ponían en práctica los
ritos fructificatorios. Extremadura, por no mirar más lejos, está inundada de
estas celebraciones. Contra las oscuridades invernales se hicieron todo tipo de
conjuros a través de rituales de fuego (teas, lumbres, tueros, capazos,
escobones ardientes, hogueras, velas...),
y ahí quedan aún, para aseverarlo, las celebraciones purgativas de: las
Purificás, las Candelas, las Luminarias, la Velá, la Encamisá... El hombre
intentó siempre espantar a los espíritus invernales con ruidos, gritos,
cantos, tiros y palos al aire o a la tierra, y aún nos quedan, como recuerdo,
los Escopeteros de todos los San Sebastianes y San Blases extremeños, los
Negritos, las Carantoñas, las Encamisá, Las Rajas, los Ramajeros... Las
sociedades ancestrales pretendieron invocar a la primavera arrojando sobre la
tierra, o sobre las botargas agrarias, elementos fructificatorios: nabos,
tronchos de hortalizas, patatas, naranjas, ramas, higos, bellotas, arroz,
flores, pétalos, ceniza, pellas de nieve, agua..., y hasta harina o dinero...,
y ahí están, para que no se nos olvide nunca, el Jarramplas, el Cenizu, el Día
del Agua, el Tiznéu, la Procesión de los Empujonis, los Enfariñamientus....
- Y
es que la luna llena del 21 de marzo era el momento más esperado de todo el año
por el hombre primitivo, ya que, en ese día, el dios de la luz, por fin, vencía
a su gemelo el dios de las tinieblas. A partir de esa fecha, los momentos de luz
eran cada vez un poco más largos que los de oscuridad, el dilatado invierno
comenzaba a decaer, la nieve a derretirse, la tierra a abrirse a la germinación
y los vegetales a llenarse de brotes en sus ramas... En definitiva, la vida se
hacía presente de nuevo ante sus ojos.
- Para
los hombres de hoy, inmersos en un mundo tecnológico y científico, es posible
que la luna sólo sea ya un terreno de cercana colonización, pero debió ser,
junto con el sol, la primera pareja de deidades a las que el hombre primitivo le
tributase pleitesía. Al uno como aliado de la luz y de la fuerza regeneradora.
A la otra como divinidad temida de las tinieblas y de los asuntos misteriosos de
la naturaleza y sus germinaciones. Nada de extraño tendría que el Jarramplas
hubiese recogido e incorporado también esta advocación lunar y que fuera un
elemento mágico a través del cual su comunidad hubiese pretendido expulsar al
miedo y a las oscuridades de su tierra.
- En
todo el mundo ocurren comportamientos semejantes, desde las más oscuras tribus
africanas, hasta los poblados de indios pawnies o cheroquees norteamericanos,
pasando por las etnias más desconocidas de Nueva Zelanda o de Indonesia.
- La
expulsión de malos espíritus y de espíritus invernales, por lo tanto, parece
ser una constante en los diversos grupos humanos. Con unas características
comunes, siempre coincide con la inauguración de un nuevo ciclo vital en el que
el hombre debe entrar limpio y renovado. Este nuevo periodo era, obviamente, la
primavera. Con la llegada de ella se celebraba la fiesta del año nuevo. Así
fue hasta la aparición del calendario juliano que trasladó el comienzo del año
al 1 de Enero.
- En
la mayoría de los casos, el hombre mágico, cubierto por una máscara, era la víctima
propiciatoria.
-
- 10.
EPÍLOGOS
- Con
la lapidación de nabos que sufre el Jarramplas se lleva a cabo una representación
de la destrucción del caos que ha supuesto el tiempo de oscuridad invernal y su
aparente esterilidad. Con su expulsión se pretende un cambio de jerarquías y
de poderes en la naturaleza.
El hombre espera que, a través de su acto mágico, las fuerzas negativas que
han logrado paralizar toda germinación, sean remplazadas por la luz, y que la
potencia solar aniquile al frío de la noche, así como a la aterradora y larga
influencia de la luna. Con ello logrará restablecer el orden de los ciclos
estacionales que parecían tardar en ponerse en marcha con el largo invierno. El
mundo de las dualidades que el hombre primitivo ha visto siempre tan enfrentado
(frío-calor, luz-oscuridad, noche-día, mal-bien, esterilidad-fertilidad) es el
que, con el rito del Jarramplas, se pone de manifiesto anualmente, en su más
visceral expresión y dramaturgia, con la intención de desequilibrar la balanza
hacia lo positivo. Con la expulsión del Jarramplas, representante de todos los
fantasmas del hombre primitivo, intentó la comunidad que lo vio nacer que el
invierno, el frío, la noche, los espíritus malignos y, en definitiva, el
miedo, desaparecieran de su entorno, y que la luz y el bien, inevitablemente,
volvieran a instalarse en el poblado. Porque sólo así las fuerzas
regeneradoras de la naturaleza podrían de nuevo hacer germinar la tierra y
proporcionar bonanza a sus moradores.
- El
lanzamiento de vegetales y de nieve sobre un fetiche agrario como es el
Jarramplas no confirmaría sino el deseo por parte de sus vecinos de que, por su
mediación, la germinación de los campos se diese pronto y que la abundancia
colmase sus sembrados.
- Pero,
además de encarnar a la vejez del año ya caduco y a un espíritu agrario
decadente, el Jarramplas, como en los misterios eleusinos de la antigüedad, y
continuando un rito multisecular, con este ceremonial del hombre-mágico vejado,
ejerce de paso de pharmakos ancestral,
propiciando que se redima la comunidad que lo apedrea, librándola de sus cargas
negativas anuales, con cada lanzamiento de nabos contra su persona.
- Por
idéntica maniobra, hoy (que ya no hay inmolación) estamos seguros de que también
el hombre que va debajo del disfraz queda eximido de todas sus cargas y pesares.
- Porque
el Jarramplas es un rito catártico para todos, también para los que lo
fotografían, para los que investigan sus raíces y para los que,
insaciablemente, leen y escuchan su historia y su leyenda.
-
-
- Juan
J. Camisón
- II
CONGRESO DE LA LENGUA EXTREMEÑA, San Pedro de Mérida, 2004
-
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