EL GATO SIN BOTAS

Este gato que se escapó de Leganés a un pueblo extremeño -que durante el verano le habían llevado una familia- se tiró al coleto 400 Km., y llegó y llegó como no podía ser menos, con sus leves patitas desechas y ensangrentadas, me tiene obsesionado al pensar en las enormes dificultades que tuvo que soportar, pasé por alguna ciudad, pueblos, bordeando ríos, temibles perros, tapias, zarzales y como no, los enormes y temibles cuatro y más ruedas... A propósito de ruedas, la cantidad de gatos planchados que hemos visto en las carreteras, de tal suerte que un "coleccionista" tenía sembrada la pared de su finca llena de animales de esta clase en las más diversas y macabras actitudes de huida...

Más la pregunta inquietante es como pudo orientarse y dar con el pueblo en cuestión en tan sólo 11 días. Todos sabemos del sentido de orientación complicadísimo de ciertas aves, pero de los gatos, que yo sepa, fuera de la excepcional visión nocturna. ¿Acaso fue esta cualidad la que le permitiría viajar por las noches y mirar quizás a las estrellas? Y sobre todo aquella que vio tantas noches mientras hacía arrumacos a aquella gatita rubia que conoció en el tejado del pueblo, mientras se llenaban sus diminutos alvéolos pulmonares de un aire fresco y puro "Aquello si que era libertad y vida".

Tal vez un racionalista nos diera la explicación de que alguien lo encontró en el camino desfallecido lo subió a su coche y casualmente llevaban el mismo camino o bien algún argumento parecido. Esta forma de pensar quita misterio a la epopeya y encanto al "viaje": para mí, que si en la noticia no existe "gato encerrado", y no parece precisamente el caso, hubo una especie de "encarnación" y que se introdujo el espíritu de algún lugareño, lo que explicaría, tiempo, orientación, incluso orientaciones de lo que debería hacer para salvar obstáculos tan variados.

Este pequeño gato, nos da una vez más una lección de lo que se puede hacer, en aras de la libertad, de la búsqueda de lo auténtico, sirviendo a un momento de reflexión, no ya desde el punto de vista científico, sino para tantos humanos que vivimos en estas ciudades incómodas, y de forma inhumana.

 

 

Manuel Carlón

Otoño del 95.

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