- QUE
SALE LA CARIDAD
-
-
I
- Cuando,
cada primavera,
- el
aroma de las flores
- viene
a perfumar la espera
- del
Jueves Santo, y de olores
- se
inunda la tierra entera,
- hay
siempre un brote certero
- que
rompe de los primeros
- para
embriagar con su aroma
- el
sentido y la garganta
- de
quien aguarda impaciente
- la
noche más refulgente
- que
hay en la Semana Santa.
-
- II
- Ese
capullo impecable,
- esa
rosa perfumada,
- que
despliega su corola
- y
su fragancia en el cielo,
- como
una sutil paloma
- que
va esparciendo su vuelo,
- esa
azucena imponente
- colmada
de refulgencia,
- repleta
de majestad,
- es
la Virgen más hermosa
- que
pasea por las calles
- y
plazas de mi ciudad:
- Virgen
de la Caridad,
- la
del rubor encendido,
- la
que en su mirada lleva
- de
amor explícita prueba
- para
que construyan nido
- los
corazones ardientes
- que
buscaron impacientes,
- una
elevada atalaya
- para
posar sus anhelos
- arriba,
cerca del cielo,
- y
encontraron en sus ojos
- la
complicidad precisa
- para
quedarse prendidos
- por
siempre de su mirada
- serena
y enamorada,
- y
en sus manos expresivas
- todas
las expectativas
- para
vivir a su lado
- un
idilio apasionado
- y
arrebatado de amores,
- en
la estación de las flores...
-
- III
- Y
cuando, al cabo, decide
- la
Virgen más primorosa,
- clara
y cristalina rosa,
- hecha
promesa ya cierta,
- salir
un día por la puerta,
- del
templo de San José,
- turbado
el aire la acosa,
- perplejo
y desorientado,
- dejando
tras sí, enredado,
- su
rastro de terciopelo
- y
pintando, emocionado,
- remolinos
en el suelo,
- confundido
en la zozobra
- de
ver que asoma por fin
- y
deja su camarín
- la
flor más bella del mundo
- hecha
mujer, un segundo,
- tan
exquisita y hermosa
- que,
al verla, los cacereños
- se
turban en bellos sueños
- y
se les llenan ojos
- de
lágrimas refulgentes,
- río
de amor transparente
- desbordando
las aceras
- atestadas
de la calle,
- mientras
se cimbrea su talle
- sobre
su paso de plata
- a
los sones de una banda
- que
va detrás de las andas,
- imprimiendo
en las caderas
- de
los hermanos de carga
- una
cadencia certera,
- aplomo
en sus alpargatas,
- armonía
en los varales
- y
compás en los ciriales.
-
- IV
- Una
emoción reverente,
- al
crepúsculo trastorna,
- y
hasta la tarde se adorna
- con
sus mejores colores,
- que
sale, envuelta en olores
- a
dulce incienso y vainilla,
- mecida
en su canastilla,
- y
entre sones de clarines,
- la
Virgen entre carmines
- y
violetas en el cielo,
- y,
en alborozado vuelo
- ante
su ansiada presencia,
- acuden,
en obediencia,
- arcángeles,
querubines
- y
un coro de serafines
- en
un inmenso revuelo,
- para
ahuecarle su velo
- y
poner en su corona
- una
estrella refulgente
- que
le embellezca la frente
- e
ilumine su persona.
-
- V
- Que
sale la Caridad!
- gritan
los grandes y chicos,
- que
sale la Caridad
- aupada
en un abanico
- de
capullos de alelíes,
- bajando
las escaleras
- en
vilo sus costaleros
- para
que no se le vierta
- el
agua de los floreros
- ni
el llanto de sus pestañas,
- que
no los hay con más maña
- echándole
un pulso al cielo
- ni
haciendo mejor hazaña.
- Callarse
que se la escuche,
- que
dicen que mientras baja
- baja
diciendo bajito:
- bajadme
quedo, pasito,
- dad
pocos pasos, mocitos,
- hacedlo
con buena traza,
- que
traigo mi corazón
- traspasado
de cuchillos
- y
me aprieta en el justillo
- a
la menor ocasión.
- Y
ellos la cuidan y miman
- hasta
que, estando bajando,
- allí
en la misma escalera,
- sin
acabar de bajar,
- consiguen
que se relaje,
- antes
de emprender viaje
- otro
año por la ciudad:
- Virgen
de la Caridad,
- no
te preocupes de nada
- que
mi mano enamorada
- ha
de moverte, acertada,
- con
maña y con suavidad.
- Y
la Virgen cacereña
- serenada,
se confía
- y
llena con su armonía
- la
calle al llegar abajo,
- en
cuanto empieza la gente
- a
aplaudirla abiertamente
- y
suenan las campanillas
- y
palean las horquillas
- y
rasgan siete saetas
- la
tarde y una trompeta
- aturde
a la concurrencia
- mientras
que con displicencia
- quema
el incienso un monago
- para
emborrachar el aire
- con
su perfume fragante
- y
los tambores redoblan
- despertándose
del sueño
- de
todo un año dormido,
- resueltos
y atronadores...
-
- VI
- Ya
va aminosa en la calle,
- ya
se le cimbrea el talle
- al
son de los atabales.
- Trasuntos
inmemoriales
- se
despiertan enseguida,
- entre
mecida y mecida
- que
fuerzan los costaleros.
- Un
extranjero perdido
- que
hay en el recorrido
- se
pregunta, confundido,
- cómo
es posible que tal
- conjunción
de perfecciones
- se
den a la vez sin que
- se
rompan por dentro en dos
- al
verlas los corazones...!
- Y
la Virgen cacereña,
- arrebolada
en su gracia,
- sumida
en belleza suma,
- se
ufana y se crece una
- y
mil veces cuando pasa
- por
delante de las casas
- de
todos los cacereños,
- mientras
grandes y pequeños
- le
van diciendo bajito,
- en
ese hermoso minuto
- en
que se vuelven de luto
- las
torres y los palacios:
- ¡Adelante
despacito!
- ¡Mecedla
quedo, con calma,
- que
va medio adormecida
- entre
mecida y mecida,
- y
hasta parece que llora
- y
se le estremece el alma
- si
no la mecéis con maña
- a
la Virgen más bonita
- que
hubo jamás en España...!
-
- VII
- Viene
bajando del cielo
- el
atardecer deprisa
- y,
veloz, se arremolina
- alrededor
de su cara,
- transparente
aguamarina,
- mientras
la candelería
- la
llena de fantasía
- con
sus tibios resplandores,
- y
mil docenas de flores
- le
repiten a porfía:
- ¡Guapa
de pies a cabeza,
- que
no cabe más belleza
- ni
más arte y gallardía
- ni
aquí ni en Andalucía...!
- Y,
con la noche ya entrada
- y
en su cara reflejada
- la
hermosura de la luna,
- no
hay como ella ninguna
- que
camine tan airosa
- por
esta plaza, esa calle,
- ni
que tenga mejor talle,
- o
que sea más hermosa.
-
- VIII
- La
Virgen, en sus mejillas,
- lleva,
bajo la mantilla,
- un
resplandor celestial
- y
un arrobo inusual
- que
le dan las candelillas,
- y,
aunque Cáceres no es Sevilla,
- cuando
tanta maravilla
- recorre
de orilla a orilla
- las
calles de la ciudad
- la
noche del Jueves Santo,
- ni
nunca se vio, al pasar,
- brillar
una estrella tanto
- ni,
sobre su inmenso manto,
- se
vieron nunca brillar
- las
estrellas con más brío,
- radiante
raudal de río
- de
trasparentes zafiros,
- que,
con los hondos suspiros
- de
los que la ven pasar
- con
lágrimas en los ojos,
- ella
transforma en manojos
- de
luceros de cristal
- que
va prendiendo en su cola
- de
hermosa dama española
- que
sale por su ciudad
- para
que la llamen reina,
- princesa
de belleza,
- grial
de delicadeza,
- Virgen
de la Caridad.
-
- IX
- Dejadla
que se cimbree,
- que
se pierda en su hermosura,
- que
en su luz se enseñoree,
- dejadla
que se pasee
- por
esa bella ciudad
- de
piedra viva que reza
- y
enciende su devoción
- al
paso de la belleza
- y
de la intensa emoción
- que
infunde su procesión...
- Dejadla
por donde va,
- que,
aunque envuelta en soledad
- y
en negro y amplio vestido,
- ella
sabe que no está
- ni
sola ni abandonada...,
- que
detrás, enamorada,
- la
sigue en su recorrido,
- apaciguando
su herida,
- y
estimulando su ensueño,
- una
ola enardecida
- de
devotos cacereños,
- que
siempre con ella irán
- a
donde quiera que vaya
- y
no la abandonarán.
-
- X
- Noche
mágica, estrellada,
- noche
honda, emocionada,
- prepara
tu oscuridad
- y
acicala tus estrellas,
- que
va a salir a la calle
- la
más hermosa y más bella:
- Virgen
de la Caridad.
-
-
- JUAN
JOSÉ CAMISÓN, 2003
-