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- “EL CAPAZO”
de Torre de Don Miguel (Cáceres)
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- Lugar
de celebración:
Torre de Don Miguel (Cáceres)
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- Fechas:
Fiestas de Ntra. Sra. de Bienvenida (Abril) y Nochebuena.
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- Protagonistas:
Lo Capaceros y el Camuñas (Quintos
y mozos del pueblo).
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- Indumentaria
de los Protagonistas:
Los Capaceros van vestidos como los antiguos molineros, con monos,
alpargatas y alguna talega o saco por la cabeza. El Camuñas viste un pantalón
y una chambra de colores, sobre la que lleva una piel de cabra o de oveja
metida por la cabeza a manera de casulla pero más corta y que se anuda a la
cintura con un amplio correaje, del que van prendidos y colocados a la
espalda tres cencerros. Tocado con una mitra de cartón recubierta de tela o
de paja (a veces también simplemente cubierto por una talega colocada a
manera de gorro frailero), lleva en las manos unas enormes castañuelas con
las que va llamando y provocando al público. Su cara pintarrajeada de negro
recuerda, igualmente, a las faenas de los molineros y a las aceitunas. A las
espaldas, en un zurrón de piel de chivo, lleva guardado el fuego para
comenzar el rito.
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- Participantes:
Mozos y mozas del pueblo. Niños. Hombres y mujeres del pueblo. Visitantes.
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- Espacio:
Plaza Mayor. Delante de la iglesia.
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- Hora:
Siempre
después de anochecido.
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- Acción:
- a)
Los quintos y mozos del
pueblo, dos o tres días antes de la celebración del Capazo, suben a la sierra y cortan un roble de
cuatro o cinco metros de alto que esté provisto de buenas horcas. Luego lo
clavan en medio de la plaza, pelado de hojas y de ramas pequeñas.
- b)
Una hora antes de
comenzar el rito, el Camuñas, moviendose mientras camina rítmicamente para
hacer sonar sus campanillos, y precedido de un tamborilero y de un porteador
con una caballería cargada con capacetas usadas en el prensado de las
aceitunas en los molinos, recorre las calles del pueblo avisando y
recogiendo por las casas a los Capaceros.
Los familiares de éstos lo reciben ofreciéndole una copa y algún
dulce típico.
- c)
A la hora prevista, alrededor de las doce de la noche, los mozos y mozas y
todos los espectadores comienzan a reunirse alrededor del árbol clavado en
la plaza. Los capaceros llegan con las capacetas y las van distribuyendo en
distintos puntos de la plaza. El
alumbrado público de la plaza de apaga.
- d)
El Camuñas aporta el fuego con el que han de prenderse las esteras.
- e)
Los mozos comienzan a encender con fuego las capacetas, uno aquí
y otro allá, produciendo un círculo de luminarias.
- f)
Suena el tamboril mientras los mozos comienzan a lanzar las esteras
flameantes con intención de dejarlas enganchadas en el árbol. El Camuñas
baila e incita con sus movimientos a que otros mozos lancen más esteras. Y
así, una tras otra, las capacetas comienzan a volar por los aires,
describiendo órbitas circulares o elípticas y quedando unas encajadas en
la cogolla del roble, otras en las ramas, otras yendo a parar a las cabezas
de los numerosos asistentes al rito, que forman un nutrido corro alrededor.
- g)
Cuando el número de capacetas es lo suficientemente abundante, el mismo
árbol comienza también a arder, empapado con el aceite que las esteras
escurren y, transformado en una enorme tea, ilumina toda la plaza, mientras
mozos y mozas bailan alrededor de la luminaria al son del tamboril y guiados
por el Camuñas.
- h)
Es el momento de repartir el sopetón (bollo empapado en aceite, zumo de naranja y azucar) entre
los asistentes y participantes, mientras se va consumiéndo la lumbre en el
Capazo (se denomina así al conjunto de árbol y capacetas ardiendo).
- i)
Variante del mes de Abril: En las últimas llamas, los mozos prenden
velas con las que llevarán el fuego dentro del templo parroquial para
encender los cirios de la Virgen de Bienvenida, patrona del pueblo.
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- El
rito:
Posiblemente se trata de un rito muy primitivo, anterior incluso a la
cultura romana, al menos en sus aspectos más significativos, como pueden
ser el culto al árbol y al fuego y, sin temor a equivocarnos, habría que
pensar que a tal actitud reverencial hacia estos dos elementos habría que
buscarle sus raíces en la cultura celtibérica. No en vano son los celtas
los que construyen su sociedad y sus poblados y celebran sus consejos y
deliberaciones alrededor de un gran árbol (tal vez por razones parecidas
haya existido siempre un enorme olmo en medio de la plaza del pueblo). Y no
es extraño que se produzcan estos comportamientos de veneración a las
florestas en las sociedades primitivas que vivieron antaño en esta tierra
de la Sierra de Gata, ya que era una región completamente cubierta de árboles
de los que sus moradores obtenían prácticamente de todo: frutos, leña,
medicinas, material de construcción y protección contra inclemencias de
temporales o de animales salvajes. El
bosque era su santuario, su lugar iniciático, totémico y sagrado. Si las
catedrales con sus columnas y nervaduras nos recuerdan hoy a un bosque de árboles
no es por casualidad, sino porque los primeros templos de los pueblos más
ancestrales fueron, sin duda, aquellos enormes bosques de altas copas en los
que apenas entraba la luz del sol. Considerado pues el árbol como sagrado
(el roble sobre todo en el mundo celta), lo lógico es que lo hayan
utilizado como talismán para protegerse contra toda clase de males. Si a
esto unimos el efecto purificador y protector que el fuego ha tenido siempre
en las antiguas culturas, obtendremos la fusión deseada para la explicación
y comprensión de este rito. De hecho, muchos pueblos primitivos, quemaban
en un lugar público un árbol durante el solsticio de invierno para que sus
cenizas les protegiesen de los rayos, las tormentas, el granizo y las
enfermedades durante los fríos invernales. (Los celtas lo hacían a
principios de noviembre, que era cuando para ellos comenzaba el año, pero
entendemos que el desplazamiento hacia la Navidad está propiciado por las
modificaciones llevadas a cabo por el cristianismo en un afán de
cristianizar todos los ritos paganos) Y no eran pocos los que se llevaban
luego las brasas, alguna ramita no quemada y las cenizas a sus casas para
guardarlas durante todo el año (Creemos que quedan aún restos de ritos
semejantes: el ramo del Domingo de Ramos que protege las casas de las
tormentas o la ceniza del Miércoles de Ceniza). En Escocia y en Bretaña,
lugares eminentemente célticos, aún se queman árboles como sacrificio
propiciatorio para invocar a las fuerzas incontrolables de la naturaleza
pidiendo cualquier bondad o protección y se dan vueltas alrededor de ellos
mientras agonizan, hasta que al final se cogen unos guijarros y se lanzan a
la hoguera. Y por último, habría que señalar que en todas las regiones de
España en las que lo pastoril ha sido preeminente, los bailes alrededor de
hogueras, árboles o troncos encendidos, han sido de uso corriente hasta
hace bien poco pues, habiendo sido el fuego un elemento purificador, siempre
supuso para las colectividades más arcaicas un elemento protector, de ahí
que las sociedades pastoriles lo hayan reverenciado como a un dios.
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El cuanto a la otra parte del rito, el de lanzar objetos encendidos
al aire, pertenece sin duda al campo de la magia simpatética o imitativa.
Muchos pueblos antiguos han luchado contra las fuerzas de la naturaleza
intentando con sus manifestaciones rituales doblegar las adversidades
naturales. Posiblemente eso mismo es lo que estos pueblos celtibéricos de
telúricos arraigos ancestrales intentaron lograr con el Capazo. Hay que
tener presente que es un rito eminentemente invernal (aunque, debido a que
las fiestas patronales de Torre de Don Miguel se celebran en primavera, el
rito se haya visto trasladado al mes de abril desde su antigua ubicación en
Nochebuena) y que es en el solsticio de invierno cuando menos luce el astro
rey. Para una sociedad que dependía de los pastos para nutrir a sus rebaños
y de la luz del sol para hacer fructificar la escasa agricultura que en
aquellos tiempos pudiesen controlar, el ocultamiento del astro rey durante
tantas horas en los días cortos del invierno o durante las tormentas, días
nublados, neblinosos o simplemente grises, suponía una pérdida irreparable
en su escueta economía, cuando no un castigo de los dioses. De ahí que
intentaran por todos los medios invocar al dios fructificador para que
volviese con ellos y no los desamparase. Y, lo mismo que entre los indios
norteamericanos el hechicero invoca la lluvia cuando hace demasiado tiempo
que no llueve, ellos invocaban al sol intentando reproducir su órbita solar
en el cielo lanzando las capacetas encendidas en medio de la noche para que,
a través de su magia imitatoria, el sol se dignase volver a reproducir su
camino cotidiano y no los desamparase. Los sencis
del Perú y los ojebways han hecho
lo mismo desde siempre, sólo que lanzando flechas encendidas al aire para
reproducir el recorrido del sol en el cielo y que éste saliese pronto y
dejase de luchar con una bestia salvaje, según ellos. Los kamtchacos
solían sacar de sus cabañas teas encendidas y reunirlas todas en medio de
la plaza para invocar al sol durante los eclipses. Los indios chilcotín, en los días nublados, apoyados en bastones, daban
vueltas alrededor de una hoguera para así, sostenidos en sus cayados,
reproducir el cansancio del sol que tardaba en salir y ayudarle, de este
modo, en su penoso viaje de vuelta. Y no sólo se le invoca, sino que en
algunas culturas incluso se le ofrecen sacrificios para que deshaga las
tormentas. Algunos indios precolombinos ofrecían sacrificios humanos al
oculto sol diciendo: hago esto para que seas abrasador y te comas todas las
nubes del cielo. Otros pueblos simplemente le han ofrecido alimentos para
que así, viendo los productos apetitosos, se diese prisa en volver. E
incluso hubo otras culturas que lo invocaron, aún sin saberlo, de una
manera más concreta y representativa: el Dios Amón egipcio toma forma de
disco solar, y no olvidemos que tanto Mitra como el Niño Dios de la religión
cristiana nacen en pleno solsticio de invierno y llevan detrás de su cabeza
la aureola solar con sus resplandecientes rayos. Igualmente, los romanos
celebraban en idéntica fecha el dies
natalis solis invicti (el día del nacimiento del sol invencible). Y la
misma fecha se da para el nacimiento de Osiris, Atis, Apolo, Dionisos,
Serapis o Krisna, todos ellos dioses relacionados con el fuego, la luz y la
salvación. Hasta el año 354 en que el Papa Liberio instituyera por decreto
que el día del Nacimiento de Cristo era el 25 de Diciembre, logrando con
esta magnífica jugada de sincretismo religioso la superposición (que no la
anulación) sobre los cultos paganos anteriores del culto cristiano.
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- Conclusión:
El rito del capazo de Torre de Don Miguel, considerado desde estos puntos de
vista, es uno de los tesoros etnológicos más arcaicos que se conservan en
toda Extremadura. Representa las aspiraciones y los miedos de aquellas
primeras culturas pastoriles que vivieron en nuestro entorno y sus
preocupaciones por sobrevivir en un mundo hostil y lleno de temores, en el
que el sol era su poderoso dios principal y los tupidos bosques de hayas,
robles y castaños los templos en los que veneraban a las demás
divinidades. El Capazo aparecerá pues, bajo esta óptica, no como un
divertimento carnavalesco o baile de quintos, sino como un rito mistérico-religioso
de adoración al árbol y al sol. Y, como en todo misterio, también aquí
se participa de la teofagia al ingerir los participantes el
sopetón hecho de las espigas maduradas por el sol, empapadas con la
savia de las aceitunas y el zumo de las doradas naranjas. El Camuñas es el
celebrante y, como un hechicero que con sus campanillos, sus sonajas, su
baile y sus ornamentos mágicos ha estado todo el tiempo espantando los
malos augurios para que el rito no sea contaminado por los avatares de las
sombras, ahora, una vez que el sacrificio propiciatorio ha sido llevado a
cabo correctamente, se dispone a hacer partícipes de él a todos los
protagonistas y asistentes repartiendo entre todos el exquisito bollo.
El ritual, como ocurre casi siempre, es pasado por el tamiz de la
Iglesia y, en un singular sincretismo, hace que toda esa inveterada
celebración mistérica se supedite a la benevolencia de la Patrona del
lugar cuando los Capaceros ponen a sus pies el fuego mágico.
- Sea
como fuere, sincretizado o no, pocos pueblos cuentan con un rito tan
ancestral que se haya antenido vivo a través de los tiempos durante tantas
generaciones. Conservarlo y fomentarlo para que no se pierda es la misión
de todos los torreños y de cuantas instituciones y organismos públicos y
privados se sientan responsables de nuestra cultura y de nuestra
idiosincrasia.
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Juan J. Camisón
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