
AGOTADO
EL CORAZÓN Y LA ESPADA
- LIBRO. PROSA. NOVELA HISTÓRICA.
-
EN CASTELLANO Y EN EXTREMEÑO.
-
1999. (500 pgs.) (17 euros)
- Distribuidor oficial:
LIBRERÍA BOXOYO.
- Plaza del Conde de
Canilleros s/n, Cáceres.
- Tlno.:927-627286
El CORAZÓN Y LA ESPADA consta de veinte
relatos históricos ambientados en el norte de Extremadura desde el siglo VII
hasta la actualidad, que narran hechos acaecidos en la Sierra de Gata, Tierras
de Coria, Las Hurdes, Cáceres, Tierras de Alcántara, Mérida, Portugal y
Castilla-León.:
- LA CONDESA TEUDOSINDA
- ZELINDA
- LA FUENTE DEL REY
- UNA TORRE PARA FRAY MIGUEL
- LA MALDICIÓN DE MARIÁN
- BIENVENIDA
- LA JUSTICIA DEL ROLLO
- LA SINGULAR HISTORIA DE ALONSO Y CATALINA
- EL CORAZÓN COMIDO
- EL MILAGRO DE LA CERA
- EL CRISTO DEL CONSUELO
- LA FUENTE DEL MOGAL
- LA MUERTE ENAMORADA
- NOCHE DE DIFUNTOS
- LAS BRUJAS DE LA ATALAYA
- LA NOCHE EN QUE MATARON A VARRÓN
- LA TÍA LUMINADA
- TODO UN CARÁCTER
- EL CRIMEN DE LA AURORA BOREAL
- EL TIEMPO DE LOS SECRETOS
Aquí hay tres de ellos:
- LA
SINGULAR HISTORIA
- DE
- ALONSO Y
CATALINA
UNO
Al
primer toque de la campana de la iglesia, saltó Alonso del lecho como si lo
llamaran a él personalmente. Se puso a toda prisa sus calzas de Brujas, se
endosó el jubón de hilo de Holanda y se calzó sus borceguíes cordobeses. Se
hizo un lavado de gato en el aguamanil que había junto al alféizar de la
ventana y salió corriendo escaleras abajo a tal velocidad que casi se lleva por
delante a la enorme Lucrecia, ama de llaves, cocinera y nodriza de la casa y que
en aquellos momentos estaba atravesando el patio con una gran artesa llena de
dulces a la cabeza.
-¡Cristo
bendito! ¿Pero a dónde vas con esas prisas, criatura? ¡A pique has estado de
tirarme los bollos del desayuno! ¡Se lo voy a decir a tu madre, barbián,
chingarrabel, achiperre!
Pero
Alonso, que sabía de qué pie cojeaba su nodriza, abarcándola por la cintura
—es decir: abarcando lo que buenamente podía abarcar de su cintura— empezó
a girar con ella en un improvisado baile y a regalarle los oídos con sus
zalameros requiebros infantiles:
-¿Quién
es la más hermosa doncella de mi casa? ¿Quién me quiere a mí más incluso
que mi madre? ¿A quién he de quitarle yo el sentido cuando sea mayor y me
convierta en un soldado de Nuestro Señor el Rey Don Felipe? ¿Quién viene aún
a decirme buenas noches y se gana un suave beso de su niño bonito? ¿Quién es
mi tata gorda preferida?
Y
mientras esto decía, la hacía girar y girar, al tiempo que Lucrecia, medio
muerta de risa, lo increpaba diciendo:
-¡Suéltame
ya, tunante, loquillo, descarado, que mal sosiego debes tener en el cuerpo para
saltar del lecho a estas horas de la mañana y querer escabullirte hacia la
calle! ¿Pero adónde vas, Alonsillo, con el alba y tan apresurado? ¡Éntrate a
la cocina y desayuna al menos, criatura! ¡Para! ¡Para! ¡Que me tiras!
Pero
Alonso, con los ojos resplandecientes de júbilo, su cuerpo de quince años
saltarín y ágil y el pensamiento virgen de maldades y lleno de maravillosas
fantasías, ya se alejaba dando saltitos, haciéndole reverencias a Lucrecia y
lanzándole imaginarias flores y besos, mientras le iba diciendo casi en un
susurro para no despertar a sus padres y al resto de la casa:
-Voy
a misa, Lucrecia. Voy a misa temprano porque mi corazón no puede pasarse más
tiempo sin la paz y la felicidad que en la iglesia hallo y porque, de la misma
manera que el enfermo busca los remedios que necesita entre los frascos del
boticario, yo persigo la curación de mis males entre los sagrados muros del
templo, ya que allí está la medicina que necesito.
Y
con estas palabras desapareció del quicio de la puerta, dejando a la enorme
Lucrecia haciéndose cruces de pensar que a su Alonsillo le había entrado de
golpe una repentina pasión mística que ella no lograba conciliar con su carácter
alegre y despreocupado o, peor aún, que el niño realmente padecía alguna
dolencia mental, y ojalá que pasajera, de difícil explicación. Y en estas
estaba aún cuando Doña Marcela, madre de Alonso y dueña de la casa, apareció
de pronto en el rellano de la escalera.
-Buenos
días, Lucrecia. ¿Qué alboroto preparas a estas horas, cuando ni siquiera se
han levantado las gallinas? ¿Y con quién hablabas ya tan de mañana?
-Con
Alonsillo, señora, que acaba de salir de casa, dice que a misa... Y hasta en
ayunas se ha ido, que ni fruta ni un poco de leche siquiera se ha tomado.
-¿Con
Alonso a estas horas? Este muchacho lleva unos días que ni come con
tranquilidad, ni tiene reposo, y no hace mas que buscar la menor disculpa para
echarse a la calle, escabullirse de acompañarme en mis visitas y obligaciones
y, además, se pasa las horas muertas a la ventana pensando en las musarañas.
No sé si serán cosas de la edad o es que le ocurre algo. Ay, deja que te
ayude. Quítate ya esa artesa de la cabeza, mujer, que te van a estallar los
sesos.
-Le
pasa algo, señora. No es normal que se levante tan temprano. ¡Y esos
repentinos arrebatos religiosos...!
-¿De
qué me hablas, Lucrecia? ¡Alonso religioso!
-¡Y
no sabe usted hasta que punto! ¡Que no se pierde ni una sola mañana los
oficios divinos!
-¿Quieres
decir que se ha ido a misa?
Y
Lucrecia se quedó allí contándole a Doña Marcela la nueva afición del
jovencito con toda clase de pormenores...
Alonso,
mientras tanto, había llegado ya a la iglesia. Entró despacio, por la puerta
de atrás, la de los hombres, y se arrodilló en el suelo, no lejos de la pila
del agua bendita. La misa ya estaba empezada. El monaguillo medio dormido
sujetaba la casulla del celebrante por una de las puntas de atrás, mientras éste
genuflexionaba la rodilla derecha y besaba el altar mayor. Una vieja tosía en
uno de los primeros sitios cerca del presbiterio y otras cuatro o cinco más
asistían al desarrollo del sagrado rito, colocadas bien adelante para no
perderse nada de la ceremonia. Cerca del púlpito, como a media iglesia, había
una joven de pie, acompañando a una mujer de mediana edad sentada en una silla
y que debía estar impedida, porque a su lado yacían dos muletas toscamente
elaboradas con unos palos de higuera sin desbastar y pertrechadas de unos trapos
entrelazados y atados a las horcas con unas cuerdas de pita.
La
adolescente en cuestión se llamaba Catalina y debía andar también en los
quince años, a juzgar por la frescura de su rostro. Era la hija de los
hospitaleros de la Torre y acompañaba todas las mañanas a una pordiosera
portuguesa que, harta de pedir limosna por toda la Sierra, y tras haber
atravesado desde Portugal por los vecinos pueblos de la fala,
había llegado una noche de tormenta cerca del arroyo Grueso, al que debió caer
en un mal paso y dónde debió fracturarse las dos piernas, razón por la que,
al ser descubierta por unos campesinos a la mañana siguiente, fue socorrida en
el pequeño Hospital que la Orden de Alcántara posee en la Villa de la Torre de
Frey Don Miguel Sánchez. La joven Catalina, que además era hija única,
ayudaba a sus padres en lo que podía, tanto en las tareas de la casa como en el
desempeño de las obligaciones pertinentes a la limpieza del Hospital y atención
de los enfermos: curándolos, limpiándolos o, como en este caso, acompañando
todas las mañanas a la piadosa pedigüeña lusa a oír la misa.
Ya
hacía varios días que había notado la moza la presencia del mozalbete
colocado en la parte trasera de la iglesia, bajo la tribuna, y la verdad es que
más de dos veces le había echado una mirada furtiva, más que nada por
distraerse del aburrido oficio religioso pues, siendo ella la única joven que
pisaba el templo a esas tempranas horas, había pocas cosas en que fijar la
atención, aparte de la misa, de por sí tediosa y soporífera. Alguna vez
incluso se habían cruzado sus miradas y hasta llegó a suponer —estaba casi
segura— que el día anterior el joven le había sonreído cuando sus ojos se
encontraron con los de él poco antes de la consagración.
Hoy,
además, tenía la sensación de que desde que llegó a la iglesia, él no había
dejado de observarla y sentía su mirada clavada en la nuca permanentemente como
un venablo. Le hubiera gustado comprobar que así era, pero le parecía una osadía
por su parte ponerse a mirar con tal descaro al joven desconocido y, en lugar de
ello, hacía con que seguía la ceremonia religiosa: movía los labios
repitiendo incomprensibles e inventados latines, se levantaba y se arrodillaba
al compás de las viejas y se daba involuntarios golpes de pecho con simulado
arrepentimiento... A veces, también observaba las primeras claridades entrando
por las vidrieras de la capilla mayor, o incluso le colocaba el velo a su acompañante,
a quien acomodaba y atendía mecánicamente con evidente falsa solicitud...
De
repente, como movida por un resorte inevitable, volvió el rostro y se topó de
bruces con los ojos grandes y negros de Alonsillo mirándola fijamente y con sus
labios entreabiertos esbozando una leve sonrisa como si acabase de ver a la
Virgen en una aparición y estuviese a punto de entrar en trance. A Catalina le
recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Tuvo miedo y le dio vergüenza de
haber mirado. Se arrodilló en el suelo, volvió rauda su vista hacia el altar
mayor, hizo la señal de la cruz y se puso a rezar deprisa y a mover los labios
desatinada. ¿Rezaba?
Por
su parte, Alonso, que llevaba largo rato concentrado en la cabeza de la
muchacha, se sintió al punto suspendido y sacado de aquel éxtasis, él que la
había casi hipnotizado, fijándola con su mirada, concentrándose en un punto
concreto de su nuca para que no tuviese más remedio que notarlo, y que había
rogado a Dios repetidas veces que, por favor, hiciese que ella lo mirase, por
favor, por favor, que lo mirase ya, porque si no iba a dejar de creer en Él y
en toda su omnipotencia... Y cuando Catalina giró su dulce rostro, éste apenas
pudo soportar la felicidad que experimentó, no sabiendo bien si debía achacar
el milagro a la creencia de haber sido complacido por el Altísimo o a la fuerza
mental que él mismo suponía poseer...
Pero
el hechizo había durado apenas dos segundos y ahora todo se había venido
abajo. Con Catalina arrodillada, entregada de nuevo a la liturgia, él no se
sentía con fuerzas de intentarlo de nuevo: Dios era un contrincante demasiado
poderoso.
Al
cabo, deshechos ya la fascinación y el embeleso, se escuchó claramente el Ite,
misa est y con ello volvió claramente la realidad a instalarse entre sus
vidas. El sacerdote y el acólito se retiraron a la sacristía, las
viejas con sus reclinatorios desaparecieron a toda prisa, y sólo Catalina se
había quedado dentro de la iglesia, ayudando con las muletas a la impedida,
colocándole el manto por los hombros, retirándole la silla hacia debajo de una
arcada junto al púlpito y guiándola luego hasta la puerta de la calle. Alonso
la observó avanzar parsimoniosamente al paso de la pobre coja, detrás de ella,
como si en algún momento tuviese que ampararla ante un mal paso, y por primera
vez la contempló de frente toda entera, cabizbaja, con el óvalo del rostro
inflamado por el rubor de estarse aproximando a él, con las manos indecisas y
sin saber en dónde colocarlas, hasta dejarlas caer a ambos lados del talle, con
aquel vestido humilde de franela oscura, largo hasta los mismos pies, que apenas
ocultaba, y cuya orla iba rozando suavemente los relieves de las letras y
escudos de armas incisos en las laudas sepulcrales que conformaban el suelo de
la iglesia. Alonso estaba fascinado: casi podía tocarla. Cuando pasó a su
lado, ella levantó los ojos y lo miró levemente, y a él le faltó tiempo para
dirigirse hacia la pila del agua bendita, hundir en ella su mano derecha y
esperar a que pasara por su vera para ofrecerle el santo líquido con el deseo
de tocar aquellos dedos que él imaginaba únicos en el mundo. Cruzó primero el
umbral del cancel la portuguesa y, rezagada Catalina a propósito, se paró
delante del mancebo que le ofrecía el agua en sus temblorosas yemas, de donde
la joven la tomó como quien recibe un bien preciado. Pero, tras el primer amago
de gozo que entró en el corazón de la muchacha al sentir el contacto de los
dedos del chico, quedó al punto transida y asustada ya que el joven, sujetándole
la mano entre las suyas, la retenía vigorosamente sin dejarla avanzar. Catalina
forzaba por continuar la marcha —más por miedo de ser descubierta, si la
pordiosera giraba la cabeza, que por otra cosa— y entonces él le dijo acercándose
a su talle:
-¡Si
me miras desfallezco, si no me miras me muero, deja que queden mis ojos en los
tuyos prisioneros!
Y
luego de aquel lírico efluvio le dijo más bajito, ya al oído y al tiempo que
ella intentaba huir de él despavorida:
-Todos
los días vengo a misa de alba sólo para verte. Dame una señal y comprenderé
que mi vida tiene algún sentido en este mundo.
Se
deshizo Catalina de la dulce tenaza de las manos de Alonso como pudo y corrió
hasta alcanzar a la impedida, pero, al llegar a su altura, azorada, le dijo que
había olvidado el velo dentro de la iglesia y, dando media vuelta, entró de
nuevo al templo tan deprisa que casi se chocó con el joven cuando salía. Puso
las manos Catalina como para frenar un golpe inesperado, también las alzó
Alonso sorprendido por aquel torbellino que entraba de repente a contraluz y,
con las palmas juntas, así paralizados, quedaron frente a frente los dos jóvenes
mirándose a los ojos un buen rato.
-Lo
siento, me he olvidado dentro...
-¿El
corazón quizás? ¿Lo dejaste olvidado entre mis dedos? Ven a buscarlo mañana
a la misma hora y yo estaré esperando para dártelo. Y, mientras tanto, por que
no vayas inerme por la vida, llévate el mío en este casto beso como compensación
de lo que dejas, a la espera de que, cuando mañana te entregue lo que es tuyo,
tú a mí me lo devuelvas amorosamente acrecentado.
Puso
sus labios en los de la muchacha y ésta, incapaz de rechazarlos, entreabrió
los suyos, permitiendo que un aleteo de pájaros se cruzase en sus vidas para
siempre.
DOS
El
padre de Alonso, Don Nuño del Pero, siempre se había sentido orgulloso de la
nobleza y recia raigambre de su apellido. Junto con los Sánchez y los Torres
venidos del reino de León, los Bertol llegados de la lejana Francia, los
Arias-Camisón procedentes de Galicia y asentados en estos pagos para repoblar
las tierras vacías tras el paso de las tropas leonesas en la reconquista, los
Sousa venidos de Portugal y los Gómez y Castro de recia solera castellana, los
del Pero proclamaban bien alto su hidalguía demostrando con el peral de raíces
exentas que figuraba en su blasón y escudo de armas la pertenencia a la antigua
orden del Perero que desde muy antiguo se había instalado en estos territorios.
Don
Nuño del Pero y Doña Marcela González habían juntado una enorme fortuna al
unirse en matrimonio, ya que eran los dos hijos únicos y pertenecientes a
sendas familias adineradas. Vivían en una hermosa casa del Cuarto de Palacio,
rodeada de un huerto floreciente, y nada de extrañar tenía que, poseyendo un
solo hijo, deseasen para él lo mejor de la vida y tuviesen puestos los ojos en
un futuro matrimonio concertado con una joven de su misma clase llamada Beatriz.
La joven en cuestión pertenecía a la familia de los Gutiérrez y, aunque todavía
no era más que una niña, a sus padres tampoco parecía desagradarles Alonsillo
y aceptaban de buen agrado las reverencias que Don Nuño y Doña Marcela les
prodigaban cada vez que se cruzaban en una bocacalle. Vivían los Gutiérrez
también en el Cuarto de Palacio, en una casona de piedra con escudo de buena
labra en la fachada representando una torre sobre el agua y rodeada de estrellas
en la orla.
Vivir
en el Cuarto de Palacio era sinónimo de nobleza pues, de los tres cuartos en
que estaba dividido el pueblo a resultas del orden en que fueron surgiendo sus núcleos
de casas, éste era el más antiguo. Además aquí se encontraba la vieja
casa-fortaleza del fraile alcantarino, que dio nombre a la pequeña aldea, con
su torre del homenaje. Los otros dos cuartos
restantes, el del Cancillo o del Horno y el del Medio o de la Iglesia, habían
tomado sus nombres de la situación orográfica que ocupaban en el conjunto del
caserío o de las edificaciones más notables que contenían, las cuales, por
ser las más conocidas en aquellos sectores, habían acabado por imponerse al
resto y apellidar al barrio. Pero de la misma manera que vivir en el Cuarto de
Palacio era sinónimo de hidalguía, hacerlo en cualquiera de los otros dos era
considerado señal inequívoca de pobreza o cuando menos de pertenecer a una
clase desfavorecida. De hecho allí sólo vivían operarios, artesanos,
asalariados, soldados de a pie, guisanderas y lavanderas, comerciantes, clero
bajo y menesterosos en general.
Por
todo ello, cuando los jóvenes
llegaban a la edad de merecer —o como aquí solía decirse: cuando los jóvenes
empollinaban— los padres estudiaban con esmero las posibilidades de emparentar
con una familia conveniente, poniendo buen cuidado en meterle a sus vástagos
por los ojos a tal o cual apropiada mozuela o, dependiendo del caso, quitarle
del pensamiento a ese joven de alcurnia que en absoluto va a ser para ti, so
necia, que siendo él quien es y tú quien eres ¡de cuando acá ha de fijarse
en ti si no es para reírse, si serás tonta, que a buen sitio has ido tú a
poner la era!
Así
que cuando Doña Marcela, una tarde calurosa de verano, le comunicó a su marido
que, a tenor de las idas y venidas de Alonsillo, de su desgana cotidiana, de su
cara de alelado ante la mínima mariposa que se
cruzase delante de sus ojos y de las noches en vela que pasaba a la
ventana, el chico debía de andar ya metido en asuntos amorosos, Don Nuño no
puso inconvenientes en que Doña Marcela organizase una pequeña fiesta a la que
invitaría a todas las jóvenes de merecer que había en el pueblo, a ver si de
esa forma se hacían evidentes, de una vez por todas, las sospechas de la madre
y descubrían por quién suspiraba el inexperto corazón de su único vástago y
heredero.
Y
mientras en su casa trajinaban todo esto, Alonso continuaba saltando de la cama
cada vez más temprano para encontrarse en la iglesia con Catalina. Todas las mañanas
llegaba antes que ella y, escondido tras la puerta del cancel, la esperaba para
ofrecerle el agua bendita con su mano y poder, así, tocarla. Cuando podía, es
decir, cuando la paralítica entraba en el templo delante de Catalina, Alonso
aprovechaba esos cortos instantes en que la joven se quedaba rezagada al recibir
el agua para acercar sus labios a los dedos de la muchacha y depositar en ellos
un tierno beso. Luego, como siempre, fascinado por su presencia, se pasaba toda
la misa sin despegar los ojos de su figura y hubo días incluso que, por efecto
del cansancio visual de tanto fijarse en ella, llegó a parecerle como que
desaparecía del recinto, dejando en su lugar un halo de luminiscencia en el que
se recortaba todo su cuerpo igual que si de un espíritu se tratase.
Hace
dos mañanas, Catalina llegó tarde y Alonso, comenzada ya la ceremonia y viendo
que no aparecía la hermosa joven, deshecho en múltiples cavilaciones, llegó a
pensar que habían sido descubiertos y que seguramente a ella le habían
prohibido para siempre salir de casa. Y
sólo de pensarlo se aceleró su pulso y se le agitó la respiración súbitamente.
Empezó a moverse inquieto por la iglesia de un sitio para otro, mientras las
cuatro viejas de siempre seguían las evoluciones del cura vuelto de espaldas. Y
a punto estuvo de salir a la calle a buscarla cuando, en ese momento, chirrió
la puerta y la vio aparecer sujetando a la pobre impedida por los codos para
conducirla al centro de la iglesia como de costumbre. Alonso contempló cómo la
muchacha acomodaba en la silla de siempre a la paralítica y, tras colocarle las
muletas en el suelo, muy cerca de su mano derecha, y ponerle el velo por la
cabeza, vio, fascinado y casi incrédulo, cómo, de pronto, Catalina abandonaba
los cuidados de la portuguesa, daba media vuelta y se dirigía sin hacer ruido
hasta donde él estaba. Cuando hubo llegado, la muchacha se arrodilló junto a
él y se puso a mirar hacia el altar mayor sin decir nada. Rozó levemente los
dedos del joven con los suyos y musitó un rezo en un inventado latín que
apenas comprendía. Alonso sintió calor en todo el brazo. Lentamente lo fue
acercando al de la joven y buscó el contacto de la piel por debajo de la
bocamanga. Catalina se dejó coger la mano y se la apretó a su vez al chico
fuertemente. Luego se giró despacio con los ojos entristecidos y le dijo:
-¡Se
la llevan! ¡No podré ya volver a acompañarla! ¡No me dejarán salir más de
casa! ¡Nunca nos volveremos a ver!
Y
acercándose a la cara del mancebo lo beso cerca del cuello y dejó allí su
cabeza reclinada por un buen rato.
A
Alonso le resultaba difícil comprender lo que escuchaba y apenas daba crédito
a las palabras de la joven. Era imposible que le ocurriese todo eso tan de
golpe: que en el mismo instante en que la hermosa Catalina le entregaba la
prueba de amor solicitada, el destino se la arrebatase para siempre o que
aquella pedigüeña portuguesa que le había traído, aún sin saberlo, toda la
dicha del mundo, tan pronto se la hurtase con su partida. El muchacho bajó la
cabeza mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Luego acercó sus labios a
los oídos de la joven:
-No
es posible que yo deje de verte porque me moriría. Te necesito como se necesita
el aire para respirar y no ahogarse. Quiero estar todo el tiempo contigo como
está siempre dentro del agua el pez, el pájaro en el aire, la liana a su árbol
unida de por vida o el musgo pegado a las cortezas, porque, de la misma manera
que si a ellos se les arrancase de su elemento morirían, yo tampoco tendré
fuerzas para seguir adelante si dejo de verte y de mirarte. Y porque...
Catalina
pensó que aquello que le decía era hermoso y por eso lo dejó hablar. Luego
comprendió que esas palabras eran incluso demasiado hermosas, que nadie le había
dicho nunca nada semejante y que le gustaría oírselas decir de nuevo mucho más
despacio para irlas saboreando una por una...
Por eso le selló los labios con su dedo índice, se soltó de su mano,
se incorporó despacio y se dirigió hacia el centro de la iglesia donde estaba
la portuguesa. Una vez allí, le dijo en voz muy baja:
-Estoy
un poco mareada, voy a salir a la calle. Vengo enseguida.
Luego,
volviendo sin hacer ruido a donde estaba Alonso, con un gesto le indicó que la
siguiera.
Como
gatos, sin producir el menor ruido, se dirigieron hacia el campanario y, cuando
hubieron subido un buen trecho, en medio de la oscura escalera de caracol,
alejados de cualquier ventana, al abrigo de toda mirada y protegidos por la masa
pétrea de las canterías que conformaban la labra de los peldaños y paredes,
se paró la joven y le cogió las manos al muchacho:
-Repíteme
ahora aquello que me contabas ahí abajo. Dímelo de nuevo lentamente, para que
lo comprenda todo y no me pierda nada...
Pero
a Alonso se le olvidaron las palabras. Sólo sentía los dedos húmedos de la
joven entre sus manos y su respiración entrecortada. Se miraron a los ojos sin
casi apercibirse, dada la poca luz que allí podía filtrarse. La abrazó Alonso
entonces con todas sus fuerzas y ella se dejó hacer serenamente entre sus
brazos mientras un agudo dardo le traspasaba de dolor el pensamiento, pues
estaban casi seguros que aquella sería la primera y la última vez que iban a
amarse...
Al
cabo de un buen rato, con el deseo sosegado y habiéndose entregado el corazón
el uno al otro, Alonso, rodeó el rostro de Catalina con sus manos y le dijo:
-Creo
que te quiero. Y creo que es así desde el primer momento que te vi entrar en
este templo guiando a tu impedida. Me pareciste un ángel de la guarda. Desde
entonces decidí que quería estar contigo para siempre. ¿Te llamas Catalina?
¿Eres la hija de los hospitaleros?
-Me
llamo Catalina. Soy la hija de los hospitaleros. ¿Quién te lo ha dicho?
-He
investigado...
-Y
tú eres Alonso, Alonso del Pero...
-También
sabes mi nombre...
-También
he hecho pesquisas...
-Dime
si sientes por mí algo parecido a lo lo que yo experimento cuando te veo.
-¿Y
lo dudas, estando entre tus brazos?
-¿Pero
me amas igual que yo te quiero, desde hace tiempo?
-Desde
el primer día que entraste por la puerta trasera de la iglesia.
-¿Desesperadamente,
como yo a ti te amo?
-¡Desesperadamente,
como tú a mí me amas!
-¿Y
por qué no me lo has dicho antes?
-Porque el amor es necio y tímido al principio...
Pero no dudes que te amo.
-Pues
entonces tienes que confiar en mí, Catalina.
-¿Confiar?
¿Por qué?
-Porque
nos va la vida en ello, o el amor, que es lo mismo.
-Mi
amor y mi vida estarán desde hoy donde tú estés. ¿Qué más confianza
quieres que deposite en ti si ya soy toda tú?
-Pues
sigue siéndolo, porque así de unidos tenemos que estar para que mi plan no se
desbarate.
-¿Tienes
un plan? ¿Para qué?
-Préstame
atención y lo sabrás enseguida. Ya hace días que no hago más que darle
vueltas en la cabeza a una idea que me tiene obsesionado y es que, si por
ventura, yo dejara de verte no sería capaz de soportarlo, porque yo también me
he convertido un poco en ti de tanto tenerte metida en mi cerebro. Así que, si
me amas como dices, si estás dispuesta a compartir conmigo este maravilloso
sentimiento y a defenderlo, si eres valiente para enfrentarte a todo lo que se
nos ponga por delante, di que sí a lo que voy a proponerte, porque no conozco
otra solución para seguir viviendo en este mundo, amarte como te amo y no
volverme loco. Dime que sí lo harás. Dime que aceptarás.
-¿Y
qué es lo que tengo que aceptar?
-Escúchame
con calma: mi madre, mañana por la tarde, reunirá en el jardín de nuestra
casa a todos mis amigos para dar una fiesta. Sería una ocasión inmejorable.
Ponte tu mejor vestido y tus zapatos y, cuando haya pasado la merienda, llegados
a los postres, yo saldré pretextando cualquier disculpa de mi casa, tú me
estarás esperando en la puerta de atrás del hospital que da para el olivar de
la Sevillana, donde yo te recogeré, e iremos a mi casa. Una vez en ella,
daremos a conocer a todos nuestras relaciones y comunicaré a mis padres las
intenciones de tomarte por esposa. Hay que afrontar las cosas con valentía...
Así, sin más, delante de todos los que allí se encuentren... ¿Qué te parece
mi propuesta?
Catalina
se apartó de Alonso como empujada por un resorte:
-No,
Alonso. No es posible. Que me digas que me amas lo comprendo... Amarte yo a ti
en secreto con todas las fuerzas de mi alma lo acepto y lo defiendo, pero que
hayas pensado ni por un momento que esta emoción que compartimos pudiera
hacerse pública me parece de insensatos. Eso es una locura y sabes, igual que
yo, que nunca podré entrar en una casa del Cuarto de Palacio si no es para
servir o hacer recados. Yo soy la hija de Francisco Freire y de María Campos,
los hospitaleros del pueblo y tú el hijo de Don Nuño y de Doña Marcela. Nadie
consentiría una unión tan disparatada. Salgamos de este ensueño y volvamos a
la realidad. Todo ha sido hermoso mientras fue secreto. Sacado a la luz, no
dudes que este gozo se destruiría. Conservaré en mi corazón el recuerdo de
tus besos como lo más hermoso de mi vida. Haz tú lo mismo y luego olvídate de
todo y olvídate de mí lo antes posible...
A
la vez que hablaba, Catalina se alejaba de él escaleras abajo, mientras Alonso
la seguía insistente:
-Nunca
renunciaré a ti y, si me quieres y te precias, tendrás que ser valiente y
continuar amándome por encima de todas las dificultades que encontremos.
-Adiós
Alonso, la misa debe de estar ya a punto de acabarse.
-Iré
a buscarte mañana antes del toque de oración. Entretanto, y en prenda de mi
amor sincero, conserva este pañuelo cerca de tu corazón hasta que nos veamos
otra vez y yo seré feliz sabiendo que algo mío dormirá entre tus brazos esta
noche.
Al
tiempo que sus palabras acosaban a la joven por los enrevesados peldaños del
campanario, mientras ésta guardaba el lienzo ya azorada, Alonso vio cómo los
últimos pliegues de su vestido desaparecían escaleras abajo hacia el interior
del templo.
A
lo lejos, resonando bajo la bóveda, repetía nítidamente la voz del
celebrante:
-Agnus
Dei qui tollis pecata mundi, miserere nobis...
TRES
Con
exquisita delicadeza Doña Marcela iba llenando el amplio patio de la casa de
macetas de heliotropos y de geranios, de búcaros cuajados de jacintos, de rosas
y de lilas, mientras Lucrecia se ocupaba de instalar debajo de la pérgola una
amplia mesa cubierta por un espléndido mantel de hilo bordado a mano y sobre el
que, más tarde, ambas colocarían los diferentes platos: las tórtolas con vino
rojo, la liebre con arroz y piñones, la ensalada de naranjas y limones con
huevos y poleos, el pastel de cabrito y los tordos en escabeche. Luego, en una
mesa auxiliar, otras sirvientas dispusieron los platos dulces: los platos de
arroz con leche, los cuernos de gacela recubiertos de almendra, las floretas
empapadas en hidromiel y, por toda la mesa repartidos, higos de cuello de dama,
sandías y melones perfumados al jazmín, ciruelas claudias, pavías y
abridores, nísperos y malapios, y las últimas fresas de la temporada. Prácticamente
todo producido en la huerta de la casa o cazado en las dehesas de la familia.
Entretanto,
Alonso recorría la mansión descomedido: subía y bajaba a su habitación, se
cambiaba de traje a cada instante, paseaba entre las mesas picoteando aquí y
allá una presa de carne, un níspero, una fresa...
A
las cinco de la tarde comenzaron a llegar los invitados. Los chicos, jóvenes y
arrogantes, y las muchachas —las más de ellas acompañadas hasta la puerta de
la casa de Doña Marcela por sus madres— luciendo hermosos vestidos y tocados,
y con la oculta esperanza de poder —¡quién sabe!— emparentar con la
anfitriona. Por supuesto que también acudió Beatriz Gutiérrez, una jovencísima
rubia más interesada aún en jugar a las muñecas que en ocuparse de asuntos
amorosos, quién enseguida fue agasajada por Doña Marcela que, con todo
descaro, se la pasó al momento a su hijo Alonso, llamándolo desde la otra
punta del patio para que la atendiese. Pero éste la saludó con displicencia y
se retiró enseguida a otra parte de la fiesta, con lo que Doña Marcela se quedó
con dos palmos de narices ya que, tras tantas ilusiones puestas en ese posible
parentesco, no parecía ser la joven en cuestión la causante del manifiesto
desasosiego de su hijo.
Le
pareció a Doña Marcela como si de golpe todos los preparativos y esfuerzos
realizados para el convite hubieran sido en balde y se sentó debajo del
sicomoro desconsolada. Por lo demás, la fiesta siguió como había sido
programada: hubo toda clase de parabienes y felicitaciones, se sirvió vino
endulzado con miel, limonada y paloma; se habló de lo divino y de lo humano y
los jóvenes recorrieron toda la casa y la aneja huerta descubriendo rincones
nuevos, abriendo baúles y desatrancando puertas oxidadas de habitaciones
durante más de diez años clausuradas. Estuvo Alonso inquieto toda la tarde,
sonriendo aquí, la cabeza en las nubes allá, otorgando un beso de compromiso a
ésta o interesándose sin demasiada convicción por la salud de la familia de
aquel otro. Lo observaba su madre deseosa de averiguar a qué muchacha se dirigía
con especial solicitud o miramiento, por si acaso descubría quién había de
tal forma cautivado su corazón, pero, por más que lo intentó, no logró ni
una sola vez captar en sus saludos ese
gesto que pudiese interpretarse como premonitorio. Y así siguió desarrollándose
la tarde, con la intriga marcada en los ojos de Doña Marcela, la sorpresa
intuitiva en los de Lucrecia —que ya había descubierto que no se trataba de
ninguna de las presentes— y la preocupación de los amigos de Alonsillo, a los
que éste apenas si dedicaba tiempo y atenciones.
Al
poco, y cuando ya empezaban a formarse pequeños grupos entre los invitados,
llegaron los músicos a la casa: dos laudes, una mandolina, un salterio y una
guimbarda. Con general regocijo fueron recibidos los iniciales acordes,
comenzaron algunos invitados unos tímidos pasos de baile y llenaron la sala los
primeros aplausos. Aprovechó el joven Alonso entonces el desconcierto suscitado
por la danza para escapar de casa y correr a buscar a Catalina. Nadie se percató
del instante en que se escabullía del patio como un felino.
Atravesó
el cuarto del Medio casi volando y, por la calle del Horno, enseguida estuvo en
el cuarto del Cancillo. Subió la cuestecilla a toda prisa, dejó a la derecha
el gran pasadizo bajo el que se accedía a la puerta principal del nosocomio y
rodeó por las traseras hasta llegar a la entrada posterior, donde se había
citado con Catalina. Observó a izquierda y a derecha por si había alguien en
los alrededores mas, viendo el camino libre, saltó una cancela de hierro que
daba paso a un olivar de la orden de Alcántara, lindero al de la Sevillana,
cuyas rentas se destinaban al mantenimiento del lazareto y, una vez dentro, se
puso a imitar el canto del mirlo. Ni por un momento dudó que Catalina pudiese
haberse arrepentido y no se presentase.
En
efecto, no bien hubo empezado el trino, cuando al fondo se entreabrió una
puerta y en ella, vestida con un traje blanco de lino recién planchado,
Catalina, más hermosa que nunca, con el pelo largo desplegado por las espaldas
y sus grandes ojos verdes expectantes, apareció resplandeciente como una novia.
Se dirigió enseguida Alonso hacia la muchacha y, en voz baja, le dijo:
-Vámonos,
Catalina, date prisa. No hay tiempo que perder. ¿Tienes la llave de la cancela?
Ella
la abrió simplemente tirando de un pestillo y él se sonrió de haber tenido
que saltarla de puros nervios y por no haber observado cuidadosamente el
sencillo mecanismo de apertura. Salieron de la finca y bordearon la casa por la
derecha. Alonso la urgía a apretar el paso, cada vez más deprisa, hasta que,
viendo la joven que la conducía por las traseras de la calle de la Atalaya y en
dirección contraria a la que debían haber tomado para ir a casa de Doña
Marcela, se paró y quiso saber el porqué de aquel extraño recorrido.
-Sigue
y no preguntes- le respondió enseguida Alonso, mientras la apremiaba ya por el
camino de Gata hacia la salida del pueblo.
-Más
tarde he de contarte todo con detalles, pero ahora, por favor Catalina, sigue
adelante y no preguntes si no quieres perderme para siempre.
Ante
la insistencia del muchacho, Catalina se dejó conducir por donde el joven le
indicaba y, cuando hubieron doblado un recodo del sendero, Alonso, sujetándola
por los hombros y hundiendo en la mirada de la joven sus profundos ojos negros,
le explicó cómo en la fiesta de su casa se había apercibido de que lo que
ella le refirió en la iglesia a propósito de las intransigencias de los del
cuarto de Palacio en cuestiones matrimoniales puede que fuera cierto, y que en
su familia estuviesen urdiendo cierto compromiso con alguna mozuela de su misma
posición, cuyas familias pudiesen, con la boda, lograr un buen negocio en lugar
de la felicidad de sus respectivos hijos. Y le contó también cómo había
decidido no entrar en ese terrible juego de los noviazgos concertados, de los
amores apañados y de los desamores acordados, y cómo, de ninguna manera,
estaba dispuesto a perderla por conveniencias familiares, diciéndole finalmente
que había resuelto que se escaparan juntos a Salamanca, a casa de un pariente
de su padre, donde de seguro le darían cobijo por unos días hasta que
determinasen otra cosa. Luego le desveló lo más comprometido de su propósito
y es que él había previsto que se fugasen esa misma tarde, antes que nadie
pudiese quitarles la idea de la cabeza. Se marcharían andando sierra arriba lo
más pronto posible, de modo que cuando la noche se les echara encima hubiesen
tenido ya tiempo de buscar refugio para guarecerse en alguna majada. Y al día
siguiente, ya por las cumbres, todo habría de darse mucho más fácil, pues
también había determinado que, de acuciarles el hambre, se aventurarían a
comer de lo que el campo les ofreciese al paso: frutas, castillejos, huevos de pájaros,
morujillo, castañas, verdolagas, bellotas o incluso carambolas si fuese
necesario. Catalina le recordó a su impaciente enamorado que no era tiempo de
castañas ni de bellotas, pero éste dijo que Dios siempre provee a los jóvenes
de buenas intenciones y que, en último caso, siempre podrían comer raíces de
la tierra.
Temblaba
Catalina aterrorizada de oírle decir aquellas palabras sin sentido aparente tan
en serio pero, en el fondo, su corazón bullía de júbilo, pues acababan de
disipársele todas las dudas sobre la veracidad del amor que Alonso decía
sentir por ella. Lo abrazó entonces aún asustada y sólo dijo:
-Haré
lo que tú quieras que haga. Iré donde tú quieras que vaya, ya que desde hoy
he de pasar contigo el resto de mi vida. Si quieres que atraviese la sierra, así
lo haré. Y si deseas llevarme a tierras de batallas, en medio de los infieles,
no me negaré a complacerte. Que amor con amor se paga y el que tú me
demuestras no puede recibir a cambio más que toda mi devoción y mi lealtad.
Alonso
la besó entonces profundamente y le propuso que lo
esperase allí mismo, mientras él iba a casa a recoger unos maravedíes
y una daga por si menester era en el camino llegar a usarla, o que, mejor aún,
porque no la vieran sola a ella lejos de su casa tan a deshoras y a las afueras
del pueblo, lo esperase más arriba de la Fontanilla, camino adelante, justo en
la quebrada del portezuelo, donde se juntaba el término de Torre con el de Gata
y el sendero empezaba ya a descender hacia las tierras de la vecina villa.
-¡Pero
no tardes, por favor Alonso, no sea que se nos eche la noche encima antes de
buscar algún cobijo!
-Hasta
muy pronto, mi hermosa Catalina. Déjame que pruebe de tu boca el dulce sabor de
tus besos para que su recuerdo me impida demorarme.
-Adiós,
Alonso. Sé breve, ya que el tiempo que no estés a mi lado ha de resultarme inútil
y vacío de ahora en adelante, y no podré compartirlo ni con los olivos o los
robles, ni con el búho o la paloma, y se me hará interminable como la arena
del desierto.
Volaba
el inexperto enamorado la cuesta abajo camino de su casa y ascendía la ingenua
joven camino de la sierra. Se granaba la tarde allá en el horizonte. Remontaba
alto la alondra su vuelo raudo y Alonso y Catalina, mirados desde el cielo,
parecían dos mínimas figuras, dos diminutos puntos abajo en la vereda
avanzando en direcciones diferentes a un único destino.
CUATRO
Catalina
tuvo que sacar todas las fuerzas del mundo desde sus adentros para decidirse a
ascender sola por la empinada vereda que conducía a la quebrada, pero sobre
todo para resolverse a tomar la drástica determinación de abandonarlo todo por
seguir al apasionado joven. Ahora, ya estaba hecho. Mientras la tarde se enrojecía
sobre los picos de los montes, ella subía por aquella senda sembrada de
pedruscos que parecía no tener fin. A veces, debido a lo escarpado del terreno,
tenía que utilizar incluso las dos manos para impedir resbalarse o torcerse un
tobillo, pero como a la vez debía agarrarse el vuelo del vestido para no irle
pisando la orla a cada paso, el avance le resultaba penoso y complicado. La
tarde, entre tanto, seguía girando su paleta de colores desde el anaranjado al
gris ceniza hasta que, por momentos, cubrió de nubes gruesas y plomizas el
ocaso. Aceleró Catalina su marcha por ver si llegaba pronto al alto del paraje
y, en un mal paso, tropezó en un pedrusco y cayo de bruces, hiriéndose las
rodillas y una de las manos que, al colocarla por delante para intentar
salvaguardar su rostro en la caída, se le cortó en el afilado canto de una
piedra. Casi no le hizo caso, en un principio, al hilillo de sangre que comenzó
a brotar de su muñeca e, incorporándose resueltamente, siguió avanzando hasta
que estuvo bien arriba, donde las vaguadas de ambos pueblos se unían formando
un altozano. Allí aguardaría más sosegada a su resuelto enamorado. Pero al
llegar al alto y ver que no cesaba de fluir la sangre de su mano y que, además,
algún daño severo debía tener también en la rodilla izquierda pues, a parte
de sentir que le escocía, se notaba la enagua repegada, se apartó junto a unas
matas de tomillo y se detuvo a hacer de improvisada curandera de sí misma. Como
tantas veces lo había hecho en el hospital, intentó cortar ambas hemorragias
como pudo. Primero utilizó el pañuelo que Alonso le había dado para taponar
la herida pero, como la sangre que brotaba era abundante, se quitó la enagua e
intentó hacer con el grueso de la tela un torniquete para lograr parar un poco
el flujo de las magulladuras y los cortes. Luego, cuando le pareció que aquel
manar aflojaba, fue sacando del faldellín tiras de tela con las que
confeccionar improvisadas vendas. El cielo, mientras tanto, amenazaba lluvia por
momentos. Los pájaros habían desaparecido del espacio y ni un solo sonido se
escuchaba proveniente de ninguna de las dos aldeas que ahora equidistaban.
Cuando Catalina terminó de vendarse las heridas, su pañuelo y lo que quedaba
de su enagua estaban empapados de sangre y, por no mancharse el vestido, en
lugar de recogerlos, los dejó abandonados sobre unas matas de cantueso.
Empezaron los primeros goterones de una típica tormenta de esas de verano que
no duran más de media hora, pero que atruenan todo el cielo con su aparato eléctrico,
y la muchacha salió corriendo a refugiarse en una majada que se veía a lo
lejos.
Entretanto,
ya subía corriendo por la empinada vereda el joven Alonso con el corazón saliéndosele
del pecho por la emoción de su insólita aventura, por el deseo de tener a
Catalina definitivamente para él solo y, por supuesto, por el empinado repecho
del camino. Todo lo había llevado a cabo en un abrir y cerrar de ojos: entrar
en casa, pasar por la cocina, apropiarse de algo de comida, besar a su buena
tata Lucrecia, subir arriba, armarse de su daga, coger del arconcillo los
dineros, bajar al patio, decirle a su mejor amigo que le regalaba su perro y su
ajedrez de limoncillo y contarle a la madre una patraña:
-Que
enseguida vuelvo, madre, que sólo es un credo lo que tardo en acercarme a casa
de Frey Diego de Arellano a pedirle opinión sobre algo que tengo pensado llevar
a cabo mañana por la tarde.
-¿Y
qué llevas en esa bolsa, hijo?
Pero
el ilusionado joven ya volaba por las calles del pueblo y corría por el camino
de Gata como un gamo. No le preocupaban ni los oscuros nubarrones que de golpe
oscurecieron el terreno, ni la lluvia que había empezado a caer y que convertiría
poco a poco, de mantenerse tan abundante, la vereda en un chapatal
intransitable. Se aferraba a los matojos laterales y franqueaba las
anfractuosidades del terreno cada vez más deprisa, y ascendía por el sendero
pedregoso sin importarle el barrillo que los riachuelos de agua iban formando
entre sus dedos o el aspecto que iba tomando su traje nuevo bajo la lluvia. El
paisaje se oscurecía a toda prisa. Los velos de la noche se desparramaban
certeros sobre las montañas, y Alonso escalaba a toda prisa, para llegar a
tiempo, como si poseyese la fuerza de diez hombres.
Pronto
estuvo encaramado en la cima del otero, donde había quedado con Catalina, pero
no la halló en el sitio de la cita, sino que en medio del lugar preestablecido
lo que se erguía sobre sus cuatro patas era un enorme lobo, grande y amenazante
con sus fauces abiertas. Alonso se quedó petrificado, dejó caer la bolsa que
traía y echó instintivamente mano de la daga que llevaba enfundada en un tahalí
colgado a la cintura, cuando de pronto descubrió a lo lejos a otros dos lobos
que se disputaban unos trapos blancos ensangrentados entre feroces aullidos y
empellones. Al ver entre los dientes de las fieras aquellas telas, se le congeló
la sangre de las venas. Se le nubló la vista por un momento. ¿Cómo iba a ser
posible? Reaccionó de repente a gritos y a pedradas contra los carniceros,
logrando darle con un canto en las fauces al que más fijo lo miraba y, aunque
reticentes al principio, como siguiese el mancebo lanzándoles pedradas, las
alimañas se fueron retirando de la pequeña explanada hacia la profundidad de
la maleza.
Se
apoderó Alonso enseguida de las ropas destrozadas y empapadas de sangre. Con el
resplandor de un relámpago pudo ver un poco más lejos otro trapo en el suelo.
Y al recogerlo y reconocer que era el pañuelo que él había regalado a
Catalina, su mente recompuso en un instante la posible malaventura allí
ocurrida en su tardanza. Y toda la alegría por el cercano encuentro desapareció
al punto de su pecho, mientras un reguero de lumbre le recorría la espalda y el
estómago. Se arrodilló desesperado y se puso a decir lleno de rabia:
-¡Dios!
¿Qué te había yo hecho para que así me castigases? ¿Por qué no me enviaste
a mí la muerte antes que a ella? ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Ella iba a ser el
bálsamo para mi corazón, la luz de mis amaneceres, el consuelo de mis noches
solitarias, el refugio de mis anhelos, el alivio de todos mis deseos! ¿Qué voy
a hacer ahora si he de pasar el resto de mis días sin sus ojos? ¡Ay, mala
fortuna que consentiste que ocurriera esta desgracia! ¡Ay, destino cruelísimo
que te cegaste con su muerte y con mi vida! ¡Ay, desventurado día en que creí
haber encontrado el camino de la felicidad y se tornó en la más cruel de las
desgracias! ¿Tengo que soportar tanto dolor? ¿Estoy obligado a seguir adelante
tan desamparado? ¿Por ventura debo ser hipócritamente fuerte y valeroso y
aguantar los crueles envites del destino y no desfallecer en este trance? ¡No,
no tengo obligaciones para con nadie ya ni pienso arrastrar mi pena por una vida
de destierro! ¡Ni he de vivir el resto de mis días tan lejos de sus labios! ¡Ni
he de suspirar de ahora en adelante por un amor inalcanzado! ¡Ni volverán mis
ojos a mirar otros ojos que no sean los de ella! ¡No! ¡No consentiré que me
destrocen el corazón los terribles recuerdos de esta noche!
Y
sacando el estilete que llevaba metido en la cintura se lo clavó en el pecho,
cayó inmediatamente desplomado, quedando su cabeza y su boca contra la tierra.
Arreciaba la lluvia sobre la negra noche. Miles de cuerdas de agua
perpendiculares al suelo rebotaban sobre el terreno oscuro y lo empapaban todo.
Junto a los labios del muchacho se formaba deprisa un charco de barro
sanguinolento que la persistente lluvia desparramaba luego por los alrededores
de su cuerpo.
Entretanto,
Catalina, acurrucada junto a unas cabras en el refugio seguro de una cálida
majada, esperaba impaciente a que cesase la tormenta para regresar al sitio de
la cita. Pensaba, desasosegada, que ya habría llegado Alonso a la quebrada y
que la estaría buscando confuso e intrigado de no hallarla. Y así azorada, en
el momento que escampó un momento el aguacero, salió del aprisco determinada a
encontrarse con el joven. Apenas si podía ver la minúscula trocha que el
pastor y las cabras habían trazado con sus continuas idas y venidas al
corralejo y hubo momentos en que casi a tientas tuvo que hallar la senda. Sólo
cuando a lo lejos aún centelleó la tormenta en su lejana huida, se dio cuenta
que ya estaba llegando. Vio entre dos resplandores su enagua ensangrentada y, un
poco más adelante, a Alonso dormido sobre la tierra mojada. ¿Pero cómo iba a
ser posible que durmiese? ¿Herido? ¿Lacerado? ¿Mordido por alguna alimaña de
la noche? Se llegó hasta él a toda prisa, se arrodilló en el suelo junto a su
cuerpo, lo llamó varias veces, lo incorporó del suelo sobre sus brazos y el
resplandor del rayo, al platear su cara ensangrentada, provocó que la joven
lanzase un grito tan desgarrador que retumbó en la oscura sierra como un
bramido. Al momento, los lobos respondieron a lo que su instinto les hizo creer
que era la llamada de otra fiera y los montes cercanos se llenaron de aullidos
estremecedores. Catalina, de repente y aún en medio de su locura, empezaba a
atar cabos: su ropa ensangrentada y el pañuelo que Alonso aún sujetaba entre
sus manos, ella desaparecida cuando Alonso llegase, las huellas de los lobos,
sus aullidos...
-¡Ay
profundo dolor que me derrumbas! ¡Ay agudísima espada que me atraviesas el
costado! ¡Ay noche tan maléfica! ¡Ay vida cruel que me haces pasar por esta
prueba! ¿Por qué me has consentido vivir este momento? ¿Por qué me has
permitido conocer la cima de la desesperación? Y tú, desalmado egoísta,
inhumano avaro, desconsiderado ingrato, ¿Por qué te diste muerte sin llamarme?
¿Por qué no me esperaste, que yo, como aquel día en que te abrí mis labios,
te hubiera ofrecido mi corazón para que, antes de matarte, hundieras en él tu
gélido cuchillo? ¿Por ventura pensabas dejarme aquí prisionera de tus
recuerdos para siempre? ¿Acaso te imaginabas que se puede seguir adelante después
de haber probado el néctar de tus labios y la dulce zozobra de estar enamorada
de tus profundos ojos? ¡Creíste que había muerto aniquilada por las fieras y
no quisiste seguir sin mí más adelante! Así, amor sincero, amor desesperado,
amor audaz, amor valiente, amor osado, amor honesto y casto, amor determinado,
¿cómo comprendes que ahora yo me quede en este mundo desterrada de todas tus
solícitas caricias, proscrita de tu suave voz, desarraigada de tus deseos,
relegada de tus más íntimos pensamientos? ¡No podrá soportar mi corazón la
ausencia de tu cuerpo después de haberte amado! ¡No han de vivir mis ojos para
ver cómo colocan una pesada losa sobre tu tierno pecho! ¡No tendrá mi
pensamiento la fuerza suficiente para resistir la torpeza de este mundo después
de haber rozado el cielo con la punta de los dedos! ¡Dame ya ese cuchillo que
te traspasa el pecho y deja que mi corazón se convierta en la perfecta vaina de
su acero manchado de tu sangre!
Entonces
sacó la daga del pecho del muchacho y la hundió en el suyo, resuelta y con tal
fuerza que rápido acudieron las ansias de la muerte. Sujetó luego el cuerpo de
Alonso por el cuello mientras aún le quedaban algunas fuerzas y, acercando su
mano ensangrentada a los labios de éste, aún le dijo:
-¡Espérame,
mi amor, que ya te sigo!
Se
desplomó seguidamente sobre el joven Alonso, mientras que un mínimo manantial
enrojecido, brotado de su pecho, iba tiñendo aprisa su vestido blanco.
Las
nubes de tormenta habían corrido raudas hacia poniente y una luna metálica se
asomaba desde dentro de su aureola para servir de testigo en aquellos
sangrientos esponsales. El severo silencio quedó roto de nuevo por el aullido
estruendoso de los lobos, en tanto que los cuerpos de los jóvenes amantes se
iban iluminando poco a poco con la fría luz del astro plateado.
Juan
J. Camisón: EL CORAZÓN Y LA ESPADA
LA MALDICIÓN
DE MARIÁN
Juan José Camisón
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Hace ya mucho tiempo, cuando aún los arroyos
saltaban libremente de peña en peña, los bosques cubrían casi todas las
tierras y los pájaros eran absolutamente libres para anidar donde quisieran,
en el castillo de San Juan de Máscoras, allá en el norte de Extremadura, vivía
una joven bellísima llamada Marián.
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Era rubia, tenía los ojos
azules y el pelo larguísimo, que a veces recogía en dos grandes trenzas y las
dejaba caer blandamente sobre su pecho. Cantaba como los ángeles, sabía
componer versos y realizar magníficos bordados, hablaba latín, árabe y
francés, y una espléndida sonrisa iluminaba siempre su hermoso rostro. Paseaba
a menudo por los adarves de su castillo y, cuando hacía buen tiempo, solía
recorrer a caballo los inmensos territorios de su padre, que se extendían
desde la misma colina en que se asentaba la fortaleza hasta más allá del cauce
del río Árrago.
-
Ni que decir tiene (como
suele ocurrir en estos casos) que era la envidia de todas las demás jóvenes de
la región y de sus contornos.
-
Sin embargo sus padres (y
esto también pasa con frecuencia en las leyendas antiguas como ésta) a pesar
de que el destino, aparentemente, había colmado a su hija de virtudes, no eran
felices. Oscuros, cabizbajos y meditabundos, sólo hacían el esfuerzo de
sonreír cuando su hija Marián estaba delante, por no darle a entender el
triste drama que ocultaban en sus corazones. Desde que la niña tuvo uso de
razón, siempre disimularon, a cada sonrisa de la pequeña, las profundas
mordeduras que la enfermedad, aún no manifestada, de su hija les causaba,
ocultando la mueca de dolor que se les producía en el rostro o enmascarando
sus lágrimas cada vez que la doncella llegaba a casa alegre con un nuevo
proyecto entre los labios.
-
Pero cuando la joven iba a
cumplir los dieciséis años, no pudiendo ocultarle por más tiempo el aterrador
secreto, decidieron desvelarle lo que durante toda su niñez le habían
encubierto, aún sabiendo el gran dolor que iban a ocasionarle.
-
Se trataba de una terrible
maldición (siempre son terribles las maldiciones de los cuentos) que le había
echado el hermano de su padre, un oscuro fraile de la orden del Perero venido
de tierras mirobriguenses a instalar su hermandad de monjes-soldados por estos
pagos pero que, no habiendo tenido mucha suerte a la hora de obtener prebendas
de sus superiores y envidioso de que su hermano hubiese sido elevado a la
categoría de Gobernador de la fortaleza de San Juan de Máscoras, había
decidido abandonar la comunidad y el castillo, y retirarse a vivir abajo,
junto a las tierras pantanosas del río, en una casucha siniestra, cerca de la
fuente de Borbollón, y donde todo el mundo comentaba que practicaba la
hechicería, la magia y otras artes relacionadas con la nigromancia. Hasta tal
punto le corroían las entrañas la envidia y el resentimiento, que hizo todo lo
posible por dañar a su hermano, el Gobernador, en lo más querido que tuviese,
y el día en que Marián nació, nada más ver a la hermosa criatura y contemplar
la fascinación con que sus padres la miraban, pronunció la fatídica maldición
que ahora, casi llegada su mayoría de edad, estaba a punto de cumplirse. Ésta
fue la razón de que los padres de la joven no pudieran silenciar ante su hija
por más tiempo el pavoroso conjuro, y éstas las fatídicas palabras
pronunciadas por el abyecto fraile:
-
-¡Jamás veréis a vuestra hija
heredera de estas tierras ni de esta fortaleza porque, al llegar a la edad de
dieciséis años, la niña empezará a envejecer tan rápidamente que, antes de
daros cuenta, será una horrible anciana repugnante!
-
Fue muy doloroso para los
padres (ya lo podréis comprender) el momento en que desvelaron a su hija el
terrible secreto y, desde luego, mucho más desgarrador resultó para todos el
instante en que, llegada la fatídica hora del cumpleaños (que ni que decir
tiene ni celebraron ni conmemoraron si no fue con llantos y con tristezas), a
la bella Marián empezaron a salirle unos pequeños pliegues en el cuello que,
al principio, casi ni se le notaban pero que, al cabo de un rato, eran ya unas
arrugas más que evidentes. Y no paró ahí el proceso, que luego surgieron otras
estrías abiertamente pronunciadas debajo de los ojos, más tarde cuatro
pequeños surcos en la frente, un grano en la barbilla, otro bubón cerca de la
nariz, del que empezó a brotar un horroroso pelo largo y, al rato, una cojera,
un dolor en el cuello al intentar girarlo a la derecha, los pechos más caídos,
el vientre más abultado, la espalda un poco más curvada...
-
Marián gritaba a cada transformación sufrida
por su cuerpo y, encerrada en la torre más alta del castillo, se pasaba el día
llorando desconsoladamente, sin querer hablar ni ver a nadie, con el ruego
desesperado de que no la visitasen bajo ningún motivo, y aceptando únicamente
que le introdujesen un plato de comida, una vez al día, por debajo de la
puerta.
-
Los padres no sabían qué
hacer. Ni todo el poder que les proporcionaba el cargo de Gobernadores de
aquellas tierras, ni todo el oro o la plata de sus arcas privadas o de las de
sus deudos y allegados pudieron poner punto final al sufrimiento y a la
consternación de la abatida adolescente.
-
Y la historia empezó a correr
como la lumbre por todos los lugares de los alrededores, aumentándose,
deformándose, alimentando la morbosidad en unos y despertando la piedad en los
que la querían y un día la conocieron hermosa y joven.
-
Pero cuando la desesperación
era mayor, (esto también suele pasar muy a menudo) apareció a las puertas del
castillo la mujer más vieja de la aldea, que todos conocían con el nombre de
Sofía la Sanadora, famosa por sus ensalmos contra todo mal y sabedora de los
arcanos más recónditos de la sabiduría curativa tradicional. Preocupada ella
misma, como lo estaban todos los vecinos del poblamiento, por la desgracia que
se había abatido sobre sus gobernantes, y deseosa de aportar alguna luz ante
el terrible drama, una mañana bien temprano, se encaminó hasta la puerta del
castillo. Pidió a los centinelas que la dejasen entrevistarse con el
Gobernador y con su esposa y, cuando estuvo ante de ellos, les contó
abiertamente cuál era, a su manera de ver, lo que en aquel asunto estaba
ocurriendo y cuál habría de ser el remedio de tal enigma. Y se puso a
describirles con pelos y señales cómo, en su opinión, este sortilegio del
envejecimiento prematuro era producido por una droga que los brujos y
alquimistas lograban extraer de algunas yerbas, y cómo, para poner fin a los
males causados por dicho mal y a las dolencias derivadas, sólo existía una
única y difícil solución consistente en aplicarle a la aojada las piedras
de la juventud, que únicamente en las profundidades del río Árrago podían
encontrarse.
-
Los padres de Marián, en
cuanto columbraron aquella mínima esperanza, se apresuraron a convocar una
reunión con todos los principales de los contornos, e invitaron a dicho
concejo especialmente a los más nobles y aguerridos caballeros de la Sierra de
Agatán. Allí, y tras hacer partícipe a todo el mundo del grave problema que se
cernía sobre el futuro de su hija, ofrecieron, en un último intento de hallar
una solución desesperada, todas sus tierras y pertenencias al caballero que
fuese capaz de encontrar las piedras de la juventud en el fondo del río
Árrago.
-
Tras haber escuchado las
razones y tristezas que expuso el Gobernador, se hizo un impresionante
silencio entre los asistentes. Ninguno ignoraba que se trataba de una tarea
harto difícil. La parte del río donde se sospechaba que podían hallarse dichas
guijas pasaba justamente cerca de la morada del hermano del Gobernador, el
fraile Gelmírez, y, para que nadie pudiese apoderarse de los mágicos
guijarros, había encantado el río con un astuto sortilegio que consistía en
que cualquier persona, animal o cosa que tocase la superficie del agua quedaba
al instante convertido en árbol o matojo. Sólo los peces habían logrado huir
del maleficio y atravesaban tranquilos las solitarias aguas del torrente, sin
que de ello se derivase daño alguno.
-
Sin embargo, y a pesar de las
dificultades que la empresa planteaba, había entre los asistentes un joven
caballero de la Torre llamado Don Juan Arias quien, llevado más por el embargo
que le producía el prematuro envejecimiento de la pobre Marián que por la
posible herencia de las incontables propiedades del Gobernador de Máscoras, se
ofreció valientemente para ir en busca de las milagrosas piedras. Tenía además
motivos personales para intentarlo, ya que las heredades que atravesaba el río
encantado, y de las que ahora se había adueñado el enajenado fraile Gelmírez,
habían pertenecido desde siempre a sus antepasados y el malvado monje se las
había arrebatado con sucios encantamientos y artimañas.
-
Se alegraron el Gobernador y
su esposa cuando vieron salir al arriesgado y voluntarioso Don Juan Arias al
centro de la plaza de armas, pertrechado ya para la partida. El joven
caballero pidió el honor de intentarlo solo y por su cuenta, y que se le
permitiese realizar la hazaña cuanto antes, quedando establecido que habría de
salir en busca del remedio con las primeras luces del día siguiente.
-
Y así, con el beneplácito del
Gobernador, partió a caballo Don Juan Arias aquella madrugada de cielo gris y
frío de otoño hacia el río Árrago, cerca de los dominios pantanosos de
Borbollón, sin albergar la menor duda de que conseguiría el objetivo.
-
Cuando llegó al lugar que él
creyó que era el más idóneo, descabalgó de su montura y se acercó con sigilo a
la corriente del río, escudriñando las aguas con el deseo de ver siquiera el
brillo o los destellos de alguno de los guijarros mágicos, pero la espesa
niebla que cubría el paisaje y que avanzaba perezosamente pegada a la
superficie del torrente le impidió ver dentro de la nebulosa opacidad de las
profundas aguas. Y allí se quedó quieto sin saber qué hacer ni cómo solucionar
aquella situación desesperada.
-
Pero puesto que había llegado
hasta allí, y por ver si era cierta la leyenda que contaban por todos los
lugares acerca del maleficio de la rivera que todo lo que tocaba su superficie
se convertía en matojos, atrapó de entre las yerbas un grillo que acababa de
salir de su agujero y lo lanzó al arroyo tan lejos como pudo. No bien hubo
tocado el desventurado insecto la corriente del agua cuando de inmediato quedó
convertido en un junco flotante, que fue arrastrado aprisa río abajo.
-
Pero el joven mancebo pensó
por un instante que tal vez le habían fallado los reflejos y la vista, o que,
debido a la intrincada bruma, no había observado correctamente al grillo
cuando tomó contacto con el agua, imaginando un hecho extraordinario donde
quizás únicamente un barbo había sido el causante del prodigio al comerse al
insecto, y que el junco se hallaba ya flotando sobre las aguas antes de que él
mirase. De manera que, al cabo de un momento, y para asegurarse, pinchó con la
punta de su espada un lagarto verde que por allí pasaba y lo lanzó también a
la corriente. Como por arte de magia, no bien hubieron tocado sus patas la
superficie del río, cuando ya era un ramajo que se enredó enseguida entre unas
piedras de la orilla. Cazó luego una ardilla y la colocó esta vez muy cerca de
la ribera para ver el proceso, pero ocurrió lo mismo: el pobre animalillo,
nada más entrar en el agua, quedó flotando convertido en un desgalichado
galapero. Y no contento ni convencido aún de lo que sus ojos estaban
observando, no dudó en arrimar a su caballo negro al borde de las aguas y lo
empujó con fuerza a la corriente que no tardó un segundo en transformarlo, con
silla de montar y todo, en un enorme aliso que enseguida quedó prendido en el
fondo del río, como un náufrago medio ahogado con los brazos abiertos.
-
Quedó perplejo Don Juan
Arias, observando al misterioso río con ojos espantados. Y en ese mismo
instante oyó una extraña voz que le decía:
-
-¡Nunca conseguirás conseguir
las piedras pedregosas de ese modo modoso!
-
Pero lo más insólito del caso
era que ni allí había una boca de la que saliese la voz que había pronunciado
esas palabras, ni una cabeza a la que perteneciese la boca mencionada, ni un
cuerpo con el que pudiera vincularse dicha cabeza. Y, sin embargo, al rato
volvió a escuchar de nuevo:
-
-¡Nunca conseguirás
conseguirlo tú solo solamente, por mucho que muchísimo te empeñes empeñándote!
-
El joven caballero, intrigado
y girando la cabeza de un lado para otro, intentaba descubrir la procedencia
del aviso, al tiempo que le preguntaba a su enigmático interlocutor:
-
-¿Quién eres? ¿Dónde estás?
¿De dónde sale tu voz?
-
De pronto, de entre sus botas
surgió una especie de pequeñísimo elfo, de ésos que por estos contornos llaman
camuñas, y le dijo:
-
-Yo soy Mingolorenzo, el
dueño de las aves avícolas de estos boscosos bosques, y además soy el único
cómico mínimo súcubo que sabe cómo no convertirse en árbol o arbusto o abrojo
o rastrojo o matojo al entrar en acto de contacto con el frío río encantado,
aojado y embrujado; me muevo con ligereza entre la maleza de esta copiosa
naturaleza, y vivo debajo de la aspereza de la corteza seca de un sauce cerca
del cauce de esta fiera rivera pejiguera, y he estado observando de qué manera
somera perdías con certeza, por tu mala cabeza, un buen caballo bayo. ¡Por lo
que deduzco con pensamiento deductivo que muy grande debe ser la necesidad
necesaria que tienes y mantienes de atravesar este bravío río del escalofrío!
-
-La verdad es que sí, que has
acertado. Tengo una necesidad perentoria de meterme en sus aguas. Pero veo que
es imposible de todo punto hacerlo, a menos que quiera dejar de pertenecer al
género humano y me decida por el reino vegetal. ¡Ayúdame a penetrar en el
arroyo y a sacar de él las piedras de la juventud y te daré lo que
quieras!
-
Mientras Don Juan Arias
contaba su dilema, le rogó al pequeño camuñas que se estuviese quieto en un
sitio determinado y dejase de escabullirse y de dar vueltas y de saltar de
piedra en piedra, pues con sus continuas cabriolas y pirinalcas, y constantes
idas y venidas, lo estaba sacando de quicio (aparte de resultarle muy difícil
decidir hacia qué punto debía dirigir las frases que decía en cada momento).
-
Entonces Mingolorenzo se
paró de golpe y se quedó tan inmóvil como un soldado de plomo. Reflexionó un
instante, se rascó los cuatro pelillos de la barba y al cabo dijo:
-
-¡Acepto! Acepto el grato
trato, pero con la condición condicionada de que mi petición la conocerás
cuando conozcas el final finalizado. Y ahora escucha atentamente lo que te
diré con intención intencionada: desde que la rivera lleva la maldición
maldita de Gelmírez gelmirado, muchos animales no han podido seguir
alimentándose de los peces piscícolas que transporta entre sus aguas el río
bravío del escalofrío y están desapareciendo de estas tierras terrenales.
¿Entiendes lo que te estoy dando a entender que entiendas? Pues voy a seguir
mi seguimiento enseguida: solamente las águilas pescadoras que están bajo mi
responsabilidad responsable han sobrevivido al encantamiento encantado, ya que
llevan en sus patas un anillo mágico-técnico-lógico que les permite que las
hundan en el agua para pescar sin que sus plumas plumosas se conviertan en
árboles, arbustos, matojos y rastrojos. ¿Me sigues el seguimiento? ¿Comprendes
la comprensión comprensiva?
-
-Creo que sí.
-
-¿Sí?
-
-Sí.
-
-¿Pero sí, sí o sí con
reparos reparosos?
-
-¡Sí, sí!
-
-¿Pues a qué esperas? ¡Arre,
zurra, corre, caza una de ellas, colócate su anillo en tu dedillo y podrás
conseguir de la corriente lo que nunca consiguió la gente!
-
Don Juan Arias se quedó
asombrado de lo que estaba oyendo (cuando los misterios son tan irracionales y
a la vez tan impresionantes suele ocurrir que uno no se atreve nunca a dudar
que sea cierto lo que está viviendo), sin embargo no vaciló un momento y
aceptó ir a cazar un águila pescadora, a condición que el propio Mingolorenzo
le acompañase en tan osada empresa.
-
Y sin más demora, empezaron a
caminar hacia el lugar en que anidaban las aves de presa. De pronto, sin venir
a cuento, el cielo se oscureció como en los días invernales de cellisca, hasta
que al poco rato una terrible tormenta de espesos nubarrones comenzó a cubrir
aprisa toda la superficie de la tierra. En un santiamén llovían ya relámpagos
y rayos en lugar de agua clara sobre todo el perímetro de la zona.
-
Era Gelmírez, sin duda
ninguna, el causante de aquel extraño fenómeno meteorológico, pretendiendo
impedir con sus rayos y truenos que nadie atravesase lo que él consideraba sus
particulares territorios. Pero, a pesar de las fulguraciones violentas y de
las pavorosas detonaciones del firmamento, el joven caballero y el camuñas
llegaron a la colina de las águilas donde descubrieron que una de ellas, más
pequeña y con la cabeza más blanca que las otras, andaba dando saltos y
arrastrando un ala malherida, seguramente alcanzada por una de las chispas. No
tuvieron dificultad para atraparla y, mientras Don Juan Arias se apoderaba del
anillo, Mingolorenzo fue entablillándole el remo que le pendía a lo largo de
un costado como una vela desvencijada. Luego, el ágil elfo trepó por unas
ramas y colocó a la rapaz en un espacioso nido hecho de palitroques, de donde,
sin duda, debía haberse caído.
-
Enseguida volvieron al arroyo
y, cuando estuvieron cerca de la orilla, Mingolorenzo le dijo a Don Juan
Arias:
-
-Yo ya he cumplido mi
cometido con mi parte del trato y de la treta. Ya tienes el anillo anillado
que te permitirá sacar del río las piedras empedradas. Ahora te toca a ti
cumplir la parte de tu parte partida del pacto pactado.
-
-Pero todavía no sé cuál es
mi parte del trato –le dijo el caballero. Y el camuñas respondió sin más
demora:
-
-Ésta es tu parte partida del
trato tratado: que jamás ni tú ni tus amigos volváis a cazar en estos bosques
boscosos, ni pájaro, ni ardilla, ni zorrillo, ni oso.
-
-¡Y así se hará! –le prometió
el joven Don Juan Arias al camuñas.
-
Y, no bien hubo Mingolorenzo
escuchado la respuesta cuando, girando velozmente sobre sí mismo, desapareció
de la roca en que estaba subido como por encantamiento.
-
El caballero no se demoró un
momento y, con la seguridad de que la sortija mágica le protegería de todo
maleficio, se lanzó sin dudarlo a las profundidades de la rivera.
-
Pronto se vio nadando bajo
las frías aguas entre tal cantidad de peces que era imposible vislumbrar
cualquier otra cosa que no fuera el conjunto del cardumen. Tan fascinado
estaba de poder contemplar la ingente masa piscícola, envolviéndolo desde
todas partes a su alrededor, que se le olvidó por completo comprobar si seguía
manteniendo todo su cuerpo entero con piernas y brazos, o si ya sus cabellos
se habían transformado en ramas o raíces. Sacó la cabeza para respirar
ampliamente y buceó de nuevo buscando y buscando, hasta que por fin vino a dar
con los brillantes y mágicos guijarros de la juventud. Había más de cuarenta,
como perlas oscuras refulgentes, hundidos en la arena del fondo proceloso. Con
tres tuvo bastante. Los apretó en el puño y, dando un brusco giro, inició la
subida desde las profundidades de la rivera. Pero, al intentar salir a la
superficie de las aguas, sus ojos desesperados vieron cómo una capa espesa de
hielo las cubría lo mismo que una losa trasparente impidiéndole la salida, y
casi a punto estuvo el caballero de perecer ahogado, de no haber sido por el
acero de su espada, las fuerzas de su arrogante juventud y su firme voluntad
que empleó en abrir una brecha por donde sacar al menos la cabeza.
-
(¡Tampoco aquella vez el
malévolo fraile había ganado!)
-
Salió deprisa de entre los
bloques de hielo que atenazaban la rivera y, lleno de felicidad, esa misma
tarde, con el orgullo de quien acaba de llevar a cabo una misión difícil con
éxito rotundo, fue a llevarle las piedras milagrosas a los padres de Marián,
quienes, sin tardanza, introduciéndolas en una bolsita de seda, las colgaron
al cuello de su apenada hija para que obrasen cuanto antes el esperado
milagro.
-
Al instante la muchacha pudo
incorporarse del lecho en que yacía inmovilizada de dolores desde hacía varios
días y, al rato, se sintió algo mejorada de su terrible reúma, su piel empezó
a llenarse de músculos y vida lentamente, su cuerpo a enderezarse poco a poco,
de su rostro desapareció la demacrada expresión que la hacía parecer casi una
anciana, la sonrisa se posó otra vez sobre sus labios sonrosados, y un buen
montón de canas cayó de su cabeza, dejando ver debajo su antigua mata de
cabellos rubios y relucientes como recién lavados.
-
Marián volvía a tener
dieciséis años, era hermosa de nuevo, sus padres habían recuperado la
tranquilidad y la confianza en el futuro y por todo el pueblo de San Juan de
Máscoras corrió de boca en boca la noticia de la mágica curación de la hija
del Gobernador (que estas noticias suelen volar como la lumbre).
-
Don Juan Arias, por su parte,
recibió lo prometido. Aquella misma noche, en una cena celebrada en los
salones del castillo, fue nombrado heredero de todas las posesiones que por
ley natural y por derecho, en otras circunstancias, hubieran pertenecido a
Marián en un futuro. Se le invistió además como Caballero de la orden del
Perero, y un tío de Marián, adelantado mayor del rey de León, le impuso la
Gran Venera de oro y plata con que eran premiados los esforzados caballeros en
heroicas hazañas victoriosas.
-
Pero nada de todo esto
parecía colmar las aspiraciones de Don Juan Arias y se mostraba, en lugar de
rebosante de alegría y dichoso, lleno de remordimientos y meditabundo. Y ya
casi al final de la velada, llegados a los postres y cuando los tañedores de
laúdes y vihuelas iban a comenzar el baile de la fiesta, se incorporó el
mancebo, rogó silencio, pidió al Gobernador la venia y la palabra y,
dirigiéndose a todos los presentes, habló de esta manera:
-
-Me habéis agasajado como si
fuera un hijo vuestro, entregándome más riquezas y terrenos de los que un
hombre puede desear en esta vida y llenándome de honores y de inmerecidas
condecoraciones. Es verdad que habíamos hecho un pacto y que con estos
nombramientos y donaciones no hacéis sino cumplir con vuestra palabra de
caballero. Pero yo, por mi parte, debo añadir algo más: y es que, si bien es
cierto que al principio no me movían otros intereses que los de recuperar las
tierras que bordean la rivera de Árrago y que fueron antaño (como sabemos
todos) de mis antepasados, sin embargo, a medida que la aventura fue
avanzando, he de confesar aquí públicamente que tomé particular conciencia de
lo que para vos, Gobernador, significaban esas piedras, y poco a poco fui
abandonando la idea de recuperar la hacienda de mis antecesores a favor de lo
que para vos y para vuestra hija supondría la posesión de las preciadas
guijas. Por eso, ahora que habéis logrado el deseo de ver curada a la persona
que más amáis, no sería de bien nacido si yo os arrebatara tanta dicha
aceptando vuestras posesiones y dineros, pues de nada serviría haber
recuperado la juventud y belleza de una hija si, a cambio, y por mi mala
conciencia, os enviase a mendigar a vos y a vuestra familia el resto de
vuestros días. Por ello quiero haceros saber que sólo aceptaré la herencia si
además me concedéis a la heredera como esposa.
-
Hubo un silencio expectante
tras la intervención del decidido joven... (Era lógico que aquella proposición
inesperada dejase confundido al padre de la chica. Debe seguirse ahora una
pausa larguísima, cosa lógica, por otra parte... El tiempo de reaccionar y de
buscar una solución adecuada al emocionante momento...)
-
Se levantó el Gobernador, al
cabo de un buen rato, y le pidió el consentimiento a Marián para entregarla
como esposa al caballero. Ella dijo:
-
-Sí acepto.
-
Y todos los gorros y
sombreros de aquellos comensales volaron por el aire en medio de cien gritos,
aplausos y silbidos de júbilo.
-
Para la boda acudieron hasta
el castillo de San Juan de Máscoras desde la Torre de Don Miguel todos los
familiares y allegados de Don Juan Arias. Una caravana de endomingados
personajes a caballo y una reata de mulillas cargadas de regalos sembró de
colorido el tortuoso camino que separaba ambas aldeas. Las campanas de los dos
pueblos repicaron durante toda la mañana para dar a conocer la buena noticia.
Se celebraron los esponsales y los consecuentes festejos como correspondía a
un enlace en el que ambas partes aportaban la misma alegría y felicidad que
esperaban recibir. Hubo misa mayor, opípara comilona para todos los
asistentes, baile en la plaza del rollo, se les cantó el tálamo a los novios
delante de la ermita y hasta se lidiaron tres vaquillas en el coso de la
muralla, pagadas por el padre de Don Juan Arias, Don Sebastián, que ni cabía
en sí de júbilo, por haber recuperado las tierras de sus antecesores y casar
al hijo con una muchacha tan de su gusto.
-
Tras los esponsales, en una
cosa sí que estuvieron completamente de acuerdo Don Juan y Marián, y fue que,
para olvidar aquellos momentos tan terribles en que la joven había sufrido
tanto, decidieron instalarse para su vida de casados lejos de los malos
recuerdos soportados en el castillo de su padre. Por lo que se bajaron a vivir
al pueblo de la Torre, en una casa rodeada de huertas que Don Juan tenía junto
a un arroyo rumoroso que discurría no lejos del pueblecito. Allí cultivaron
ellos mismos sus propiedades, vivieron de lo que les producían sus tierras y,
como le prometieron al camuñas, jamás hubo en su mesa ni faisán ni venado ni
otra ave o mamífero que no hubiese crecido en sus corrales.
-
Y así fueron felices durante
muchos lustros, enterraron los recuerdos del perverso monje Gelmírez y sus
maquinaciones, tuvieron hijos sanos, acrecentaron su fortuna y su cariño con
el paso del tiempo y, tras muchos, muchos años, se enfrentaron a la vejez con
la tranquilidad que da una vida vivida honradamente, trabajando en su casa,
educando a sus hijos, compartiendo con todos los que les rodeaban el esfuerzo
cotidiano de mejorar el mundo.
-
(Y aquí podía haber
terminado, a la manera tradicional, este emotivo cuento pero, para sorpresa de
todos, aún ocurrieron los inesperados acontecimientos que se siguen...)
-
Se hacía mayor Don Juan
serenamente, aceptándose achaques, arrugas y dolencias con la resignación de
quien se sabe solamente el eslabón de una cadena biológica y humana. Y se
sentía lleno de felicidad al ver cómo en su esposa no parecía hacer mella el
tiempo transcurrido, pues él la seguía viendo hermosa y joven como cuando se
conocieron...
-
Pero no eran sólo
apariencias, pues desde que sus padres le colgaron al cuello las piedras
milagrosas, se decía por todo el pueblo (y cada vez con más razones) que
Marián no envejecía. Y, aunque a su marido le pareciese que, de una manera
natural o por pura poesía o por justo enamoramiento, su esposa debía seguir
manteniéndose joven y bella para siempre, la verdad es que ella misma estaba
ya bastante preocupada de ver cómo los años iban haciendo incluso más mella en
sus propios hijos que en sí misma, y se atormentaba de ver a la gente que
conocía degradándose lentamente, mientras ella seguía manteniéndose fresca
como una flor en su primera madrugada. Ni una arruga, ni un rictus que
denunciase el paso de los años, ni una cana, ni un dolor, ni un achaque
sufrido en todos estos años... Lo que en principio le pareció el más
maravilloso elixir de la existencia, había acabado por convertirse en una
carga insoportable. Estar obligada a contemplar, sin tener la oportunidad de
acompañarles en el proceso, cómo los seres que ella amaba se iban debilitando
y deteriorando físicamente le llegó a parecer una penalidad insoportable.
-
Hasta que un día, le rogó a
su marido que la llevase a la orilla del Árrago y que le mostrase el sitio en
que había encontrado las piedras prodigiosas.
-
Así lo hizo Don Juan, no sin
ciertas dificultades, pues ya no era un hombre con la vitalidad de antes. Se
valió de sus hijos para que llevasen a cabo todos los preparativos y
enjaezasen una mulilla para el desplazamiento pero, a petición de Marián, no
permitió que ninguno de ellos les acompañasen. Montó el anciano caballero
sobre la cabalgadura como pudo y, con su esposa tirando de la brida (que razón
era, pues conservaba aún todas sus fuerzas), se dirigieron hacia el río muy
temprano. Era otoño como en aquella mañana en que, siendo aún un pletórico
joven, había tenido fuerzas para tirarse al agua. Hoy por nada del mundo
hubiera podido soportar el remojón y el riesgo del esfuerzo. Como entonces,
una persistente y pegajosa neblina recubría la superficie de las aguas, tan
sólo desbaratada por las ramas de un añoso aliso que parecía sacar los brazos
de las aguas para pedir ayuda. Descabalgó Don Juan de la mulilla, se acercaron
los esposos al borde de la corriente y él le indicó el lugar exacto en donde
antaño encontró las guijas milagrosas. Miró hacia el agua Marián y, tocándose
al cuello la bolsa que las contenía, le dijo a su marido:
-
-Debo decirte algo: estas
mágicas piedras me han conservado joven para siempre desde el día en que mis
padres las anudaron a mi cuello, y he de reconocer que no hay mejor regalo
para una mujer que la belleza que da la eterna juventud y la frescura, pero ya
estoy cansada de ver cómo los míos envejecen, cómo mi misma hija parece más mi
hermana, cuando no mi propia madre. Sé que se debe al efecto de los guijarros
el hecho de que tú me sigas viendo joven y lozana y no a que, como dices, yo
tenga un pelo sedoso o una piel especial que no hace arrugas. Pero yo no puedo
soportar ni siquiera un día más que, tras haberme dado tanto amor, tantas
horas felices, unos hermosos hijos y mil razones para seguir adelante, tú ya
te estés marchando en silencio de este mundo mientras yo sigo tan joven como
cuando nos casamos.
-
-¡Pero Marián!
-
-No, no voy a consentir que
me dejes atrás cargada con una ausencia que ha de resultarme del todo
insoportable. Yo no quiero vivir si no es contigo. Por eso he decidido
quitarme de mi cuello estas preseas y arrojarlas al sitio en que estuvieron
hasta que las hallaste. No quiero avanzar más por esta vida si no lo hacemos
juntos.
-
-¡No, Marián, te lo ruego!
-
Sólo esta corta frase logró
decir Don Juan después de las palabras de su esposa, pero ya era muy tarde: de
un tirón, Marián arrancó de su cuello el maravilloso amuleto que la había
preservado tanto tiempo del envejecimiento y, lanzándolo con fuerza hacia lo
lejos, cayó sobre las aguas del río Árrago y comenzó a hundirse en las
profundidades de la rivera.
-
Al instante, del mismo modo
que ocurrió hacía tiempo, empezaron a surgir arrugas por todo el rostro de
Marián, por su menudo cuello, sus manos y su frente, se deformó su espalda
arqueando su cuerpo a toda prisa, la cintura cambió de posición ensanchando de
golpe sus caderas, las canas acudieron aprisa para sustituir a sus dorados
cabellos juveniles y, mientras a cada paso de la cruel metamorfosis, ella le
repetía a su marido que lo amaba sobre todas las cosas de este mundo y como
nunca en el pasado lo había hecho, él la sujetaba entre sus brazos, llorando y
gritando desesperadamente:
-
-¡No, Marián, por piedad! ¡No
puedes hacer esto! ¡Dios mío, que por favor alguien me ayude! ¡Marián! ¡Mi
amada Marián!
-
Entonces, como si de una
situación vivida en otro tiempo se tratase, se oyó una voz junto a las aguas
que repetía deprisa:
-
-¡Nunca conseguirás conseguir
el socorro socorrido que buscas si no me buscas!
-
-¡Mingolorenzo! ¿Eres tú?
¿Eres tú, amigo? –preguntó Don Juan asombrado de haber reconocido aquella voz
que le llegaba como desde un sueño.
-
-¡Pues claro que clarea y que
soy yo siendo mí mismo! –Respondió el pequeño elfo, al tiempo que daba un
salto desde detrás de unas zarzas y se hacía visible.
-
Don Juan, con los ojos llenos
de lágrimas, las manos temblorosas y el cuerpo de su envejecida esposa
temblando entre sus brazos, intentó darle explicaciones al camuñas de lo que
estaba ocurriendo, pero Mingolorenzo, que todo lo había visto, le dijo muy
bajito:
-
-Sólo debes tratar de besar a
tu mujer para salir en un tris del triste trance que te trastorna.
-
-¡No te burles de mí, querido
amigo, en esta dolorosa hora de mi vida!
-
-¡Si no me burlo
burlonamente! ¡Hazlo!
-
-¡Mingolorenzo!
-
-¡Vamos, vamos, vamos! ¡Fuera
pausas, date prisa, déjate de prosas!
-
Hizo Don Juan como le
aconsejaba el duende sin comprender siquiera las razones, pero puesto que la
petición era sobradamente fácil de cumplir, ya que en aquel instante no
deseaba otra cosa que estar unido a su adorada esposa, estrechó a Marián
suavemente contra su pecho y depositó en sus ajados labios un apasionado beso
lleno de ternura.
-
Al instante, y a medida que
ambos cuerpos se fundieron en un profundo abrazo, un suave vientecillo se
levantó y barrió de la superficie de la rivera la niebla plateada que, como el
velo de una bruja, desapareció en el cielo perseguida por los dorados reflejos
del sol asomándose ya detrás de una colina. Entretanto, los miembros
entrelazados de Marián y de su marido se estaban volviendo de color verdoso, y
de sus fundidas sienes habían comenzado a brotar pequeñas ramas tiernas
cubiertas de braquiolas, al tiempo que por todas partes les nacía una corteza
de sauce verdiblanca de la que iban surgiendo varas y gajuelos con brotes y
pujantes renuevos que la brisa movía levemente como si fueran plumas. De los
pies y tobillos nacieron cien raíces que rápido buscaron las cálidas
profundidades de la tierra y, tan pronto como se hundieron dentro de ella,
aquellos cuerpos glaucos, cubiertos de follaje, empezaron a hacerse más
robustos, a izarse por el aire con un vigor desconocido y a generar con fuerza
nuevos vástagos y acodos que enseguida lograron conformar la espesa copa de un
elegante sauce que desde entonces sombrea tibiamente, en las tardes de verano,
la pradera existente junto al río.
-
(Y dicen los camuñas, los
elfos y los gnomos que, sólo bajo los árboles surgidos de estos amantes
verdaderos, construyen sus moradas.)
EL
CORAZÓN COMIDO
UNO
ISABEL:
¡No te vayas así! ¡Ni me dejes con esta congoja metida en el corazón! ¡Quédate!
¡Quédate! ¡Que quiero que me ames de nuevo como si fuera la última que nos
vamos a ver en este mundo! Suelta esas calzas a un lado y ese jubón... Y la
almilla y los gregüescos... No te vistas aún... Déjame sentir tu piel de
nuevo sobre mi cuerpo y oír latir tu corazón cercano al mío, mientras esta
sed que me abrasa se sacia con la frescura de tus labios.
MARTÍN:
No insistas, Isabel. Todo ha de ser de ahora en adelante diferente. Déjame que
me vaya. Otro día volveré, te lo prometo.
ISABEL:
¿Otro día? ¿Quién puede confiar en el mañana? ¡Ámame ahora! ¡Abrázame
de nuevo!
MARTÍN:
Tengo que marcharme ya. Lo sabes bien.
ISABEL:
Aún es de noche, Martín. ¿Cómo vas a bajar por esa tapia?
MARTÍN:
Ya suena la alondra allá en el monte.
ISABEL:
¿Tan temprano canta hoy?
MARTÍN:
Tú misma puedes oírla...
ISABEL:
¡Ay maldita luz del día que me deja sin lo que más amo en este mundo! ¡Aborrecible
claridad que pretende exponer mis tesoros ocultos a la vista de todos! ¡Que se
cierren los cielos para siempre y que una perpetua noche gobierne el universo
eternamente para tenerte sin cesar entre mis brazos! ¡Que se retire el sol del
cielo luminoso si con ello no te pierdo...!
MARTÍN:
Debo irme enseguida.
ISABNEL:
No me escuchas. No me comprendes ¿verdad? O no puedes comprenderme porque ya no
me amas. Sí, eso es. Porque si me amaras no podrías despegarte de mi lado o te
desgarrarías al hacerlo, como a mí me ocurre cuando te siento lejos.
MARTÍN:
Isabel, no tienes derecho...
ISABEL:
¿Tú me amas de veras, Martín? ¿Tú me amas ahora como de niños jurabas que
me amarías? ¿Como antes de que todo esto ocurriera? ¿Tú crees que me amas o
es una rutina? ¿Tú sigues siendo el mismo Martín de otras veces