(Extracto del libro)

 

Oleo de Martínez Terrón
PRIMERA ANTOLOGIA
DE
POESIA EXTREMEÑA
 
(De José María Gabriel y Galán a Juan José Camisón)
   
Introducción, Selección y Notas
LUIS MARTINEZ TERRON
 
***
 
Cáceres, Enero de 2005
 
  Al que leyere:
  Si al leer los poemas que, como briosos corceles cabalgan sobre los surcos convertidos en los versos que impregnan estas páginas, no sientes emoción alguna, vuelve sobre tus pasos y sal de este libro. Nadie te lo demandará ni tendrá en cuenta, pero te perderás una gran oportunidad de conocer el noble sentimiento y la nobleza de  los hombres-poetas de tu tierra.
   
1ª Edición
 
(c) LUIS MARTINEZ TERRON
 
 
“Si vais para poetas no olvidéis el folclore.
La poesía siempre ha salido del pueblo”.
                                                                                            ANTONIO MACHADO
 
 
         ESTA antología que iniciamos, más que un libro surgido al azar de una ocurrencia feliz es, sobre todo, el final obligado de un largo proceso de selección. Extremadura es un pueblo de hondas tradiciones históricas y artísticas y cuenta también con una amplia trayectoria poética, no solamente en lengua castellana sino utilizando el habla popular. Y tampoco el orden en que aparecen los poetas es fruto de la suerte, sino que obedece a un criterio de agrupamiento eminentemente generacional, es decir, atendiendo al año de nacimiento de los autores.
Es una lástima que en otros ensayistas amantes de la poesía extremeña no se haya despertado el entusiasmo para dedicarse a la investigación minuciosa y detallada de la que fue el habla de nuestros antepasados recogida en los versos de sus poetas, unos vestigios del lenguaje procedente del asturiano-leonés y cuyas raíces - según el sentir de algunos autores- no nacen del fondo de la tierra, ni de las reboticas de las facultades de Filología, sino que tienen su origen en los entresijos del alma.
Porque esos restos arcaicos que aún sobreviven en nuestros pueblos como fósiles de antiguos dialectos, un tanto deformados por el continuo desgaste del uso -lo mismo que se deforma el guijarro por la corriente impetuosa del río-, conforman lo que fue el habla popular de Extremadura, que es la que tratamos de recuperar en estas páginas en las que los creadores -la mayor parte de ellos con estudios universitarios- versifican con tal claridad y primor que sus estrofas definen tanto el paisaje y paisanaje como el amor, la ternura, la desesperación, la tragedia y el drama, reflejando en sus estrofas la impresión del momento, sin que por ello tratemos de regresar a las Cuevas de Altamira de la poesía, al Romance de Mío Cid o a los Siete Infantes de Lara.
Estos vates, cuyo acento regionalista se robustece con el habla de sus personajes, nos ofrecen una poesía clásicamente popular -lo mismo que Pérez Reverte resucita con el Capitán Alatriste la vida y el lenguaje del Madrid de los Austrias-, y nos devuelven el sabor y la nostalgia de viejas costumbres de la vida campesina, el gobierno del agro, las mil solicitudes de la tierra, en fin, la epopeya rural colmada de hermosos y extraños recuerdos, siendo los poemas que aparecen en esta obra los que han sabido captar la esencia del espíritu extremeño al describir en versos sencillos, quizás ingenuos, pero cargados de una profunda fuerza expresiva, que unas veces nos sobrecogen por su brava energía y otras nos entusisma con su delicada ternura, según expresó en sun día Pedro Barros García,  profesor de la Universidad de Granada. (1)
     Y, por cierto, estos bardos no forman parte de la barbarie lingüística -de la que hablaba con cierto desparpajo el secretario perpetuo de la Real Academia de la Lengua, D. Alonso Zamora Vicente, cuando se refería al léxico utilizado por Luís Chamizo en el “Miajón de los Castuos”, sino que dichos autores, expresándose con las palabras que utilizaron ellos mismos o escucharon a las gentes con las que convivieron, crearon un idioma vivo, distinto, expresivo, y tan válido en poesía como cualquier otro. En ningún modo, como el citado académico seguía empeñado en decir, empleaban en sus composiciones un habla artificial, una bella superchería recogida del tosco y supuesto lenguaje de nuestros campesinos. ¡Qué disparate!
¡Y qué coincidencia que todos los poetas extremeños, tanto los que nacieron al  norte del Tajo, como los que abrieron los ojos en las vegas del Guadiana, hayan recogido el mismo acervo tosco, inventado o supuesto! ¿No es algo sospechoso?
Hubo, desde luego, una lengua común, de eso no hay duda, que se fue transformando con el paso de los años y, sobre todo, con la llegada de la luz cegadora de la cultura a nuestros pueblos, pero nos quedaron los vestigios rudimentarios de unos versos a los que, quizás, les faltará arte, pero creemos que le sobran fuerza de invención, fogoso arrebato, sorprendente osadía, encanto indefinible, singular exposición, exquisita sensibilidad, riqueza y novedad de expresión, cualidades que les hacen merecedores de mejor destino que el olvido.
         Y algo que nadie puede negarnos es que quedan, morfológicamente hablando, centenares de palabras y restos de un bajo latín, muy deformado a causa de los cambios fonéticos, en casi todas las comarcas extremeñas, algunas recogidas en curiosos diccionarios que los poetas del pueblo han sabido utilizar a través de los años con cierta soltura y maestría para entonar sus endechas, contar sus historias y legarlas a los hombres del siglo XXI tras pasar por el cedazo del tiempo. Y han empleado para ello unos versos que a veces contienen algo así como briznas de luz y son alma y antorcha que ilumina caminos; otras son alados mensajes que inundan el alma de rumores de alamedas y advierten del drama o la tragedia y, casi siempre, un espejo de cristal y de gracia donde se reflejan las escenas de un tiempo que se fue y han quedado grabados por la fuerza del viento en las páginas del libro, semejante a un testimonio que se resiste a desaparecer.
         Según expresa el profesor de nuestra universidad Antonio Viudas Camarasa en “Las hablas de Extremadura” en su página de Internet: No sería difícil encontrar en revistas y periódicos afirmaciones de personas, a las que se les supone con alta preparación académica, aseverando que la literatura extremeña no existe por la sencilla razón que en nuestra tierra se habla otra lengua, el castellano, y en tal caso solo existe literatura en español, una afirmación que creemos errónea - como
 
(1)   Pedro Barros García, “Luís Chamizo, un poeta olvidado”. Separata de la
      Universidad de Granada, Facultad de F y L., 1979.
 
podremos demostrar a lo largo de estas páginas - debida, quizás, a la ignorancia que siempre han sentido por esta clase de poesía de ambiente rural, sin entrar a valorar
jamás la riqueza lingüística que tiene Extremadura en todos sus pueblos, aunque es cierto que poco a poco se van apagando los rasgos del habla extremeña y cada vez van desapareciendo más palabras de nuestro léxico por dejadez de unos y la falta de estima de otros. 
Desde 1898, en que de la lira maestra de Gabriel y Galán brotaron las primeras notas de la poesía popular, algunos poetas rompieron con la tradición y dieron la espalda a los clásicos, saltándose a la torera los destellos del modernismo que llegaba, y forjaron en los talleres de la fantasía imágenes cargadas de sensibilidad, así como comparaciones atrevidísimas para divulgarlas en dicha jerga. Y con las alforjas plenas de versos flamantes alzaron la bandera de la revolución en el mundo de los sentimientos con una forma de hablar más expresiva, viva, simpática y animada, describiendo unos cuadros en los que se aprecian grandiosas monotonías fluviales, la insolación de los páramos, el vívido damasco de los cielos, la vibración de las ráfagas polvorientas y, entre el paisaje, los espíritus sutiles de la invención popular.
Al juzgar a estos bardos, el ya citado Zamora Vicente llegó a decir en cierta ocasión: Es muy fácil ser injusto con estos poetas sometiéndolos a un criterio de sabiduría, de rigurosa exégesis, en la que el crítico se siente crecido ante la indefensa criatura poética, por lo que es necesario cambiar la perspectiva. Y todo ello porque el ángulo de mira de estos poetas no puede ser otro que el suyo propio. Vistos así se ofrecen en verdad en toda su hondura. Lección de humildad, de radical acatamiento, poco frecuente, por desgracia en el ámbito de la crítica literaria”.(2)
Y de esta forma hemos comprobado cómo en el alma del pueblo, ignorante a veces de las leyes gramaticales de su lengua, se ostenta la naturaleza desnuda; en su virgen imaginación, libre de artificios, brotan pensamientos, que enlazan en un solo nombre, ideas algo parecidas o cosas y sucesos semejantes, y por fin, buscando medios para salvar los obstáculos que encuentra la pereza en pronunciaciones difíciles, suprimen y deforman los sonidos, desgastando la palabra o la frase hasta acomodarla a la exigencia de su ilusión individual. Ésta ha sido -por más vueltas que se le quiera dar- la labor constante de las lenguas vulgares, que no estando contrastadas por la fijeza de formas de las lenguas literarias han producido una evolución rapidísima.
Por otra parte no debemos olvidar que artificiosa es toda distinción implacable entre lenguaje y poesía. La poesía no es mas que el lenguaje esencial, la pureza, la verdad e intensidad del verbo. Y todos sabemos que existen dos clases de poesía: la discontinua y a veces arrítmica e ingenua que redime sus coherencias con la intuición
 
  (2) Alonso Zamora Vicente “El dialectismo en Gabriel y Galán. En Filología nº 2 de 1950, Buenos Aires.
 
maravillosa y creadora que a trechos se manifiesta en ella y la poesía popular que basta para la vida latente del lenguaje y sin pretender convertir el dialecto en idioma.
¿La característica principal de esta Primera Antología de la Poesía Extremeña? Su variedad, sin duda alguna. Los contrastes predominan sobre las afinidades. Hasta tal punto es así que muy bien podría merecer, por la diversidad de temas, el nombre de Florilegio antes que el de Antología en el que en algunas producciones predomina más el fondo que las formas.
       Hemos de confesar que todo este interés por recuperar lo que creemos nuestro sucede en un tiempo en que las comunidades que conforman el Estado español, reivindican su cultura como parte de su propia identidad que, si importante es alimentar el progreso y procurar fomentar la cultura, no deja de ser menos significativo mantener vivas nuestras raíces, nuestros acentos y formas de hablar, conservando algo tan importante como es la particularidad e idiosincrasia de un pueblo expresada a través de su vieja lengua vernácula.
La experiencia vivida tras la investigación para recuperar títulos y nombres de poetas olvidados o perdidos, nos ha enseñado que el “extremeño” no nació ni murió con el sensible poeta de Frades de la Sierra y afincado hasta su temprana muerte en Guijo de Granadilla, sino que pervivió en otras voces y otros nombres hasta el día de hoy, como podrá constatarse con la lectura de esta Primera Antología. Y todo ello porque estos autores, contrarios a la corriente literaria de su tiempo - ya escribían en “castellano” -, se decidieron a incorporar el lenguaje popular a su obra y se apresuraron a divulgarlo a través del libro, las revistas, los rincones literarios de algunos periódicos o en las páginas web del amplio mundo de la informática.
Y estos artistas, tomando la ardiente antorcha del verso puro, humilde y sencillo que embriaga y llega al alma, lo adoptaron hasta nuestros días con sus nuevas creaciones, engarzando en sus poemas la filigrana de su lenguaje en unas estrofas que engalanan la lírica extremeña actual, sin que por ello se les pueda tachar de retrógrados en poesía, ni mucho menos, pues para eso existen novísimos vates que utilizando el verbo más depurado y siguiendo las modas y modismos actuales rivalizan con otros creadores en busca de la palabra exacta, lo cual no significa un obstáculo para que sigamos insistiendo en que la poesía con ciertas reminiscencias dialectales transmite sentimientos, belleza y emociones en lenguaje convencional para llegar con más facilidad al corazón del pueblo, sin pretender resolver con enmarañadas metáforas problemas metafísicos, teológicos o filosóficos. Y porque cada poeta, en honor a la verdad, es libre de expresarse en la lengua que mejor vaya con sus sentimientos.
Quisiéramos dejar bien claro que lo que pretendemos en estas páginas es mantener, preservar y revitalizar el habla cordial y fraterna de nuestros abuelos -no para intentar imponerla en los Centros de Enseñanza- sino para conservarla como un vestigio más de nuestra identidad cultural, de la misma forma a como se mantienen nuestras fiestas, costumbres, danzas populares, tradiciones, leyendas, canciones, romances y trajes, un legado patrimonial que recibimos de nuestros mayores y forma parte del alma creadora del pueblo.
Y todo ello porque hoy, cuando en muchas de nuestras antiguas e históricas poblaciones se conservan en originales museos etnográficos los útiles y aperos de labranza de nuestros campesinos; cuando en algunos desvanes se guardan las ruecas donde la dulce lana de nuestras merinas o el lino de nuestros campos se transformó en hilo y, tras pasar por los viejos telares, se convirtió en colchas, mantas y alforjas de mil colores; cuando en las antiguas y húmedas bodegas se preservan los conos y tinajas de arcilla, alambiques y otros útiles para la obtención, por medios artesanales, de los caldos y orujos de las tradicionales pitarras de tierra; cuando los viejos molinos han vuelto a enseñarnos, entre el musgo de los siglos, el mágico misterio de su interior y nos han mostrado sus “aspas” o “palas” de la rueda de madera que hacía girar el huso de las piedras de granito y las arcaicas prensas y capachos de las vetustas almazaras para la molienda de la oliva nos han hecho volver al pasado a recordarnos lo que fuimos, hemos decidido, a pesar de todos los riesgos que supone la edición de una Antología de la Poesía Extremeña, lanzarnos a los escaparates de las librerías con esta gavilla de versos que, a la vez que son fieles testimonios de un tiempo que se fue, nos siguen emocionando al evocar los sentires, los problemas sociales, las alegrías y las penas del hombre de todos los tiempos expresada con las endechas populares de ayer, es decir, en la lengua vulgar, sencilla, seria y sincera de los campesinos de la tierra.
Estudiando el empleo de las distintas hablas de Extremadura, que como todos sabemos formaron parte del origen de una lengua o una de las variedades de un idioma, comprobamos que el caso de nuestra tierra no es aislado. Hubo escritores que, desde finales del siglo XIX, escribieron en las variedades lingüísticas de sus regiones de origen, como lo hicieron Manuel Curros Enríquez y Rosalía de Castro en Galicia, Teodoro Cuesta en Asturias, Juan Maragall en Cataluña, Jesús Blasco en Aragón, Vicente Medina en Murcia, Luís Maldonado en Salamanca, José Carlos de Luna en Andalucía y Gabriel y Galán, Antonio Reyes Huertas, Luís Chamizo, Miguel Alonso Somera, Rufino Delgado y otros en nuestra región.
Estos  autores utilizaron el habla popular en sus composiciones poéticas y sus obras se siguen editando con cierta frecuencia a las vez que nos recuerdan que el gran poeta italiano, Federico Mistral, compartió, junto a nuestro José Echegaray, el Premio Nóbel de Literatura en 1904, escribiendo en lengua provenzal.
Desconocen o han olvidado algunos críticos literarios que la mayor parte de los poetas mencionados escribieron y fueron premiados también por sus versos en “castellano” y que la única y verdadera justificación de la poesía está en el sentimiento que despierta, siendo el público, el lector, el que al final tiene la palabra para decidir quien sobrevive a su tiempo o quien debe desaparecer, pues, como nadie ignora, también en el amplio mundo de la Poesía, la Literatura y la Crítica se mueve la lava incandescente de los manipuladores que, guiados por determinados intereses,  a veces todo lo enredan.
Es cierto que José María Gabriel y Galán -con el beneplácito de Miguel de Unamuno, Salvador Rueda y el padre Cámara-, fue el hombre elegido por el destino para llevar a cabo la empresa poética dialectal que causó una verdadera revolución en su tiempo. Su vida en plena naturaleza le colocó en una situación predilecta para observar las costumbres, las tradiciones y la lengua en toda su pureza arcaica. Los lazos familiares y el constante bregar con campesinos y pegujaleros le hicieron fácil establecer esta relación entre el dialecto leonés que se hablaba al sur de Salamanca -del que tomó alrededor de cuatrocientas palabras-  y la poesía. Le siguió el poeta de Guareña, Luís Chamizo Triguero, abogado que ejerció en la notaría de Don Benito (Badajoz) que regía Victoriano Rosado Munilla, pariente del escritor José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset que avaló con un excelente prólogo el primer libro del poeta de Guareña.
Observamos en los poemas extremeños un inmenso caudal de sinceridad  envuelto de una forma auténtica, profunda, campesina, humilde, pero al mismo tiempo fuerte, primitiva, con una musicalidad ideal entonada con tosco instrumento, pero que por su ancestral fonética, viene a ser como un himno casi prehistórico, ibérico, donde se canta el sentimiento del campesino que siente eterna admiración por la tierra, germinadora y profunda al reproducir las semillas que ha vertido en su seno la mano del hombre.
En el incesante correr de los años, a nuestros autores clásicos - como hemos dejado señalado más arriba - les siguieron otros poetas cuyos nombres apenas son conocidos por la escasa difusión de sus obras -y por la apatía creciente hacia la lectura en general- y que hoy recuperamos y traemos a estas páginas con el testimonio de sus entrañables versos en los que sentiremos latir el corazón del pueblo, sus pasiones, sus penas, el amor a la justicia, el sentido del humor, la defensa de los humildes, el lamento campesino y la estirpe de una raza, todo ello envuelto en el paisaje de una tierra que se sigue estremeciendo cuando sus poetas la cantan y con la expresión de sus sentimientos nos siguen rasgando las fibras del alma y, como bien dice el catedrático y crítico literario Ricardo Senabre en el prólogo a otro libro de poesía popular:
   Buena época la nuestra, superficialmente agitada y febril, para sumergirnos de nuevo, gracias a estas páginas, en la belleza de la vida sencilla, de los placeres más simples y de las emociones verdaderas. Las palabras de estos poetas populares nos devuelven a un paraíso que ya creíamos perdido”.(4)

                   Cáceres, Enero de 2000

***
 
(4) Ricardo Senabre Sempere: Prólogo de “Las tierras pardas”(Extremeñas), de José Ramirez López Uria. Libretillas Jerezanas. Jerez de los Caballeros, 1993.  

 

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN
 
 
Nació en Frades de la Sierra (Salamanca) el 28 de junio de 1870 y falleció  en Guijo de Gra­nadilla (Cáceres) el 6 de enero de 1905. Estudió la carrera del Magisterio en la docta Salamanca. Ejerció algunos años la docencia, que abandonó al contraer matrimonio, para dedicarse al campo, que constituía su mayor afición y que alternó con el cultivo de las letras. Gabriel y Galán fue un celebrado poeta que supo herman­ar la poesía y la virtud. Cantó como pocos los campos de Castilla y Extremadura. Impregnado del alma y del lenguaje de los campesinos del sur de Salamanca y del norte cacereño y entremezclando ambas lenguas, lo incorporó a su obra creando una nueva forma de expresión en la poesía popular de aquel tiempo. Descendiente de los grandes bardos del siglo de Oro y fiel intérprete del alma rural, Ga­briel y Galán es poeta esencial, pleno de verismo. Fue galardonado con la Flor Natural en diversos certámenes literarios presididos por importantes intelectuales de la época. A pesar de que durante cierto tiempo estuvo olvidado, fue recuperado en varias ocasiones y sus composiciones se encuentran reunidas en Obras Completas, agrupadas en “Castellanas”, “Nuevas Castellanas”, “Extremeñas”, “Religiosas”, “Campesinas” y “Fragmentos en verso y prosa”.
Dice el novelista y crítico literario Andrés Trapiello que a los diez o quince años de su muerte la estrella de Gabriel y Galán empezó a declinar, hasta que después de la Guerra Civil quisieron lanzarla de nuevo al espacio sideral por representar muy bien los valores del catolicismo, así como los valores de la patria, un comentario que no evita que las producciones que nos legó sigan llegando al alma del pueblo y teniendo plena vigencia, como se viene demostrando por las múltiples ediciones que se hacen anualmente de sus obras y que algunos de sus poemas se sigan declamando en los escenarios populares de las fiestas de los pueblos.
 
El embargo
 
Señor jues, pasi usté más alanti
y que entrin tós esos.
No le dé a usté ansia,
no le dé a usté mieo...
Si venís antiyel a aflijila,
sos tumbo a la puerta.
¡Pero ya s'a muerto!
Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dió tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!
Embargal esi sacho de pico
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y esi cacho e liendro...
¡Gerramientas, que no quedi una!
¿Yo pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quió vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro...
 
¡Pero a vel, señol jues: cuidiaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'a muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dámbos estábamos güenos,
la camita ondi yo la he cuidiao,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una noche muerto!...
¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
por qué aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu menos eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo...
¡y me güelin, me güelin a ella
cá ves que las güelo!
(1902)
***  
 
JUAN LUIS CORDERO GOMEZ
Vio la luz primera en Cáceres el día 22 de octubre de 1882. Falleció en la misma ciudad el 12 de diciembre de 1955. De origen humilde -pasó por distintos oficios y profesiones hasta que llegó a ser Secretario de Administración Local- se elevó por su valía e inspiración. Poeta de fértil numen, conquistó en reñida lid varias Flores Naturales con sus poemas y siendo conocido en su tiempo por el Juglar de Extremadura.
Llegó a publicar los libros "Mi torre de Babel", "Eróticas", "Vida y ensueño", "Regionalismo", "Cosas de la Vida", "La tragedia del héroe", "Clara Luna", "Devocionario de amor'", "La Musa del pecado" y "Hojas del árbol caídas". Su “Himno a la Previsión” fue declarado nacional y, adoptado por Garrovi­llas del Alconétar el dedicado a la Virgen de Altagracia. Ob­tuvo premios también en los certámenes de Badajoz, Plasencia, Ronda y Huelva. La musa de Cordero es genuinamente española. La patria grande, con su historia y sus épicas hazañas; la patria chica con la feracidad de sus campos, con el verdor de sus olivares y la frescura de sus huertas, tienen para él un encanto tal que los elige casi siempre por temas de sus canciones. Los esplendores de la Naturaleza se reflejan en el corazón de Juan Luís Cordero.
 
Aires de mi tierra
 
Si guapag son lag mozag
de Cañaverág,
lag de Garroviyag
no te digo ná.
 
Quien diga qu’Egtremaúra
la der Tajo, ya no pita,
eg nieto d'una tía suya
o sobrino d'una prima.
Si hay quien nog moje la oreja
que se degtape y lo diga.
 
Pimiento picante
o miel a jartá:
Ar son que nog toquen
sabemog bailá.
 
Yo rompo en son de fandangog
que s'entonam en toa Egpaña,
porque a egpañola cagtiza
nadie a mi tierra aventaja,
y en egto son log der Tajo
como log der Guadiana.
 
Log Barrog la viña,
la Vera er jardín;
log mejoreg jigog
son log d'Armoarín.
 
Nada como el Badajog
qu’antaño hemog conocío,
lag egcursioneg a Caya
y lag girag junto ar río.
¡Aqueyag eran zagalag
y aqueyog eran amigog!
 
En Puerta de Palma
me digteg er sí
y a la tarde en Bótoa
con otro te vi.
 
¡Ay, quien viera en Santa Olaya
moviendo lag panderetag
en er carro de varaleg
lag campuzag cacereñag,
con pañuelog de sandía
y con pendienteg de rueda!
 
Ayer me salió un novio
qu'eg hortelano
de la huerta mág verde
de junto ar Marco.
Plasencia para egperanzag,
Trujiyo para recuerdog,
Garroviyag pa chorizog
y Brozag para borregog;
pa olivog Sierra de Gata
y pa vino Cañamero.
 
Pucherog d'Arroyo,
cerezag d’Hervag,
jamón de Montánchez,
queso der Casá.
 
(1927)
 
***  
JOSÉ RAMÍREZ LÓPEZ URÍA
    Nace en Jerez de los Caballeros (Badajoz) el 8 de diciembre de 1886 y fallece en la misma ciudad el 27 de agosto de 1933. Cursó estudios en el Colegio de San José, de Villafranca de los Barros de 1895 a 1899. Reside junto a sus padres algunos años en Cuba por asuntos políticos. Desde muy joven cultivó la literatura narrativa, tanto en prosa como en verso y siguiendo la huella de Luís  Chamizo publica en 1923 “Las Tierras Pardas”, un libro en el que incluye algunos poemas en extremeño que fue reeditado por el ayuntamiento de Jerez de los Caballeros en su colección “Libretillas Jerezanas” en 1993 con introducción de Feliciano Correa Gamero y prólogo de Ricardo Senabre.
 
El jato del agüelo
 
Yo bien sé que no hay naide, dende jace
qué se yo cuánto tiempo,
que se ponga esta ropa que es asina
com'un jato de viejo bandolero.
 
Ya s’han dío las moas
de la calzona zul y del pañuelo
liao a la cabeza; y de las majas
polainas con sus frecos.
 
Pero tamién yo sé que no es tan grave
ni tan gordo el defeto;
pos esto senifica que mis gustos
son gustos duraeros
y que a mis moceaes
tengo mu jondo apego.
 
Por eso yo fi siempre descudiao
y siempre placentero
con estas vestimentas
y con estas jechuras, y por eso
me dió tan mala espina
la novia del mi nieto
cuando la vez primera
que me vido en el pueblo
le sirvió de risorio
la ropa del agüelo.
 
¡La descará! Entavía
tan siquiá que m'acuerdo,
me paece que corre
la jiel por to mi cuelpo.
 
¿Qué es lo que se pensó? Con este jato
que dende que era mozo llevo puesto
fí siempre a tos los sitios, ande vayan
los que s'arrisquen más, y no consiento
que denguno me puea pol lo noble,
ni denguno me puea pol lo güeno,
ni denguno se gane los riales
con más honrao esjuerzo;
suando en el trabajo tan aina
que s'asoma la luz tras de los cerros.
 
El probe de Celipe,
el probe del mi nieto,
que es un cacho de pan po lo güenazo
consigo me llevó.
- ¡Verá usté, agüelo,
qué mocita más maja, qué pimpollo
más fino y peripuesto!
Palra con un palrar tan delegante,
y con tantas lindezas y floreos
que engatusa na más que abre la boca,
y mos clava, ascuchándola, en el suelo.
 
¡Y aluego sabe usar unas maneras
y unos peinaos tan nuevos;
y jace unos pinitos cuando anda,
y tiene tanto garbo en to su cuelpo,
y jace unos visajes cuando mira
durzonamente, agüelo,
que me añúa el gaznate,
apenas me l'ancuentro!.
 
Dambos a dos llegamos a la praza
por el brazo cogíos; el mi nieto
de impacencia ajogao;
yo precurando parecé sereno.
 
Enfrente de l'Iglesia estaba ella.
Celipe, guiteando descompuesto,
me l'anseñó, y yo, al tanto de guipala,
tamién me descompuse y sentí drento
asín como esmenzón de un jormiguilo
que m'apretaba el pecho
al pensá que un pimpollo tan garboso
pudiera, arguna vez, dalme bisnietos.
 
Anque al di y saludala, al mí muchacho
le temblaba el acento,
endispués se dió traza
pa mostrale al agüelo.
 
Ella me recorría con los ojos
extrañá de mi jato de otros tiempos;
y de pronto... de pronto yo la vide
que tapaba la cara en el pañuelo
y que esmenzó a reirse de manera
que me puso de punta tos los niervos
y me trujo a la vista una niblina
que ábate si reondo caigo al suelo.
 
Pero desimulé, tuvi pacencia
na más que pol mi nieto;
el extraño me jice;
y, aguantando lo mesmo
que s'aguanta debajo de una ancina
el chaparrón más recio,
dejé que los dos mozos se palraran
lo que viniera a pelo.
 
Y endispués, sin icile al mi Celipe
ni una sola palabra atento de esto,
cogíos por el brazo
mos salimos del pueblo.
 
Solapao y depriesa
se jue pasando el tiempo.
Yo vía que a Celipe, poco a poco,
se le fruncía el ceño.
estaba turulato;
estaba como lelo;
y tenía un desgano del demonche;
y pol ná se enfuscaba a cá momento.
 
Sin abrir la mi boca
yo lo vía sufriendo;
y to lo devinaba
allá pa mis adrentos.
 
Por mo del desimulo precuraba
hablale sonriyendo;
pero me recomía de coraje,
námas que con velo,
jasta que al fin un día,
no pudiendo por menos,
estrumpió: -¡La bribona m'ha dejao
sin dengún fundamento,
sin dalme explicaciones,
como se deja un perro!
¿Sab'osté?   ¡M'ha dejao,
queriéndola del mó que yo la quiero,
por otra comenencia de más talla
que le salió en el pueblo.
 
M'ha dejao la endina
sin dengún fundamento;
sin una explicaera;
asina como a un perro!
 
Oyéndolo me jice el sorprendío;
pero yo lo sabía dende tiempo;
dende el momento y l'hora en que la vide
escondiendo la risa en el pañuelo;
dende la tarde que jizo bulra
de este jato que siempre llevo puesto.
Hoy s'ha casao mi mozo
con una guapa moza de ojos negros;
de labios como fresas,
de cachetes rosaos como peros;
y la mesma dulzura en toa su cara
que tienen los regachos de estos cerros.
 
La mujer de Celipe
se mira en el mi nieto;
y nunca s'a bulrao
del jato del agüelo.
 
***
 
 
ANTONIO REYES HUERTAS
 
Nace en Campanario (Badajoz) el 7 de noviembre de 1887 y muere en su finca de Campo de Ortiga el 10 de agosto de 1952. Novelista, poeta y periodista nacido en una familia humilde. Ingresa a los diez años en el Seminario de San Atón, de la capital pacense, donde estudió Humanidades, Filosofía y Teología. Desde temprana edad comienza a manifestar inquietudes y aficiones literarias, hasta el punto de que se le encomendó en el mismo Seminario impartir las enseñanzas de Literatura. Sus ilusiones juveniles le impulsan a abandonar el centro a los 19 años. Finalizados sus estudios de bachillerato marcha a Madrid donde estudia Derecho, que no termina, ya que sus aficiones son otras: la Literatura y el Periodismo. Encuadrado por los críticos en la “generación del Modernismo” da a la imprenta en 1905 “Ratos de ocio”, una obra con poemas escritos en extremeño. En 1908 publica en Mérida “Tristezas”. De nuevo en Badajoz y en colaboración con el poeta Manuel Monterrey da a conocer en 1910 el libro de versos “Nostalgias de los dos”. Como educador ejerció en el colegio de Santa Ana, de Mérida, actividad que abandona pronto para ejercer el Periodismo. Con veinte años fundó y dirigió en Badajoz la revista “Extremadura Cristiana”. Ya por entonces dirigía en Cáceres la revista “Acción Social”. De 1910 a 1912 ejerció como redactor y director del “Noticiero Extremeño” sucediendo en el cargo a José López Prudencio. Reyes Huertas, que conoce y ha vivido el ambiente y el espíritu de los campesinos de su tierra, comienza a publicar sus primeras novelas en las que hace gala de una prosa fresca y cristalina, ágil y elegante, jugosa y poética: “Los humildes senderos”,“Lo que está en el corazón”, “La sangre de la raza”, “La ciénaga”, “Agua de turbión”, “Fuente serena”, “Blasón de almas” y “La Colorina” - premiada en un concurso promovido por el “Diario Español” de Buenos Aires - y otras. En 1928 se hizo cargo de la dirección del diario “Extremadura” de Cáceres, un periódico de orientación católica, al frente del cual permaneció once años, en una época coincidente con momentos trágicos para la vida nacional. Colaboró asimismo en las páginas de “La Gaceta del Norte”, de Bilbao y en el “Hoy” de Badajoz, donde dio a conocer sus memorables “Estampas campesinas” en las que fue plasmando su conocimiento del alma y las tierras extremeñas. Abandonada la dirección del “Extremadura” - que había fundado en 1923 el obispo de Coria Pedro Segura Sáez - fija su residencia en Madrid voluntariamente. Alejado del bullicio literario de aquellos años difíciles acepta trabajar para “Ediciones Españolas” y colabora en la redacción de “Historia de la Cruzada” durante varios años.
Reyes Huertas ha sido uno de los mas grandes exponentes de la novela costumbrista extremeña y al que esta tierra aún no le ha rendido el homenaje merecido por haber llevado a los escaparates de toda España la sangre de Extremadura con toda su vitalidad y reciedumbre.
 
El señoritu
 
¡Mi caso en la suerte,
lo que hemos perdío!,
el amu más güeno que había en el mundo,
el hombre más santu que en tierra ha nacío,
el más campechanu y el más cariñosu
y el más compasivu.
Montaítu en el juerte caballu
se venía pa acá los domingus,
pa jechal una mirá al ganao,
pa palrar con el tío Zranciscu;
pa dicile que qué le faltaba
y acudir deseguía en su asilio.
Ya no güelvi por estos lugares,
ya no güelvi por estos caminus,
ya no güelvi a mirar las ovejas,
ya no güelvi a venir a estos sitios;
ya no güelvi a asomar por el cerro
en su blancu colcel montaitu,
tan jinete, tan juerte, tan altu,
tan jermoso, tan joven, tan lindu,
pa venil a sentalsi a mi chozo,
pa jablar con el tío Zranciscu.
¡Probi de mi amu, probi señoritu !
que hace siete días
que ya si ha morío...
Como el día prisente es el sábadu,
víspira del zuturo domingu
y en ese gran día
se solía venil pa estos sitios,
ha traío mi tolpe mimoria
el ricuerdo del güen señoritu.
II
¡Mi caso en la suerte,
lo que hemos perdío
el amu más güeno
que la tierra ha vistu,
ahora vienen aquí a mi cabeza
los zavores' que yo he recibío;
¡cuántas veces en tiempo de invielno
yo dejé la majá y el abriscu
y me juí derechito a su casa
con el jaterío,
y allí en la cocina, con muchos gañanes
y aldiendo una lumbre igual a un castillu,
estaba sentao jablando con ellos
con mucho cariño,
y al entral me dicía en vos alta
-¡Venga usté por aquí, tío Zranciscu!
Regaceros un poco, muchachos,
pa que quede sitio
y se puea sental a la lumbre
que vendrá tiritando de zrio.
-A ver tú, muchacha, tráele un vaso e vinu,
que vendrá con el cuelpo cansao
y vendrá helaítu.
 
Y rizábamus tos el rosariu