VIRGEN DE LA CARIDAD
(La imagen pertenece a la Hermandad Penitencial del Stmo. Cristo del Amor de Cáceres)
 
                                                                  Foto: Juan J. Camisón

1. La Imagen: 

    La Imagen de la Virgen de la Caridad es una talla de tamaño un poco más pequeña que el natural (1,45 metros), realizada en madera de nogal, de cuerpo entero, anatómicamente perfecto, y articulado en los codos y muñecas. Es una imagen vestidera, por lo que los detalles que más primorosamente han sido trabajados son el rostro y las manos, aunque especial mención habría que hacer a sus zapatos de estilo italiano, dorados y policromados pulcramente y estofados con finas fimbrias doradas. Parece una obra, sin embargo, española, del siglo XVII. Hay virgenes de la escuela castellana, de Gregorio Fernández concretamente, que recuerdan la dulzura de su rostro y el torneado de sus manos. Y si no fuera porque, debido a sus características, se escapa de época, cabría emparentarla con la finura y belleza de las Vírgenes de Salvador Carmona. Tiene hermosos ojos de cristal, dulce mirada, cuello suave, leve giro de cabeza hacia la izquierda, pelo recogido en la nuca y unas manos con una delicadeza y una fuerza expresiva fuera de lo común. Su cara está unida a la cabeza por ensambladuras de madera bajo el estuco. Era en origen una Virgen de Gloria que debió ser adaptada a las necesidades de la Cofradía para poder procesionarla. Y hay que decir que fue un verdadero acierto. Con ello ganó en expresividad y pudo salir a primer plano toda la impresionante belleza que llevaba oculta. Hoy es quizás la Virgen más hermosa que procesiona por las calles de Cáceres. Son de destacar la dulzura de su rostro y el impresionante modelado de sus manos, altamente atractivas y particularmente bellas. 

 

2. La restauración de la imagen:

Para adaptarla a las necesidades de la Hermandad que la procesiona, hubo que cambiarle el color y las veladuras del rostro, haciéndoselo mucho más oscuro y sofocado, así como la línea los labios, que hubo que abrir y alargar, y la de las cejas que hubo igualmente que corregir para imprimirle más dramatismo. De igual manera, fue necesario adjuntarle cuatro lágrimas que lleva exáctamente en el mismo sitio que la Macarena de Sevilla. Labor delicada y paciente que llevaron a cabo el restaurador Eduardo Álvarez y sus ayudantes, bajo la dirección de Juan J. Camisón. 

Su indudable belleza se ve potenciada, año tras año, por el buen hacer de su camarero, Sergio Bejarano, que la viste y engalana como a una estrella, consiguiendo que, cada Jueves Santo, pueda verse en la noche cacereña una auténtica obra de arte de estilo y armonía, de esplendor y hermosura.

 

 

 
Fotos: Juan J. Camisón

3. El Equipo de Restauración:  

EDUARDO ÁLVAREZ
JUAN J. CAMISÓN
LORENZO GÓMEZ
 

4. El Soneto-Saeta:

VIRGEN DE LA CARIDAD

¡Virgen de la Caridad
que vas, con contrito llanto,
la noche del Jueves Santo,
perdida por la ciudad,
 
buscando con ansiedad
a tu hijo sacrosanto,
envuelta en tan negro manto
de tristeza y soledad... !
 
¡Déjame que te acompañe
en tu recorrido largo
de dolor y desconsuelo...!
 
¡Déjame que te acompañe,..
...Y enjuague mi llanto amargo 
ahí en tu blanco pañuelo!

 

JUAN J. CAMISÓN
 
5. El Soneto: 

 

VIRGEN DE LA CARIDAD
 
Virgen hermosa de la Caridad:
llevas tan hondo y escondido llanto,
cuando sales de noche, el Jueves Santo,
que a mí me llenas de íntima piedad,
 
al verte recorriendo la ciudad,
envuelto tu dolor en negro manto,
tras las huellas de Tu Hijo Sacrosanto,
perdida en tu terrible soledad.
 
Déjame, por favor, que te acompañe
en tu amargo y terrible recorrido
de desesperación y desconsuelo.
 
Y que tu llanto virginal no empañe
más tu rostro apenado y dolorido
ni la impoluta flor de tu pañuelo.

JUANN JOSÉ CAMISÓN

 

4. El Poema: 

QUE SALE LA CARIDAD 
  I
Cuando, cada primavera,
el aroma de las flores
viene a perfumar la espera
del Jueves Santo, y de olores
se inunda la tierra entera,
hay siempre un brote certero
que rompe de los primeros
para embriagar con su aroma
el sentido y la garganta
de quien aguarda impaciente
la noche más refulgente
que hay en la Semana Santa.
 
II
Ese capullo impecable,
esa rosa perfumada,
que despliega su corola
y su fragancia en el cielo,
como una sutil paloma
que va esparciendo su vuelo,
esa azucena imponente
colmada de refulgencia,
repleta de majestad,
es la Virgen más hermosa
que pasea por las calles
y plazas de mi ciudad:
Virgen de la Caridad,
la del rubor encendido,
la que en su mirada lleva
de amor explícita prueba
para que construyan nido
los corazones ardientes
que buscaron impacientes,
una elevada atalaya
para posar sus anhelos
arriba, cerca del cielo,
y encontraron en sus ojos
la complicidad precisa
para quedarse prendidos
por siempre de su mirada
serena y enamorada,
y en sus manos expresivas
todas las expectativas
para vivir a su lado
un idilio apasionado
y arrebatado de amores,
en la estación de las flores...
 
III
Y cuando, al cabo, decide
la Virgen más primorosa,
clara y cristalina rosa,
hecha promesa ya cierta,
salir un día por la puerta,
del templo de San José,
turbado el aire la acosa,
perplejo y desorientado,
dejando tras sí, enredado,
su rastro de terciopelo
y pintando, emocionado,
remolinos en el suelo,
confundido en la zozobra
de ver que asoma por fin
y deja su camarín
la flor más bella del mundo
hecha mujer, un segundo,
tan exquisita y hermosa
que, al verla, los cacereños
se turban en bellos sueños
y se les llenan ojos
de lágrimas refulgentes,
río de amor transparente
desbordando las aceras
atestadas de la calle,
mientras se cimbrea su talle
sobre su paso de plata
a los sones de una banda
que va detrás de las andas,
imprimiendo en las caderas
de los hermanos de carga
una cadencia certera,
aplomo en sus alpargatas,
armonía en los varales
y compás en los ciriales. 
 
IV
Una emoción reverente,
al crepúsculo trastorna,
y hasta la tarde se adorna
con sus mejores colores,
que sale, envuelta en olores
a dulce incienso y vainilla,
mecida en su canastilla,
y entre sones de clarines,
la Virgen entre carmines
y violetas en el cielo,
y, en alborozado vuelo
ante su ansiada presencia,
acuden, en obediencia,
arcángeles, querubines
y un coro de serafines
en un inmenso revuelo,
para ahuecarle su velo
y poner en su corona
una estrella refulgente
que le embellezca la frente
e ilumine su persona.
 
V
Que sale la Caridad!
gritan los grandes y chicos,
que sale la Caridad
aupada en un abanico
de capullos de alelíes,
bajando las escaleras
en vilo sus costaleros
para que no se le vierta
el agua de los floreros
ni el llanto de sus pestañas,
que no los hay con más maña
echándole un pulso al cielo
ni haciendo mejor hazaña.
Callarse que se la escuche,
que dicen que mientras baja
baja diciendo bajito:
bajadme quedo, pasito,
dad pocos pasos, mocitos,
hacedlo con buena traza,
que traigo mi corazón
traspasado de cuchillos
y me aprieta en el justillo
a la menor ocasión.
Y ellos la cuidan y miman
hasta que, estando bajando,
allí en la misma escalera,
sin acabar de bajar,
consiguen que se relaje,
antes de emprender viaje
otro año por la ciudad:
Virgen de la Caridad,
no te preocupes de nada
que mi mano enamorada
ha de moverte, acertada,
con maña y con suavidad.
Y la Virgen cacereña
serenada, se confía
y llena con su armonía
la calle al llegar abajo,
en cuanto empieza la gente
a aplaudirla abiertamente
y suenan las campanillas
y palean las horquillas
y rasgan siete saetas
la tarde y una trompeta
aturde a la concurrencia
mientras que con displicencia
quema el incienso un monago
para emborrachar el aire
con su perfume fragante
y los tambores redoblan
despertándose del sueño
de todo un año dormido,
resueltos y atronadores...
 
VI
Ya va aminosa en la calle,
ya se le cimbrea el talle
al son de los atabales.
Trasuntos inmemoriales
se despiertan enseguida,
entre mecida y mecida
que fuerzan los costaleros.
Un extranjero perdido
que hay en el recorrido
se pregunta, confundido,
cómo es posible que tal
conjunción de perfecciones
se den a la vez sin que
se rompan por dentro en dos
al verlas los corazones...!
Y la Virgen cacereña,
arrebolada en su gracia,
sumida en belleza suma,
se ufana y se crece una
y mil veces cuando pasa
por delante de las casas
de todos los cacereños,
mientras grandes y pequeños
le van diciendo bajito,
en ese hermoso minuto
en que se vuelven de luto
las torres y los palacios:
¡Adelante despacito!
¡Mecedla quedo, con calma,
que va medio adormecida
entre mecida y mecida,
y hasta parece que llora
y se le estremece el alma
si no la mecéis con maña
a la Virgen más bonita
que hubo jamás en España...!
 
VII
Viene bajando del cielo
el atardecer deprisa
y, veloz, se arremolina
alrededor de su cara,
transparente aguamarina,
mientras la candelería
la llena de fantasía
con sus tibios resplandores,
y mil docenas de flores
le repiten a porfía:
¡Guapa de pies a cabeza,
que no cabe más belleza
ni más arte y gallardía
ni aquí ni en Andalucía...!
Y, con la noche ya entrada
y en su cara reflejada
la hermosura de la luna,
no hay como ella ninguna
que camine tan airosa
por esta plaza, esa calle,
ni que tenga mejor talle,
o que sea más hermosa.
 
VIII
La Virgen, en sus mejillas,
lleva, bajo la mantilla,
un resplandor celestial
y un arrobo inusual
que le dan las candelillas,
y, aunque Cáceres no es Sevilla,
cuando tanta maravilla
recorre de orilla a orilla
las calles de la ciudad 
la noche del Jueves Santo,
ni nunca se vio, al pasar,
brillar una estrella tanto
ni, sobre su inmenso manto,
se vieron nunca brillar
las estrellas con más brío,
radiante raudal de río
de trasparentes zafiros,
que, con los hondos suspiros
de los que la ven pasar
con lágrimas en los ojos,
ella transforma en manojos
de luceros de cristal
que va prendiendo en su cola
de hermosa dama española
que sale por su ciudad
para que la llamen reina,
princesa de belleza,
grial de delicadeza,
Virgen de la Caridad.
 
IX
Dejadla que se cimbree,
que se pierda en su hermosura,
que en su luz se enseñoree,
dejadla que se pasee
por esa bella ciudad
de piedra viva que reza
y enciende su devoción
al paso de la belleza
y de la intensa emoción
que infunde su procesión...
Dejadla por donde va,
que, aunque envuelta en soledad
y en negro y amplio vestido,
ella sabe que no está
ni sola ni abandonada...,
que detrás, enamorada,
la sigue en su recorrido,
apaciguando su herida,
y estimulando su ensueño,
una ola enardecida
de devotos cacereños,
que siempre con ella irán
a donde quiera que vaya
y no la abandonarán.
 
X
Noche mágica, estrellada,
noche honda, emocionada,
prepara tu oscuridad
y acicala tus estrellas,
que va a salir a la calle
la más hermosa y más bella:
Virgen de la Caridad.
 
 
JUAN JOSÉ CAMISÓN, 2003
 

5. La Marcha Procesional:

(PÁGINA EN CONSTRUCCIÓN. VEUILLEZ PATIENTER)

 

Juan José Camisón

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