Las organizaciones juveniles apolíticas

Sitúense antes del 34 en Oviedo. M padre por aquellas fechas, era el pediatra oficial de la Maternidad, un buen día me dijo: Manolín, no puedes seguir con tanto catarro y tanto faltar a clase... serás explorador... La sede de la institución se encontraba ubicada en un enorme y lúgubre sótano, pero que pronto se llenó de alegría y de febril trabajo, unos tabiques de ocumen que no llegaban al techo separaban los distintos habitáculos de las patrullas pronto fui nombrado guía de la patrulla Leopardo.

Teníamos nuestros banderines, fotografías, etcétera, clavados con chinchetas hora enmarcadas por rústicos palos, que le daban sabor artesanal y que interpretado ahora a lo lejos de los años... no debía de haber un duro... Como guía, me encomendaron que hiciera un himno, cosa que naturalmente le pasé la pelota a mi padre; recuerdo que entré en su despacho, atestado de libros hasta el techo, se quitó los «quevedos» -son anteojos que se sujetan sólo en la nariz-, levantó la cabeza, clavo sus penetrantes ojos en los míos y me espetó «Vaya embolado que me traes en este momento hijo...». Entusiasmado, presenté la canción improvisada a mis patrulleros, poco más o menos era así: El Leopardo glorioso, por los cerros siempre va... sube, sube que te sube... sin mirar jamás atrás... ¿Qué es que ustedes hubieran hecho algo mejor para salir del paso?... Que inocentes éramos y que felices vivíamos, con veraneo incluido en Salinas--- mas pronto estalló la Revolución del 34... las balas silbaban por doquier los libros de mi padre (que no se encontraba con nosotros) saltaban por los aires... nos acurrucamos en el interior, en la escalera fría de mármol... allí por donde un día subieron unos mineros y mataron a un ancianísimo abogado y que más tarde se comentaba que todo había sido por un pleito anterior... y que en la revuelta se aprovechó para descerrajarle un par de tiros en la cabeza... Arreciaban las balas y pasamos al sótano. ¡Cuánto sótano en mi vida!, incluso hubo otro en Valladolid, con la famosa guerra del Levantamiento Nacional del 36... esta vez los bombardeos de las aviaciones gubernamentales nos hicieron visitar los sótanos, que triste sino, de sótano en sótano y tiro porque me toca.. Aquel sótano en Oviedo parecía un hospital de guerra... los colchones tirados por el suelo, un minero sollozaba cerca de mi, le habían dado mientras entraba en el portal de casa, tal vez desde la Casa Blanca, donde se encontraba por cierto el famoso Lángara de soldado, famoso central que se decía rompía los largueros y hasta las mallas de las porterías. «Virgen de Covadonga sálvame", decía aquel pobre minero, aquel hombre estaba agonizando... De pronto alguien gritó «los regulares están entrando por la Estación del Norte»... Subí a nuestro piso con los pies descalzos pisando cristales y astillas, a pesar de los gritos de mi madre. «Manolín no subas». Abrí los cuarterones que quedaban y por primera vez vi a los moros, con sus turbantes rojos, azules que parecían toallas enroscadas a la cabeza, con unos enormes pantalones de color tierra, donde se decía que llevaban guardados los relojes y joyas que pillaban, pues al parecer tenían carta blanca y era botín de guerra

A los pocos días subí al Naranco, en un recodo de la carretera se encontraban unos cuantos cañones sin estrenar, parece ser que desconocían el manejo... menos mal, pues a mí se me antojaban que todos apuntaban hacia mi casa... yeso de no valer para nada, al menos que se sepa que yo cogí en un bote toda la grasa consistente que pude para la bici... al menos sirvieron para algo.

Pero vuelvo a mis Exploradores de España. Aquella institución me dejó una impronta del más espíritu ecologista, buen comportamiento ciudadano, monda de fruta que veíamos en las aceras, monda que era rápidamente retirada, no había ni anciano ni ciego que no ayudáramos a pasar la calle. ¿Por qué nuestro invicto caudillo terminaría de un plumazo con nuestra amada organización? ¿Acaso tenía un trasfondo político, que por mi corta edad no sabía comprender? Pero «hombre» si mi suegro, al parecer fue jefe en León de los Exploradores, Enrique López Urquiza, abuelo del que es hoy vicepresidente del Tribunal Constitucional (nacido en León) hijo éste a su vez de Luis López Anglada (poeta insigne, Premio Nacional de Literatura)... Si Enrique fue siempre de derechas de toda la vida... un hombre de lo más bondadoso del mundo...- Y sobre este aspecto, a mí me subleva -como buen independiente que soy- de las denominaciones despectivas de rojo, fascista.. o bien izquierdona, derechona... Pero señores «cuando nos caemos del burro». Aquí no existen más personas, personas de buena ley, eficientes trabajadoras, entusiastas, honradas... Demos paso a los que valen de una vez a los inteligentes, a los buenos gestores y echemos de una vez por todas a los ineptos, a los torpes, a los fanáticos, pero por favor no busquemos etiquetas. Dejemos toda clase de organizaciones juveniles y no permitamos que se metan cuestiones políticas, para que exista continuidad, dejémoslas que nos ahorraremos mucha sanidad corporal y espiritual.

Recuerdo con emoción y nostalgia, cuando nos apiñábamos los Exploradores en derredor de la bandera, mientras nuestros jefes comenzaban a cantar. Seréis para ser buenos, mejores cada día... A lo que nosotros contestábamos con cierta emoción y a grito pelao... Caricia y besos, de auras y brisas, como sonrisas de amanecer... (en otro pasaje). Gloriosa madre patria querida, más que a mí vida yo he de guardarte... más adelante juntad las almas... Allí aprendí a realizar todo tipo de nudo en las cuerdas montar una tienda, hacer un itinerario, amábamos a la naturaleza y en especial a las personas... Cuando veníamos de alguna excursión, no era raro escuchar las voces de algunos guajes... Exploradores niños mocosos... que con el palo faceis de oso... Podíamos haber salido a por ellos, con nuestros bordones terminados en aceradas puntas... pero sonreíamos y seguíamos avanzando... como en nuestra canción, siempre adelante, sin mirar jamás atrás...

 

 

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